Mireya Forel: «violar es una arma de guerra»

La militante feminista antimilitarista expone las perspectivas de Mujeres de Negro sobre las guerras alrededor del mundo y cuenta sobre experiencias de acción por la paz

Capire

Mireya Forel nació en 1952 en Suiza y vive desde 1976 en Sevilla, capital de Andalucía, en el Estado español. Pasó su adolecencia en Francia, y relata que, en aquel momento enmarcado por la Guerra Fría, «había una represión muy sutil y, al mismo tiempo, muy brutal. Con la llegada del Mayo de 1968, hubo una explosión de necesidad de hablar, de pluralidad, de expresión de la izquierda». Militante partidaria desde la juventud, Mireya «no quería ser portavoz de un partido, sino al revés: llevar todo el conocimiento de los movimientos a lo que se llamaba partido, y estimular la existencia de organizaciones autónomas de mujeres».

En esta entrevista para Capire, Mireya Forel habla sobre la trayectoria de la organización feminista antimilitarista internacional Mujeres de Negro, bien como sus aportes políticos para enfrentar las guerras y las violencias colonialistas desde una mirada antipatriarcal. A continuación, puedes leer la entrevista, o escucharla en su versión en audio.

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¿Cómo empezaste el activismo junto a Mujeres de Negro?

Descubro Mujeres de Negro en 1991, cuando se reinicia una agresión imperialista muy potente en el mundo, relativa a Iraq y también a Yugoslavia. En el Estado español, el movimiento antimilitarista coge una potencia enorme. En otros países europeos, se había creado un clima de veneración a los ejércitos, por el papel de liberación contra el nazismo que se les daban. Hay una mentalidad de pacifismo militarizado que dice «luchamos contra el nazismo, que es el máximo horror del militarismo, pero en el fondo aceptamos el ejército».

Con el Movimiento de Objeción de Conciencia (MOC), iniciado por jóvenes cristianos y que se adoptó sobre todo entre jóvenes de las izquierdas extraparlamentarias, se generó un movimiento de juventud muy a favor de la insumisión al ejército. En aquel periodo, muy cerca, se intensifica una guerra que llamaremos de Guerra de los Balcanes. Desde Madrid y Castilla, sale gente del MOC a recorrer la ex-Yugoslavia. Descubren en Belgrado un grupo que se llama Mujeres de Negro, y se dan cuenta de que es el único que tiene una postura clara antimilitarista. Es un gran encuentro amoroso y político.

Entonces, entre 1992 y 1993, se inicia un proceso en mi vida donde me centro a crear redes desde Mujeres de Negro, y que me lleva hoy a ser claramente decolonial. Para luchar contra la guerra hay que descodificar lo que hace que haya aceptación de la guerra para resolver un conflicto. Al hablar de la violencia en tiempos de guerra, descodificamos o desmitificamos ciertas cosas, siendo la primera la noción de guerra.

Mujeres de Negro – Sevilla

¿Podrías contarnos más sobre las prácticas de Mujeres de Negro?

En el momento de la guerra en los Balcanes, estaban pasando cosas terribles en África y nadie hablaba. Había una cultura mediática según la cual tú asimilabas la normalidad de la guerra en África, y te escandalizabas con una guerra en Europa, porque se suponía que Europa ya había superado eso.

Mujeres de Negro nace en un país que nace del colonialismo, que es Israel. Nace ya sobre una zona de horror, a nivel de guerra. Mujeres de Negro nace a partir de una decisión de feministas que se indignan con una situación de violencia excesiva –si se puede decir «excesiva», una vez que toda violencia lo es–, y que salen a la calle vestidas de negro. Italianas de izquierda y feministas buscan contacto con mujeres israelíes judías para colaborar con la desocupación de Palestina, se encuentran con Mujeres de Negro, y luego al medio de todo ello, de varias partes del Estado español aparecemos.

Una idea genial que tiene Mujeres de Negro es invitar encuentros entre mujeres en estado de guerra y mujeres en estado no de paz, pero sin guerra. Tratamos de cómo trabajar la paz en el sentido de tejer lazos entre mujeres, divididas por el odio patriarcal nacionalista. Denunciamos la violación como una arma de guerra, pero al mismo tiempo luchamos contra la instrumentalización política de la violación, incluso desde el mundo de las ONG a las cuales interesa victimizar a las mujeres.

