Un feminismo popular e internacionalista, arraigado en los territorios

25/06/2026 |

Ana Priscila Alves y Tica Moreno

El texto debate la resistencia de las mujeres frente al avance imperialista y propone el fortalecimiento de la autoorganización en los territorios para superar la crisis del capital

Vivimos tiempos de resistencia como pueblos, como izquierda. Para las mujeres, son tiempos en los que tenemos que hacer malabarismos para atender las necesidades de cuidado y sustento de la vida y hacer frente a la violencia contra nuestros cuerpos y territorios, y contra nuestra autoorganización feminista como sujeto político colectivo.

Ante la renovada ofensiva imperialista sobre nuestro continente, el movimiento de mujeres se moviliza y convoca a expresar resistencia y solidaridad. Esto es lo que hemos visto desde el 3 de enero de 2026, pasando por movilizaciones significativas el 8 de marzo que situaron en el centro de la lucha feminista la confrontación de las mujeres con el imperialismo, la violencia y las políticas de ajuste que generalizan la precariedad de la vida, en diferentes países.

El feminismo popular tiene el reto de actualizar el análisis sobre este momento histórico y construir estrategias de organización y de lucha capaces de transformar la solidaridad y la movilización en una organización permanente para acumular fuerzas en la construcción de un proyecto transformador. Afirmando la lucha contra el capitalismo y las guerras, y la defensa de las soberanías populares y del buen vivir, los logros de la Marcha Mundial de las Mujeres —en su sexta acción internacional realizada en 2025— son como un hilo conductor de las reflexiones sistematizadas en este artículo, situadas en nuestra experiencia como militantes en Brasil.

Conflicto entre el capital y la vida

Las guerras y los conflictos actuales están interrelacionados: el imperialismo en decadencia se vuelve aún más peligroso ante la crisis estructural del capital. Analizamos esta crisis en sus múltiples dimensiones, comprendiendo la totalidad del conflicto del capital contra la vida —contra sus condiciones de posibilidad. La alianza entre Estados Unidos e Israel durante el genocidio en Palestina y, más recientemente, en la guerra en Irán y la agresión al sur del Líbano, configura la marca de la actual ofensiva militar del imperialismo, que arrastra consigo a una Europa subordinada.

Pero la lógica de la guerra no se limita a los campos de batalla de Oriente Medio o África, sino que también se materializa en las periferias, como por ejemplo en Brasil, donde las intervenciones de la política militar convierten a la población negra en blanco permanente de la violencia. No es casualidad que el discurso movilizado por los gobernadores de la derecha brasileña califique a las facciones presentes en las periferias de narcoterroristas, alineándose con la reciente estrategia de seguridad nacional de Estados Unidos que anunció el objetivo político de controlar América Latina como su territorio subordinado en todas las dimensiones.

La defensa de Venezuela y de Cuba ocupa hoy el centro de la solidaridad de las mujeres en América Latina. Transformar las expresiones de solidaridad en una fuerza organizada para derrotar al imperialismo es nuestra tarea histórica como generación política.

Un punto de unidad del feminismo popular en diferentes partes del Sur Global ha sido la resistencia al avance de las empresas transnacionales. Las mujeres se movilizan contra el avance del agronegocio, la contaminación y la privatización de las aguas, y la minería. También denuncian los efectos del capitalismo verde en sus territorios, cuando se reconvierten los usos de la tierra, y lo que era territorio de la agricultura campesina y familiar, en base para la producción de energía eólica y solar que no beneficia a la población local.

El desafío de construir resistencia y terreno de lucha en los procesos de reconfiguración de la vida y del mundo del trabajo en la era digital es también un planteamiento de las mujeres. La “plataformización” del trabajo profundiza su división sexual y alcanza el ámbito doméstico; la extracción continua de datos, que se convierte en modulación del comportamiento, renueva los procesos de mercantilización y biomedicinalización de los cuerpos de las mujeres. Las grandes empresas tecnológicas que hoy, junto con el poder bélico-militar, están integradas en la ofensiva imperialista de Estados Unidos contra el Sur Global, son también protagonistas de la guerra distribuida contra las mujeres.

Límites y retos del movimiento de mujeres

El movimiento de mujeres ha cambiado mucho en los últimos tiempos. Debemos comprender los logros del feminismo en el continente, así como las trampas, las reacciones y las disputas actuales (muchas de ellas, en nombre de las mujeres). Esta es una tarea colectiva. El momento actual se ve agravado por una escasa capacidad de articulación, movilización y lucha de los movimientos sociales y, por lo tanto, de menor resistencia organizada, lo que significa que hay más mujeres solas que se enfrentan, individualmente, a los efectos de la crisis estructural.

Si hace dos décadas, en la lucha contra el Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA), las mujeres lograron afirmarse como sujetos de la economía —rechazando la lógica neoliberal que pretendía aislar nuestras demandas, retirándolas de la esfera distributiva y de la lucha política general, y transfiriéndolas al sector social de las políticas focalizadas y de la compensación—, hoy esa construcción de un sujeto político —feminista y popular— adquiere nuevas formas e impulso en las trincheras de la reproducción social. Las mujeres organizadas están en las ollas populares, en las comunas, en las cocinas solidarias y en los territorios de producción agroecológica.

Tras la pandemia de la COVID-19, se produjo, en cierta medida, un reconocimiento público y político del cuidado como algo necesario para sustentar la vida. Este reconocimiento culminó en sistemas y políticas nacionales de cuidados que establecen la noción del cuidado como un derecho —tanto de quien cuida como de quien es cuidado. Sin embargo, incluso en los contextos de gobiernos progresistas, como Brasil, Uruguay o México, lo que hemos logrado en las leyes choca con la disputa sobre el destino de la inversión pública. Es decir, quedan como proyectos piloto, sin capacidad para reorganizar efectivamente los procesos sociales de responsabilización sobre los cuidados, en el sentido de superar la división sexual y racial del trabajo.

