Cecilia Rikap: «las gigantes tecnológicas hacen una nueva forma de extractivismo»

27/09/2026 |

Capire

La economista argentina analiza las disputas actuales sobre el conocimiento tecnológico frente a la dependencia digital

Cecilia Rikap es profesora de Economía y jefa de investigación de un instituto del University College London, en el Reino Unido, donde trabaja sobre lo que llama monopolios intelectuales. Bajo este concepto, investiga las empresas que sostienen su poder apropiándose del conocimiento que se produce colectivamente. 

Cecilia estudió Economía en la Universidad de Buenos Aires (UBA) y militó allí durante muchos años, primero como estudiante y después como docente, disputando las condiciones de estudio y trabajo, pero también qué tipo de conocimiento se produce en la universidad, para qué y para quién.

En esta entrevista, la investigadora comparte sus reflexiones sobre el poder ejercido por las gigantes tecnológicas y sus relaciones con negociaciones políticas, amenazas económicas y herramientas de guerra. Rikap lee ese proceso desde la teoría de la dependencia, actualizada para el capitalismo digital.

La teoría de la dependencia es una corriente de pensamiento nacida en América Latina que explica esta relación desigual entre países del centro y de las llamadas periferias del capitalismo. Mientras unos pocos países del centro se enriquecen produciendo tecnología y capturando el valor, las periferias quedan atadas a proveerles materias primas, trabajo barato y mercados, con la complicidad de sectores económicos y políticos que se benefician de ese arreglo. A partir de este análisis crítico, Cecilia discute qué significa construir soberanía digital popular.

Desarrollaste el concepto de monopolio intelectual. ¿Por qué describe mejor lo que hacen las gigantes tecnológicas que otros conceptos del debate público?

Si pensamos en quiénes son las empresas más grandes del mundo, vamos a encontrar dos tipos de empresas: las empresas que se apropian de la naturaleza y de bienes comunes, como las petroleras; las que se apropian sistemáticamente de conocimiento y lo monetizan.

Esta apropiación puede ser de datos que producimos colectivamente entre todos en las plataformas y redes sociales, o de conocimiento científico que se produce en las universidades, apropiado por grandes empresas de tecnología y farmacéuticas, por ejemplo. Ellas también se apropian de narrativas y las construyen: acá encontramos, por ejemplo, a las grandes empresas de consumo masivo, como Nestlé, Coca-Cola, PepsiCo.

En todos estos casos, lo que hacen estas grandes empresas es controlar las redes de lo que llamo de “producción de conocimiento entre muchos” y “apropiación y monetización entre pocos”. Es otra forma de extractivismo. Cuando hablamos del extractivismo de la naturaleza, podemos complementarlo con esta discusión sobre el extractivismo de otro tipo de bien común, que es el conocimiento.

En esa apropiación, no solo se ejerce un proceso donde ese conocimiento común deja de ser común y pasa a quedar controlado por unos pocos, aunque haya sido, insisto, producido colectivamente. También el tipo de conocimiento que se produce y el tipo de conocimiento que se silencia es dictado por estas mismas empresas.

Que hoy tengamos inteligencia artificial generativa, que reduce las capacidades de las personas de pensar críticamente y de forma independiente, es producto de que a estas empresas les interesa tener este tipo de tecnología. Es una inteligencia artificial utilizada no solo para reemplazar tareas creativas en el lugar de trabajo, sino también para controlar de manera más customizada, más individualizada, a todas las personas.

Agrego una cosa más sobre cómo se interrelaciona el extractivismo del conocimiento con el extractivismo de la naturaleza. Todo este conocimiento y estos datos que ya se apropian no están en el aire: tienen una materialidad. Esa materialidad son las infraestructuras, en particular los centros de datos, y esos centros de datos son otra fuente adicional de extractivismo de la naturaleza.

Cuando se ubican en nuestros territorios, consumen energía eléctrica, consumen agua potable y terminan empeorando las condiciones de vida de las poblaciones que viven alrededor de donde se instalan. No crean empleo, no pagan impuestos, pero se ponen al servicio de mayor extractivismo de datos y de conocimiento.

La relación entre las gigantes tecnológicas y el gobierno de Estados Unidos quedó a la vista con la imagen de los CEOs alrededor de Trump. ¿Cómo funciona en la práctica y qué significa para los países del sur?

El vínculo entre las gigantes tecnológicas de Estados Unidos y el gobierno de Estados Unidos es un vínculo histórico. No empieza con Trump 2.0. Hace años, diría hasta décadas, el Departamento de Defensa de Estados Unidos depende de la tecnología que le proveen a caja cerrada, como un servicio, las gigantes tecnológicas estadounidenses. Esto nos muestra la propia dependencia tecnológica del gobierno de Estados Unidos y cómo estas empresas han construido una alianza que les permite correr la cancha en contra de quienes quieren regularlas.

Durante el gobierno de Biden, se publica un reporte —pedido por el primer gobierno de Trump— en el cual los CEOs de las grandes tecnológicas firman, y que dice básicamente en qué tiene que invertir el gobierno de Estados Unidos en relación a la inteligencia artificial para defensa. Es un reporte larguísimo, pero se puede resumir en pocas palabras: insiste todo el tiempo en que China es la verdadera amenaza y en que hay que invertir un montón de dinero en inteligencia artificial desde el sector público para que Estados Unidos siga siendo líder en inteligencia artificial. Pensemos hoy, por ejemplo, en ICE, el grupo casi parapolicial de persecución a los y las migrantes, como otro gran ejemplo: la tecnología que habilita esa forma de control, vigilancia y persecución del Estado viene de gigantes tecnológicas.