Las Mujeres de Negro que trabajan en el terreno, como en Serbia, pueden contar sobre eso, así como las del continente latinoamericano o, mejor diciendo, Abya Yala. No quiero quitar la palabra de las que actúan ahí. Una es mensajera de lo que quieran decir ellas, las mujeres silenciadas por la guerra. No vamos a hacer proyectos para asistencia que les quitan el protagonismo. Desde Europa, apoyamos para hacer la contrainformación. Luchamos contra la militarización de nuestras sociedades y denunciamos todo lo que hace la OTAN. La Unión Europea está involucrada en miles de conflictos, pero no se conocen todos.

Mujeres de Negro – Sevilla

El año de 2022 fue muy enmarcado por el tema de la guerra debido al conflicto entre  Ucrania y Rusia. ¿Cómo ves las desigualdades entre la conmoción y atención a las guerras en Europa y fuera de ella hoy?

El tema de Afganistán, por ejemplo, era y es evidente que no estaba claro para muchas. En Sevilla habíamos hecho regularmente, por años, campaña contra la OTAN. Pero hay muchas compañeras pacifistas que han sido y están más bien captadas por la propaganda a favor de la invasión, hecha intencionalmente en torno al tema de la mujer. Para mirar el problema con los talibanes, hay que denunciar quien ha producido los talibanes y de dónde vienen. Tú no puedes mirar solo la pantalla, hay que conocer el proceso. Intentamos evitar los silencios sobre la guerra, lo que impone un trabajo enorme de saber qué está pasando.

Es alucinante lo que está pasando en partes de África. Son masacres, y no de cuatro o cinco mujeres; llegaron a despoblar los pueblos. En Mali, Congo y muchos sitios, las primeras agredidas, violentadas, asesinadas por la política de desestabilización son las mujeres. Es un trabajo que exige un esfuerzo de acercamiento a lo que no estamos acostumbrados en el Occidente porque creemos que tenemos el monopolio de la información.

Cuando tú das la información que viene del pueblo en resistencia anticolonial, dicen «tú estás segura?». Entonces digo «sí, estoy segura, porque viene de la gente que sufre en el país, y sabe lo que pasa en el país».

Es una colonialidad creer que Europa tiene la razón de la información y la reflexión, que es la democracia y tiene más información que nadie.

¿Podrías hablar más sobre la violencia hacia las mujeres como herramienta de guerra?

Yo no conozco la historia de la humanidad entera, incluso porque la humanidad tiene varios polos de universalidades. Hubo grandes civilizaciones, con envergadura increíble, antes que naciera Europa con el judeocristianismo. Curiosamente, en la enseñanza, cuando se habla de guerras y batallas, te van a hablar de la civilización romana, minimizando el hecho de que fue una guerra real, enfocándose que ellos nos trajeron la civilización. Pero, cuando hablan del mundo islámico, hablan de invasión.

Ellos mismos, los europeos, cuando conquistan, se apropian de las mujeres, las esclavizan a nivel doméstico y practican abuso sexual. En el siglo XIV, Europa no podía pasar fácilmente a la parte asiática porque el Islam controlaba todo el camino. Portugal entonces va por África al oeste y empieza a robar, deportar y esclavizar hombres y mujeres africanos. La esclavización incluía el derecho de violación y apropiación de la mujer.

Hay que revisar toda esta visión de qué es una guerra. Para mí, la esclavización es una guerra: la guerra esclavista. No fue el «descubrimiento de América», fue una guerra de conquista.

Eso no está metido en la conciencia, en la memoria colectiva. Hay miedo en hablar de la memoria colectiva porque es volver a encontrar nuestros propios orígenes, en que nuestra civilización occidental nace sobre un mundo de posesividad, de derecho de manipular a los que no corresponden a su sociedad. Toda conquista, toda invasión, toda ocupación está acompañada por una apropiación no sólo de la tierra, sino de las personas.