Esto es, sin duda, una limitación y una expresión de la escasa capacidad de los proyectos de izquierda actuales, como en Brasil, para avanzar en transformaciones estructurales. La limitación es la gestión social de un Estado organizado para el capital. La austeridad es la respuesta histórica del capital a sus crisis: retira derechos, desmantela los servicios públicos y transfiere a las familias —y dentro de ellas, a las mujeres— el coste de mantener la vida. En el caso de los cuidados, esto se materializa en soluciones que pocas pueden permitirse en el mercado (educación y salud privadas, comidas rápidas y ultraprocesadas, niñeras y cuidadoras sin derechos). Para la mayoría de las mujeres trabajadoras, esto significa un aumento de la demanda de tiempo y de trabajo doméstico y de cuidados no remunerados que, en el ámbito familiar y comunitario, constituyen un colchón para amortiguar los impactos de la violencia y la precariedad de la vida sobre la clase trabajadora.

Entre las mujeres jóvenes existe, sí, una mayor idea de libertad en relación con el cuerpo y la sexualidad. Su visión contrasta con la misoginia fomentada entre los niños y los hombres jóvenes, un contraste y un conflicto de este momento histórico. Además, hay una ofensiva violenta que demuestra cada día que la libertad y la autonomía no son sólo ideas que pueden concretarse individualmente, sino que exigen condiciones sociales para su realización colectiva.

La extrema derecha es patriarcal y racista, disputa el Estado y la vida cotidiana, buscando reconfigurar las violencias y reforzando la misoginia. En 2025, en Brasil, mientras cuatro mujeres eran asesinadas al día, los grupos de hombres contra las mujeres en las redes sociales se multiplicaron, los contenidos misóginos se viralizaron y fueron monetizados. La violencia en todas sus formas es un instrumento de control y disciplinamiento de los cuerpos y del trabajo de las mujeres. Forma parte del refuerzo de un ideal de familia heteronormada que está muy lejos de la realidad de las familias de la clase trabajadora: diversas y cada vez más sostenidas por mujeres. Y precisamente esta noción de familia es constitutiva de la reacción patriarcal que es uno de los pilares de la extrema derecha articulada internacionalmente.

Ante la magnitud del poder del capital, en su expresión fascista, ¿en qué podemos anclarnos, si no es en los territorios y en los procesos que producen la vida y que podemos controlar? Sabemos que las mujeres están en primera línea de la defensa de los procesos de soberanía popular en el continente, que ponen sus cuerpos para frenar el avance de las transnacionales sobre los bienes comunes. Esto no es casualidad: la capacidad de transformación de las mujeres reside en el control colectivo de la producción de las condiciones de posibilidad de la vida. Son estos los flujos, los trabajos y los procesos que debemos controlar.

Si bien el capital pretende ser totalizador, existen esferas donde su lógica no es hegemónica. Reconocer y potenciar las experiencias populares, organizadas desde la lucha cotidiana por sostener la vida, es una apuesta de construcción feminista y popular porque estas acciones están orientadas hacia lo colectivo, en tiempos de extremo individualismo y fragmentación. Construyen y reconstruyen vínculos, redefinen las fronteras entre los espacios privados y públicos mientras ocupan los territorios para producir biodiversidad y vida en común.

Con el objetivo de proyectar una economía de reproducción ampliada de la vida que se enfrente a la reproducción ampliada del capital, un punto clave en la elaboración de nuestra agenda política es, en realidad, construir horizontes que partan de estas experiencias comunitarias alternativas y se amplíen. Son embriones de la sociedad por la que luchamos, pero es necesario partir de estas realidades para proyectar el mundo que queremos construir: socialista y feminista.

Como insistía Nalu Faria: estas son experiencias que alteran el tiempo presente y, al mismo tiempo, apuntan hacia la posibilidad de transformación. Son apuestas por ampliar las fronteras de lo posible. Esta es una estrategia de construcción de movimiento y, por lo tanto, de fuerza.

El feminismo como sujeto colectivo organizado

El feminismo nunca ha sido, ni es ahora, sólo un discurso, una narrativa o un comportamiento. Es un movimiento que construye estrategias y lucha a partir de un sujeto colectivo autoorganizado. El feminismo popular se enfrenta a las corrientes liberales forjando una organización colectiva, con el reto de que dicha organización tenga continuidad y se amplíe.

En la Marcha Mundial de las Mujeres, apostamos simultáneamente por la autoorganización de las mujeres y por las alianzas con movimientos populares mixtos como camino para la construcción de sujetos colectivos con capacidad de resistir, pero sobre todo movimientos imbuidos en la tarea histórica de transformar este mundo. La materialización del internacionalismo en la solidaridad y las luchas por la soberanía de los pueblos, la economía feminista, la agroecología y la autoorganización son nuestras herramientas para resistir, albergar esperanza y proyectar un socialismo feminista. Fortalecer los procesos de convergencia, de rebeldía, de organización y, sobre todo, de lucha popular son nuestras apuestas para forjar las nuevas síntesis necesarias que respondan a los desafíos de nuestro tiempo.

Ana Priscila Alves y Tica Moreno integran la coordinación nacional de la Marcha Mundial de las Mujeres en Brasil. Este artículo fue publicado originalmente en la revista América Latina en Movimento nº 560, en abril de 2026, por la Agencia Latinoamericana de Información (ALAI).

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