Análisis 01/10/2021

Feminismo internacionalista y solidario para derrocar el autoritarismo

Nalu Faria habla sobre el autoritarismo que se ha impuesto en varias partes del mundo con estrategias de control, precarización de la vida y explotación del trabajo y de la naturaleza.

Por Nalu Faria

Para actualizar nuestro análisis sobre cómo el autoritarismo político, patriarcal, racista y de mercado ha sido implementado en los últimos años, necesitamos entender la realidad conectando diferentes territorios. Esto nos ayuda a identificar los desafíos como feministas internacionalistas, así como los caminos, apuestas y acumulaciones que estamos organizando para derrocar el autoritarismo.

Hay muchos elementos comunes en las estrategias locales de los gobiernos autoritarios. El autoritarismo refuerza el patriarcado y los impactos sobre las mujeres son más drásticos. Nosotras, de la Marcha Mundial de las Mujeres, estamos reflexionando y denunciando el agravamiento del conflicto capital-vida que intensifica sus ataques a territorios, cuerpos y trabajo y, por tanto, ataca las bases de la vida.

Muchas vidas son consideradas desechables, y la gran mayoría de nuestras vidas es precaria. Este es un proceso sostenido por los sectores dominantes con violencia y militarización extensiva e intensiva. En este momento en que el capitalismo impone esta agenda ultraderechista y conservadora, las mujeres pierden los pocos derechos reconocidos, padecen peores condiciones para la organización diaria de sus vidas, asumen más tiempo y trabajo de cuidados para atender las necesidades básicas de sus familias y comunidades. Hay un incremento del control sobre sus cuerpos y un aumento de la violencia.

Los ataques de estos gobiernos autoritarios impactan a todos los sectores de la población. Vivir se ha convertido en sinónimo de precariedad, en el trabajo y en todos los aspectos que están destrozando, como el derecho a la vivienda y a la agricultura, y la violencia que se profundiza en la vida de mujeres, pueblos indígenas, negros y migrantes.

Sabemos que esta agenda conservadora es constitutiva del capitalismo, pero se ha convertido en la pieza clave de este momento que llamamos “crisis”, en el que los poderosos buscan formas de intensificar la explotación y aumentar sus tasas de ganancia. Cambiar esta agenda es parte de un proceso en el que cada avance que hacemos contribuye a nuestra fuerza. La derrota de Trump en Estados Unidos, por ejemplo, no terminó con el trumpismo, es decir, con los sectores organizados de la extrema derecha, pero fue un paso importante para las luchas populares.

Seremos cada vez más fuertes a medida que conectemos nuestros análisis y acciones de cada región, cada lugar, haciendo de nuestras luchas la formación de un solo movimiento.

Es muy importante que valoremos la manera cómo han respondido los movimientos. Estamos construyendo no solo un amplio programa de resistencia, sino también procesos de autoorganización, autogestión y fortalecimiento de la agricultura campesina y agroecológica en las comunidades y en los territorios. Frente a la dimensión internacional del modelo autoritario, reaccionamos con la dimensión internacional de nuestra lucha.

Tenemos como respuesta la organización contra la violencia en todos los niveles: en nuestros territorios, nuestros cuerpos, nuestro trabajo, la violencia política, la persecución, la criminalización y otros intentos de impedirnos organizarnos.  Nuestra formación política y nuestras prácticas cotidianas expresan este horizonte de transformación, son prácticas concretas de transformación diaria, pues están inspiradas en la visión del cambio que queremos lograr.

Solidaridad internacionalista y feminista

En todo el mundo, es nuestra tarea expresar solidaridad con nuestras hermanas y pueblos que están bajo ataque del imperialismo, del mercado, de los gobiernos autoritarios. Mantenemos una mirada atenta a las compañeras que están recibiendo ataques intensos, como la situación de las mujeres afganas, y nuestro internacionalismo está comprometido con la lucha permanente de las mujeres en Palestina, Sáhara Occidental, Haití, Cuba, Venezuela, Kurdistán. Nuestro objetivo es fortalecer las luchas feministas, populares y antisistémicas y hacer una reflexión colectiva que alimente nuestras acciones. Ante cambios impredecibles, nuestros movimientos deben estar alertas para organizar respuestas rápidas y concretas.

En este momento, con la centralidad y urgencia de las agendas de las mujeres afganas, seguimos con el desafío de construir una campaña de solidaridad amplia y global, que se conecte con la solidaridad de las mujeres en otras partes del mundo, y que presione por el no reconocimiento del gobierno Talibán, mientras denunciamos el papel destructivo del imperialismo estadounidense. La presión internacional nos permite tender puentes y articulaciones con otros movimientos para fortalecer la solidaridad política y también garantizar la libertad y los derechos humanos en los procesos de refugio político, presionando a los gobiernos para que otorguen visas humanitarias.

Avanzar con unidad en la diversidad

Nos influenciamos mutuamente entre nosotras y nuestras alianzas políticas. En la Marcha Mundial de las Mujeres nos volvimos más defensoras de la soberanía alimentaria con lo que aprendimos y logramos junto a nuestras compañeras de la Vía Campesina. Somos más ecologistas y defensoras de la justicia ambiental porque caminamos con los Amigos de la Tierra. Nuestras alianzas son fundamentales para construir un proyecto político que sea capaz de desmantelar este sistema de opresión que es múltiple.

No hay forma de organizar un movimiento sin crear modos feministas y populares de comunicar y visibilizar estos procesos. Por ello, trabajamos para que nuestra acción esté cada vez más y más conectada a la construcción de una política de comunicación contrahegemónica que ponga peso en la necesidad de movilización y fuerza internacional, y se organice en base a prácticas colectivas y críticas a los conglomerados comunicativos.

Vivimos bajo un modelo de sociedad capitalista, heteropatriarcal, racista y colonialista. El proyecto político que queremos construir debe buscar el desmantelamiento total de este modelo, no solo partes de él. No hay forma de construir el feminismo separado de una lucha anticapitalista, antirracista, anticolonialista y por la diversidad de la sexualidad y de género.

Nuestra autoorganización como mujeres es lo que asegura que pongamos la dimensión feminista en todos los procesos. En la medida en que nos reafirmamos como sujetos políticos, posicionamos la perspectiva del feminismo popular que cuestiona los pilares fundamentales de este modelo. Con ello, protagonizamos cambios de paradigmas, rompiendo con las falsas dicotomías que impone este modelo.

Reafirmamos la centralidad del trabajo de reproducción en la sustentabilidad de la vida, y posicionamos las dimensiones de la vida personal, del cuerpo y de la sexualidad como dimensiones políticas, que son, por ello, parte de nuestra agenda feminista de transformación. Desde esta perspectiva, rompemos con las visiones fragmentadas para luego mirar la integralidad de la vida humana y de la naturaleza, comprender cómo los procesos están interrelacionados y son interdependientes, y transformarlos.

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Nalu Faria forma parte del Comité Internacional de la Marcha Mundial de las Mujeres y de la Red Latinoamericana de Mujeres Transformando la Economía (REMTE). Este texto es una edición de los aportes de Nalu en el webinario de Capire y de la Marcha Mundial de las Mujeres Luchas feministas ara derrotar el autoritarismo.

Edición de Helena Zelic y Bianca Pessoa.
Traducido del portugués por Aline Lopes Murillo

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