En este 13 de agosto de 2026, celebramos junto a las mujeres cubanas el centenario de Fidel Castro. Entre los tantos aspectos de su legado, hoy destacamos su visión estratégica y comprometida con la organización y la emancipación de las mujeres como parte integral de la revolución.
Desde el primer día de esta revolución socialista, el 1 de enero de 1959, Fidel buscó, con su pensamiento y su liderazgo político, lograr la igualdad de las mujeres. Capire publica hoy uno de sus discursos dirigidos a las mujeres cubanas. En este discurso, Fidel muestra cómo la igualdad entre hombres y mujeres no es una consecuencia automática de la revolución, sino una revolución permanente en la construcción del socialismo, lo que supone una definición política y una iniciativa de autoorganización por parte de las mujeres. Por eso, ya en 1960 y bajo el liderazgo de Vilma Espín, se fundó la Federación de Mujeres Cubanas (FMC), que hoy organiza a millones de mujeres.
El discurso del líder cubano muestra cómo la revolución impulsó una gran movilización para ampliar la participación de las mujeres en el ámbito laboral, con capacitación en todos los sectores de la sociedad. Fidel también comprendía que la carga que recae sobre las mujeres en el trabajo doméstico y de cuidados era un obstáculo material para la igualdad. Las lavanderías y comedores colectivos, así como los círculos infantiles, se presentan como un eje fundamental de las políticas sociales para, junto con la batalla ideológica, promover la autonomía y la organización de las mujeres.
Celebrar la vida y el legado de Fidel es defender al pueblo cubano, su valentía y determinación para construir el socialismo. La solidaridad, el internacionalismo y el antiimperialismo son legados de Fidel que siguen vivos en la entereza con la que el pueblo cubano enfrenta, hoy, el endurecimiento del criminal bloqueo impuesto por Estados Unidos desde hace más de seis décadas para intentar, sin éxito, derrocar el socialismo. Las sanciones se intensificaron este año 2026 con un bloqueo energético que constituye un ataque contra la vida cotidiana del pueblo, un genocidio silencioso que afecta a las zonas más vulnerables.
El bloqueo del suministro de combustibles provoca apagones de más de 20 horas al día. El impacto en la atención de la salud es enorme. El bloqueo de tecnologías y suministros impide actualizar el esquema de vacunación de 67 mil niños, hace que más de 110 mil pacientes con cáncer no tengan acceso a un tratamiento adecuado, que 34 mil mujeres embarazadas no puedan realizarse ecografías prenatales y que casi 100 mil cirugías estén en suspenso.
En este enfrentamiento cotidiano, las mujeres cubanas sostienen la dignidad: caminan largas distancias a pie, organizan la comida y el cuidado, crean estrategias colectivas. El pueblo cubano sigue practicando los principios de solidaridad e internacionalismo que constituyen el socialismo. Como aprendimos de Fidel, la solidaridad es compartir lo que tenemos, no lo que nos sobra. En todos los rincones de América Latina, frente a los avances de la ultraderecha articulada a nivel internacional, las organizaciones populares impulsan la solidaridad y la hacen llegar a Cuba mediante donaciones de medicamentos y otras formas de apoyo.
Hoy celebramos el centenario de Fidel reafirmando nuestro compromiso con la defensa del pueblo cubano y de la revolución socialista, lo que implica luchar por el fin del bloqueo. A continuación publicamos uno de los discursos que Fidel dirigió a las mujeres cubanas, extraído del libro Mujeres y Revolución, coordinado por Yolanda Ferrer Gómez y Carolina Aguilar Ayerra y publicado por la FMC en 2010.
La recopilación de textos comienza en el mismo momento en que se inició la Revolución: el 1 de enero de 1959, en Santiago de Cuba, cuando, durante su primer discurso público, Fidel denunció las desventajas que enfrentaban las mujeres, afirmando que la revolución también serviría para liberarlas. Como Fidel también reconoció en sus discursos publicados en el libro, sin las mujeres la revolución no habría sido posible.

