Por una vivienda digna y feminismo: experiencias de okupación en Cataluña

12/03/2024 |

Capire

La militante Isadora Prieto comparte alternativas a la crisis de la vivienda desde la organización popular

En el Estado español, la gente no tiene acceso a una vivienda digna. Los sueldos no están equiparados ni son proporcionales con los precios de la vivienda. En el 2008, a raíz de la crisis inmobiliaria que hubo, a la que llamaron «la burbuja inmobiliaria», aumentaron los precios de las viviendas, tanto de alquiler como de compra, sin que aumentaran los sueldos. La realidad ahora mismo es que un alquiler de una casa para una familia es equivalente a tres cuartas partes del sueldo recibido. Si una persona gana 1100 euros, el llamado sueldo mínimo, muchas veces en el alquiler se van 900 euros. Las familias necesitan dos fuentes de ingresos para sostener el día a día o vivir situaciones muy complicadas. La crisis de la vivienda se relaciona también con la falta de oportunidades laborales.

Actualmente, las personas ni siquiera imaginan que van a poder comprar una casa. Es distinto de generaciones pasadas, donde había la posibilidad, gracias a mejores condiciones de trabajo, de progresar en la escala social, con la compra de una vivienda. Para acceder a un alquiler, que es la realidad de la mayoría de la población, es necesario tener un contrato de trabajo indefinido y cumplir muchísimos requisitos inaccesibles. A muchas personas, sobre todo las migrantes, les resulta imposible conseguir un alquiler. Luego, lo que se les ofrece son cosas totalmente ofensivas e indignantes. Un ejemplo es el de una compañera de Bogotá, a quien le ofrecían, por 250 euros, una habitación para utilizar solo el domingo. Era para mujeres internas, que trabajan en los cuidados de ancianos o niños ajenos y sólo tienen los domingos libres para descansar.

Creo que es una crisis global, que se debe al neoliberalismo. Ya no es siquiera la realidad de los reformistas capitalistas de principios del siglo pasado, quienes permitían ciertas comodidades y ayudas sociales para que el pueblo no se alzara, es decir, para evitar las protestas. En Cataluña, hay 350 mil viviendas vacías. Esto es especulación: los propietarios esperan mientras sube la demanda y por la falta de oferta que ellos mismos generan, pueden subir los precios de la vivienda.

En un webinario realizado por la Marcha Mundial de las Mujeres en 2023 sobre la crisis de las viviendas alrededor del mundo, algunas compañeras hablaron de las complejidades vividas en cooperativas de viviendas que están en manos estatales, o sea,que dependen de la intervención del Estado. En el movimiento de okupación de Cataluña, somos bastante afines con el pensamiento libertario. Creemos en la okupación, creemos que okupar los espacios nos permite vivir colectivamente, y que esa colectividad nos permite trabajar valores que se pierden en la estructura familiar. Pero hacerlo en Europa no es lo mismo que okupar y resistir en Sudamérica y otras partes del mundo.

Experiencias de lucha

En una ciudad de Cataluña, cerca de Barcelona, llamada Manresa, hay una organización muy potente que se llama Plataforma de los Afectados de las Hipotecas (PAH), que se difundió incluso por el recorrido político de Ada Colau, quien fue su vocera y después fue elegida alcaldesa de Barcelona entre 2015 y 2023. En Manresa, hay actualmente nueve inmuebles ocupados de nueva construcción, que son propiedad de fondos buitres, como Blackstone. Estos inmuebles se están ofreciendo, mediante la ocupación de las mismas, prioritariamente a familias migrantes, por lo general llegadas del norte de África. La PAH está dentro de una red de estructuras populares que cubre otras necesidades que deberían ser responsabilidad del Estado. La organización popular permite cubrir ciertas carencias.

Hay también experiencias importantes en el Norte de Europa, donde las cooperativas de viviendas existen desde los años 1940-50, cuando hubo la migración del Sur de Europa. Después de la Segunda Guerra Mundial, el gobierno sueco fue a buscar trabajadores para ser mano de obra barata. En las cooperativas de viviendas construidas por estos trabajadores, una persona no es dueña de su piso, sino que es dueña de un porcentaje del inmueble. Las decisiones se toman de forma colectiva, aunque cada persona viva en su casa. Asegurar una vivienda digna para todas es necesario, independientemente de donde estés.