Violar es una arma de guerra. La guerra es decidir por el otro su presente y su futuro. Desde el etnocentrismo europeu, la manera de decir a uno que no es un hombre es diciéndole «tú no eres ni capaz de defender tu tierra ni capaz de defender a tu mujer». El hombre blanco fue con esa mentalidad hacia Asia y África para robar seres humanos de sus tierras.

Hubo resistencia, ejércitos enteros organizados de mujeres. Eso no se habla, porque se habla siempre del esclavo como un pobre hombre, de ese continente pobre… Borran toda la memoria de culturas extraordinarias y de un tejido creativo, de conocimiento de la fuerza energética de lo que llamamos naturaleza. En las luchas contra la esclavitud en Brasil, Colombia, entre otros, las mujeres eran grandes protagonistas, no esas víctimas pasivas.

Cuándo en Europa se derrumba el nazismo, se glorificó mucho a los americanos que desembarcaron en Normandía –muchos afrodescendientes, mandados como carne de cañón– con una propaganda para valorarlos como salvadores de Europa, a pesar de que todos sabían que la Unión Soviética era la fuerza militar principal contra los nazis. Y una cosa ocurrió, se borró y ahora sale: cuando desembarcaron en Normandía, esos americanos tuvieron el derecho de posesión a las francesas. Hubo una violación masiva de francesas de parte de los soldados que venían a “liberar” Francia.

Muchas veces, las mujeres por sus comportamientos nos dictan que algo ha pasado. Durante la guerra, todas las mujeres saben que están en peligro. Cuando hay una situación de violencia, todas sabemos. Pero siempre, en las películas, se ha hecho que el violador fuera el enemigo. Durante la guerra de los Balcanes, se reveló mucho la subida de los malos tratos en la sociedad por el propio hombre que está luchando por su patria. Cuando vuelve del frente, es muy violento contra su mujer, su hija o la que haya en la casa, porque siente un derecho de posesión.

¿Ante el memoricidio, cuáles pueden ser los dispositivos para mantener la memoria colectiva?

Es un gran trabajo que queda por hacer en Europa. Noto que dentro de nuestro feminismo occidental, en Europa, Canadá o Estados Unidos, hay un sector que pasa al lado de las necesidades de esa memoria. Tienen convicción de que lo importante es conquistar el derecho, en lugar de poner en cuestión la noción de desarrollo de nuestra sociedad. Los derechos nacen porque hay injusticias, entonces vayamos a ver por que hay injusticias. ¿Es el patriarcado un productor del machismo y de la heterosexualidad, o va más allá? ¿Qué arquetipos de valores y de hombres se han creado? ¿Y qué tipo de sociedad se ha creado? Si no llegas a poner en cuestión ese supremacismo patriarcal que organiza toda una visión de la vida, tú vas a participar de una memoria atrofiada.

Hablamos de capitalismo, pero cuidado, pues si el desarrollo de una sociedad que camina al socialismo arrastra los valores de la civilización moderna actual, nos vamos a una sociedad patriarcal, autoritaria y peligrosa. Ha pasado eso con la degeneración de los países del Este de Europa, porque son de las raíces más europeas de la visión del mundo. Pero pueden haber alternativas en países más interesantes, como en países de África. Su voluntad de recuperar raíces de tradición en cuanto a la agricultura y las cosmovisiones los pone más posibilidad de una ruptura con esta modernidad peligrosa que nos lleva a un suicidio de la humanidad. Si creemos que todo el cambio de la sociedad moderna está en nacionalizar bancos y bienes públicos, y aceptamos los valores de nuestra civilización, vamos a reproducir problemas muy serios. Por eso es importante la memoria.

Europa ha perdido mucha memoria. Podemos recuperar la memoria de las cosas malas hechas afuera, pero hemos perdido mucho de la memoria histórica de lo que fue la resistencia de los artesanos y campesinos ante el monocultivo y el latifundismo. Sin embargo, los pueblos que fueron dominados por el imperio europeo tienen más recursos de memoria. Aprendo más del movimiento campesino de Abya Yala y del movimiento indígena, de los panafricanistas, que de nuestra propia historia.

Entrevista por Helena Zelic

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