Discurso en el II Congreso de la Federación de Mujeres Cubanas
La Habana, 29 de noviembre de 1974, Año del 15.º Aniversario de la Revolución
Queridas invitadas:
Queridos compañeros del Partido y del Gobierno:
Queridas compañeras de la Federación de Mujeres Cubanas:
Hemos llegado al final de este hermoso Congreso, y no es fácil de sintetizar un evento tan lleno de frutos y de esperanzas.
En primer lugar, no ha sido un Congreso enteramente nuestro; lo hemos compartido ampliamente con una digna y representativa delegación de las mujeres revolucionarias de todo el mundo.
La presencia en este Congreso de compañeras tan prestigiosas como Fanny Edelman, Valentina Tereshkova, Angela Davis, Hortensia Bussi; la presencia numerosa de las mujeres de los pueblos hermanos de América Latina; la presencia de las mujeres árabes, y en especial de la delegación del heroico pueblo de Palestina; la presencia de las mujeres de Indochina, y entre ellas las del mil veces heroico pueblo vietnamita; la de las mujeres coreanas, la de las mujeres de los pueblos revolucionarios y progresistas de África, la de las mujeres de nuestros hermanos países socialistas, y la representación de las mujeres trabajadoras de Europa Occidental, ¿no nos está diciendo que aquí se ha reunido la representación de las causas más nobles y más justas de todo el mundo?
(…) En los países socialistas la mujer ha avanzado un largo trecho en el camino de su liberación. Pero si nos preguntamos por nuestra propia situación: «Nosotros, que somos un país socialista, que llevamos casi dieciséis años de Revolución, ¿podemos afirmar acaso que la mujer cubana ha adquirido en la práctica plena igualdad de derechos, y que está absolutamente integrada a la sociedad cubana?»
Podemos analizar, por ejemplo, algunos datos. Antes de la Revolución, había 194.000 mujeres ocupadas. De ellas, según se señaló aquí en un informe, 70% en labores domésticas. Hoy tenemos tres veces más mujeres trabajando. La cifra de mujeres en la ocupación estatal civil, que como ustedes saben atiende la mayoría de las actividades productivas, los servicios y la administración, emplea 590.000 mujeres de un total de 2.331.000 personas ocupadas. Es decir, 25,3% de los trabajadores son mujeres. Sin embargo, el número de mujeres que ocupan cargos dirigentes en todo ese aparato productivo, de servicios y administrativo, es solamente de 15%. En nuestro Partido la militancia femenina se eleva a 12,79%. Una cifra notablemente baja. Y el número de mujeres que trabajan como cuadros y funcionarias del Partido es solamente 6%.
Pero tenemos todavía un ejemplo más ilustrativo, relacionado con las elecciones que se efectuaron para elegir los Poderes Populares en la provincia de Matanzas. El número de mujeres presentadas como candidatas fue 7,6%, y el número de mujeres electas fue 3% (…). Los números son realmente para preocuparnos, para que tomemos conciencia de este problema. Porque en esas elecciones los candidatos fueron promovidos por las masas, y las masas solo propusieron un 7,6% de mujeres como candidatas, cuando las mujeres constituyen aproximadamente 50% de la población. Y las masas eligieron solamente a 3% de mujeres.
(…) Claro que si nosotros comparamos nuestra situación actual con la que existía antes de la Revolución, los avances son enormes. Ni siquiera es posible hacer comparación alguna entre la situación que tenía antes la mujer y la situación que tiene actualmente. Pero aquella situación que encontró la Revolución justificó plenamente la creación de la Federación de Mujeres Cubanas. Porque nuestra experiencia nos enseña que cuando un país subdesarrollado como el nuestro se libera e inicia la construcción del socialismo, es necesaria una organización de masas como esta, puesto que la mujer tiene que enfrentarse a innumerables tareas en el seno del proceso revolucionario. Y por eso estimamos que la decisión de desarrollar este movimiento femenino, de crear esta Organización que nació el 23 de agosto de 1960, fue realmente una decisión acertada, puesto que las tareas que esta Organización ha desarrollado no habrían podido llevarse adelante por otros mecanismos.