La participación de las mujeres

Cuando se inició el trabajo de la PAH, fueron sobre todo la población migrante y las mujeres las personas que tomaron las calles. Cuando se sabía de un desahucio, las mujeres migrantes empezaron a defender estas viviendas y las familias inquilinas. Ellas se concentraban en frente de las casas que iban a ser desahuciadas para impedir que accediera la policía. Es importante mencionar que son diferentes los términos ‘desahucio’ y ‘desalojo’, porque el primero es lo que ocurre con alguien que ha sido inquilino, que ha pagado su alquiler y que no ha podido sostener ese pago —que aquí son las ocupaciones con ‘C’— y el segundo es lo que pasa con las okupaciones con ‘K’. Ambas situaciones son extremadamente violentas.

Durante la alcaldía de Ada Colau, se hicieron mediaciones con el ayuntamiento, intentando, por ejemplo, cubrir alquileres para que no saquen a las familias de sus casas en el mismo día. Son familias con personas pequeñas a cargo y sin alternativas. La administración y los servicios sociales te ofrecen un albergue por solo dos semanas, cuando se tienen menores a cargo. Todas las mujeres tienen muchísima responsabilidad, porque son las cuidadoras de las familias. Muchas veces, están solas con sus hijos, y si viven en una situación de inestabilidad, sin vivienda o ingresos, el Estado les puede quitar a los hijos. Es un peligro constante.

Delante de esa situación, el colectivo Soror, por ejemplo, realiza un acompañamiento a las mujeres migrantes y les apoya para que aprendan castellano y compartan sus experiencias en un espacio seguro para ellas. Muchas son mujeres que no han elegido ocupar, que no lo hacen por ideología política, sino por necesidad. Una compañera joven de 25 años y madre de un bebé me dijo una vez: «no duermo, no duermo de noche, no puedo dormir». Tenía miedo de que la Dirección General de Atención a la Infancia y Adolescencia (DGAIA) le quitara la tutela de su hija. Si las mujeres no tienen un techo, les quitan les hijes. Si no tenés un trabajo, no puedes pagar un alquiler; si no tenés papeles, no podés conseguir un trabajo. Es una rueda de precariedad y vulnerabilidad en la cual sufren más las mujeres que los hombres, porque son las responsables de su gente y de los cuidados.

Estoy traduciendo un libro sobre el capitalismo de principios del siglo XX llamado The Capital Order, How Economists Invented Austerity and Paved the Way to Fascism, de una autora estadounidense de origen italiano, Clara E. Mattei. Según esta obra, en Gran Bretaña, después de la Primera Guerra Mundial, hubo tres años de lucha obrera y de conquista de derechos sociales –algunas permitidas por los reformistas, que querían apaciguar a las clases trabajadoras. Lo interesante es que se crearon la comisión de la vivienda y, paralelamente, la subcomisión de la vivienda de las mujeres. Las mujeres buscaban espacios comunes, espacios de encuentro al aire libre. Esto fue planificado en papel por dos años, bajo la guía y decisión de las mujeres. Desafortunadamente, no llegó a realizarse debido a la llegada de la austeridad en Gran Bretaña, que corresponde a la llegada del fascismo en Italia.

Ellas abogaban por lavanderías comunitarias, cocinas comunitarias, vecindad, huertas, ventanas amplias, aire que circulara. Las mujeres velan por nuestro bienestar.

Siguiendo un pensamiento más anarquista y libertario, no nos corresponde tener ninguna expectativa por parte del Estado. Bajo esta línea, buscamos la autogestión verdadera, o por lo menos un intento genuino y concreto de autogestión. Eso significa tomar los espacios sin pedirle permiso a nadie. Y, dentro de esos espacios, soñar un mundo más justo en voz alta con las demás.

Isadora Prieto vive en Cataluña, es intérprete e integra la Marcha Mundial de las Mujeres en el Estado español.

Edición de Helena Zelic

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