¿Qué habría hecho el Partido sin esta Organización de mujeres? ¿Qué habría hecho la Revolución?
(…) Baste recordar que entre esas tareas había varias de mucha importancia. En primer lugar, las tareas relacionadas con la defensa de la Revolución y de la Patria, la lucha contra el analfabetismo, la lucha por la educación de las hijas de los campesinos, la lucha por la preparación de las trabajadoras domésticas para empleos productivos, la lucha contra la prostitución, la lucha por incorporar las mujeres al trabajo, la lucha por crear los círculos infantiles, las tareas de apoyo a la educación, las campañas de salud pública, los trabajos sociales, la profundización de la conciencia política e ideológica de las mujeres y la lucha por el desarrollo de un espíritu internacionalista en el seno de la mujer cubana.
En todos esos campos ha trabajado la Federación y ha cumplido, exitosamente, todas las tareas que le correspondieron. Y solo las propias mujeres habrían podido desempeñar con tal eficiencia esas actividades.
Pero ahora, en esta etapa actual de la Revolución, la mujer tiene una tarea fundamental, una batalla histórica que librar.
¿Y cuál es esa tarea? ¿Cuál es esa batalla? ¿Podrían responder ustedes?
¿Cuál fue el eje, el centro de los análisis y de los esfuerzos de este Congreso? ¡La lucha por la igualdad de la mujer! ¡La lucha por la integración plena de la mujer cubana a la sociedad!
Y esa es, realmente, una batalla histórica. Y nosotros creemos que ese objetivo constituye, precisamente, el centro de este Congreso, porque todavía en la práctica no existe la plena igualdad de la mujer.
Y eso lo debemos comprender los revolucionarios, y lo deben comprender las propias mujeres. No es solo, desde luego, una tarea de las mujeres. ¡Es una tarea de toda la sociedad!
(…) Y no vemos por qué haya de asustarse nadie, porque de lo que debemos realmente asustarnos como revolucionarios es que tengamos que admitir la realidad de que todavía no hay absoluta igualdad de la mujer en el seno de la sociedad cubana.
Lo que debe preocuparnos como revolucionarios es que la obra de la Revolución no se completa todavía.
Desde luego que en esta falta de igualdad, en esta falta de integración plena, como dije, hay factores de orden objetivo y hay factores de orden subjetivo. Desde luego que todo lo que obstaculice la incorporación de las mujeres al trabajo dificulta este proceso de integración, dificulta este proceso por alcanzar la plena igualdad. Y ustedes han visto que, precisamente, cuando la mujer se incorpora al trabajo, cuando la mujer deja de realizar las actividades tradicionales e históricas, es que empiezan a ponerse de manifiesto estos problemas.
Al conversar con algunas compañeras delegadas a este Congreso, ellas expresaban con gran satisfacción y júbilo que en estos días muchos de sus compañeros se habían quedado en la casa atendiendo a los niños, para que ellas pudieran venir al Congreso. Es incuestionable que si esas mujeres no hubiesen estado integradas a la Federación y realizando estos trabajos, si no fuesen militantes de la Revolución y si no estuviesen participando en este Congreso, tal problema nunca se habría presentado en sus hogares, y ni siquiera habría existido la oportunidad de que esos compañeros tomaran conciencia de tal necesidad y de tales deberes.
Entre los factores objetivos que todavía dificultan la incorporación de las mujeres a la superación y al trabajo, algunos de ellos fueron señalados aquí, como es la falta de suficientes círculos, de suficientes seminternados, de suficientes escuelas de becados,1Las iniciativas mencionadas corresponden a políticas públicas de educación creadas después de la revolución. Los círculos infantiles se refieren a la red pública de guarderías creada en 1961 y administrada, en sus primeros años, por la propia FMC. Los seminternados son escuelas de jornada completa, y las escuelas de becados son aquellas en régimen de internado, con beca integral costeada por el Estado. los problemas relacionados con la hora del funcionamiento de las escuelas, a los cuales podemos sumar factores como la falta de suficientes empleos en todo el país para incorporar a las mujeres al trabajo y, desde luego, el hecho de que no existe en muchas mujeres el nivel de calificación que se requiere para esos trabajos productivos.
En este orden de cosas, en lo que se refiere a los círculos infantiles y a la educación, por encima de los grandes esfuerzos que ha hecho la Revolución en estos años, en los próximos años —y particularmente en el próximo quinquenio 1976-1980—, se realizará un esfuerzo todavía mayor, en primer lugar, para satisfacer las crecientes necesidades educacionales de nuestro pueblo y, a la vez, para facilitar la incorporación de las mujeres al trabajo.
(…) Hay otras que no se mencionaron, por lo menos en las discusiones del Congreso, como son las cuestiones relacionadas con las lavanderías, etcétera, etcétera. Pero esas dificultades de orden material las iremos resolviendo.
Ahora quedan otras dificultades a que nos referíamos, de orden subjetivo. ¿Y cuáles son esas dificultades de orden subjetivo? El problema de una vieja cultura, de viejos hábitos, de viejas mentalidades, de viejos prejuicios.
Hay administradores que, por ejemplo, siempre que puedan darle empleo a un hombre no le dan el empleo a la mujer, por una serie de factores: Porque empiezan a pensar en los problemas de la plantilla, en los problemas de la maternidad, en las dificultades que pueda tener una mujer para la asistencia al trabajo. Las razones, los factores, son muchos. Pero es el hecho que se discrimina a la mujer en las oportunidades de empleo.
(…) Es necesario que las regulaciones y la política del Partido y de las organizaciones de masas velen por preservar y asegurar las posibilidades de que las mujeres se incorporen al trabajo. Primero es una cuestión elemental de justicia; y segundo, es una necesidad imperiosa de la Revolución, es una exigencia de nuestro desarrollo económico, puesto que en un momento determinado la fuerza de trabajo masculina no alcanza, ¡no alcanza!
Y es por eso que hay que librar una lucha consecuente contra esa mentalidad de discriminar a la mujer en las posibilidades de empleo.
Ustedes señalaron aquí, en el Congreso, otros tipos de dificultades que tienen las mujeres, relacionadas con el hogar, relacionadas con la atención de los niños, y relacionadas con los viejos hábitos. Y ustedes han propuesto fórmulas para superar esas dificultades.
(…) Cabe preguntarse cuándo habremos erradicado los hábitos milenarios de pensar, cuándo habremos derrotado todos esos prejuicios. Desde luego, no tenemos ninguna duda de que esos prejuicios serán derrotados. Parecían también difíciles de vencer los conceptos de propiedad que existían en nuestra sociedad antes de la Revolución. Y era imposible concebir la vida sin la propiedad privada. Y hoy realmente no es posible concebir la vida sin la propiedad socialista de los medios de producción.
Pero quedan muchos hábitos de los tiempos en que la mujer era también una propiedad dentro de la sociedad. Y estos hábitos de pensar hay que erradicarlos. (…) Creo que todas las resoluciones tienen un gran valor y una gran importancia. La resolución sobre la mujer trabajadora, sobre la mujer joven, la mujer campesina, las amas de casa y el papel de la FMC, el papel de la familia en el socialismo; la resolución especial sobre la participación de la mujer en la cultura física, recreación y deportes; la resolución sobre el Año Internacional de la Mujer, sobre la solidaridad, y el encendido llamamiento a las mujeres cubanas, latinoamericanas y de todo el mundo, en solidaridad con Chile. Todas esas resoluciones dignas de este Congreso.
Y creemos que todos esos documentos deben recogerse y estudiarse. Y estudiarse no solo en los círculos de la Federación, sino también por las demás organizaciones de masas y por el Partido. Porque esas resoluciones constituyen un verdadero programa de trabajo para esta histórica lucha, para esta histórica batalla que ustedes tienen delante, para el cumplimiento de este deber revolucionario.
Porque, cuando se juzgue a nuestra Revolución en los años futuros, una de las cuestiones por las cuales nos juzgarán será la forma en que hayamos resuelto en nuestra sociedad y en nuestra Patria los problemas de la mujer, aunque se trate de uno de los problemas de la Revolución que requieren más tenacidad, más firmeza, más constancia y más esfuerzo.
Sobre los prejuicios, ya alguna vez contábamos lo que ocurrió en la Sierra Maestra cuando fuimos a organizar el Pelotón «Mariana Grajales», que encontramos una verdadera resistencia a la idea de armar aquella unidad de mujeres, y que nos recuerda cuánto más atrasados estábamos hace algunos años. Algunos hombres creían que las mujeres no serían capaces de combatir.
Lo cierto es que se organizó la unidad, y las compañeras combatieron excelentemente, con tanto valor como había podido hacerlo el más valeroso de nuestros soldados.
(…) Nos satisface ver la fuerza que tiene la Revolución en las mujeres; nos satisface comprobar la calidad revolucionaria de las mujeres cubanas, la abnegación, la disciplina, el entusiasmo, la pasión por la Revolución, por las ideas justas, por la causa justa de las mujeres cubanas, demostrando con ello sus virtudes que —como hemos dicho en otras ocasiones— son las virtudes que se exigen del militante revolucionario y que las mujeres las poseen en un grado muy alto. Por lo que creemos que nuestro Partido se debe nutrir más de esa fuerza, que nuestro Estado se debe nutrir más de esa fuerza, que nuestro aparato productivo se debe nutrir más de esa fuerza.
La Revolución tiene en las mujeres cubanas hoy día un verdadero ejército, una impresionante fuerza política. Y por eso decimos que la Revolución es, sencillamente, invencible. Porque cuando la mujer adquiere ese nivel de cultura política y de militancia revolucionaria, quiere decir que el país ha dado un salto político muy grande, que nuestro pueblo se ha superado extraordinariamente, que la marcha de nuestra Patria hacia el futuro no la puede ya detener nadie. Solo que cada vez deberá ser mejor, cada vez deberá ser superior. Y por eso es tan fuerte la Revolución: por sus organizaciones de masas, por la conciencia política del pueblo y por su Partido de vanguardia.
(…) Los grandes revolucionarios contemporáneos siempre comprendieron el papel de la mujer: Marx, Engels, Lenin. Lenin dijo aquello que se ha repetido aquí bastante, de que no se alcanzaría la victoria plena del pueblo si no se lograba la completa liberación de la mujer.
Y Martí, el Apóstol de nuestra independencia, tuvo conceptos muy elevados y expresó cosas muy bellas sobre la mujer; y no solo bellas, sino profundas y revolucionarias. Como cuando dijo que las campañas de los pueblos solo son débiles cuando en ellas no se alista el corazón de la mujer; pero cuando la mujer se estremece y ayuda, cuando la mujer anima y aplaude, cuando la mujer culta y virtuosa unge la obra con la miel de su cariño, la obra es invencible. O cuando dijo que el alimento natural de la mujer es lo extraordinario. O cuando expresó que la mujer, de instinto, divisa la verdad, y la precede. O cuando exclamó que la mujer vivirá a la par del hombre como compañera y no a sus pies como juguete hermoso. ¡Sepamos ser dignos seguidores de las ideas de Marx, Engels, Lenin y Martí!
Y sé que en el corazón de los revolucionarios y en el corazón de todo el pueblo calarán profundamente las justas aspiraciones y los justos ideales de ustedes, las mujeres cubanas.
¡Patria o Muerte!
¡Venceremos!
¡Con el feminismo, construimos el socialismo!