Para las gigantes tecnológicas era estratégico tener un aliado ya no solo en el Departamento de Defensa, sino sentado adentro de la Casa Blanca. El pacto implicó que las gigantes tecnológicas tuvieran que dejar de lado algunas cuestiones en favor del gobierno, por ejemplo, moderar todavía menos el contenido, para que se pudiera publicar cualquier cosa en las redes sociales. Lo que estas empresas obtienen a cambio es un gobierno de Estados Unidos que va a hablarle ferozmente al resto de los gobiernos que están intentando avanzar en regulaciones. Quieren decirles que, si avanzan en regular, o sea, en cobrar un impuesto a las empresas tecnológicas estadounidenses, va a haber represalias en materia tarifaria y en las relaciones económicas y políticas con Estados Unidos.

El gobierno de Estados Unidos con Trump está actuando en las cadenas de valor vinculadas a las tecnologías digitales. Compró 10% de las acciones de Intel y compró acciones de empresas extractivas de litio y de minerales raros. Es una manera de tener también una voz económica dentro de cadenas de valor estratégicas y en los eslabones en los que Estados Unidos es más débil, que son los vinculados a semiconductores.

Para nosotros que estamos en el resto del mundo, el resultado siempre es una profundización de la dependencia, del subdesarrollo, del extractivismo de la naturaleza y del conocimiento. Eso limita toda posibilidad de buen vivir y de reconstruir los lazos de comunidad, de solidaridad, de bienes públicos en nuestros territorios.

La teoría de la dependencia es una base importante del pensamiento latinoamericano. ¿Qué formulaciones tiene para el periodo actual con la centralidad que hoy tiene la tecnología en la economía?

Actualizar la teoría de la dependencia es extremadamente necesario y nos da un marco mucho más rico que, por ejemplo, colonialismo de datos, colonialismo digital, imperialismo de datos o tecnofeudalismo. Esos marcos tienen algo en común: solamente ven dos campos. Están los malos —las gigantes tecnológicas—, y el resto seríamos los buenos. El problema es que, en esa división, no se logra identificar las semiperiferias, los semicentros, los actores cómplices del subdesarrollo.

La teoría de la dependencia hace históricamente una crítica al imperialismo por no ver que el subdesarrollo no se explica solo por el control de los capitales del norte o del centro sobre la periferia y su monopolización tecnológica. También se explica por la complicidad de actores económicos y políticos locales que se ven beneficiados con esa estructura de dependencia. Actualizar la teoría de la dependencia para la era del capitalismo digital nos exige mirar quiénes son esos cómplices locales en nuestros territorios.

Las llamadas plataformas regionales y las startups de tecnología en nuestros territorios de insertan en los ecosistemas predatorios de las gigantes tecnológicas de Estados Unidos, en eslabones intermedios. Dependen de su tecnología, pero también son productoras de tecnología, que ponen al servicio no del desarrollo nacional ni de las mejores condiciones de vida de las mayorías, sino de prácticas tan extractivas como las de las gigantes tecnológicas de Estados Unidos. Replican las prácticas en un eslabón intermedio semidependiente.

Hay complicidades políticas, que muchas veces también aparecen dentro de los gobiernos progresistas, por creer en la narrativa de que tenemos que aceptar cualquier tipo de innovación porque va a traer crecimiento económico, que es la llave para el desarrollo o el progreso. Es un discurso ideológico que termina poniendo los progresismos en una posición de cómplices. No se ve estas empresas como las apropiadoras de conocimiento colectivo, sino como las que traen la tecnología que estamos forzados a adoptar porque, si no, vamos a estar afuera del mundo, todavía más atrasados.

Para mí la teoría de la dependencia es clave, porque nos permite identificar estas dinámicas locales entrelazadas con dinámicas globales. También nos permite dar cuenta de estos procesos extractivos y nos lleva a hablar de extractivismos. No es solo que se apropian de datos: nuestro conocimiento y capacidades terminan siendo absorbidos, integrados dentro de estos ecosistemas predatorios.

Hay una diferencia con el pasado. Cuando se formula la teoría de la dependencia, en los años 1960, los cómplices eran la oligarquía del campo, asociada con ser antitecnología. Los cómplices hoy ya no son antitecnología ni están rezagados tecnológicamente: tienen capacidades de producción de tecnologías de frontera y siguen siendo cómplices. También la dimensión centro-periferia me parece que importa muchísimo más hoy que en el pasado. Los antiguos centros de poder global se reconfiguran con Europa caminando hacia la periferia y China al centro. Además, dentro de los propios centros hay periferias. No es lo mismo Silicon Valley que Virginia, que concentra todos los centros de datos. Las comunidades de Virginia son las principalmente afectadas por la apropiación de recursos naturales que deberían estar puestos al servicio de no sobreexplotarlos y, en la medida de lo que sea necesario, de garantizar las mejores condiciones de vida de las personas.

Gran parte de lo que las empresas invierten cuando construyen un centro de datos es en importación de semiconductores, entonces la plata no va realmente al territorio. Los empleos que se generan son de construcción. Cuando el centro de datos ya está construido, son 40 personas por centro de datos —dicho por la propia Microsoft. Y si toda la energía eléctrica y el agua está siendo consumida por los centros de datos, ¿quién va a querer instalar una empresa ahí? ¿Quién va a poder sembrar? ¿Quién va a poder vivir alrededor de esos centros de datos?

Es una actualización de las venas abiertas de América Latina: una nueva forma de extractivismo que reproduce esa misma estructura asimétrica dentro de nuestros territorios, con unos pocos que ganan y muchos que pierden, pero también a nivel geopolítico global. Parte del camino es identificar que las periferias están en muchos lados. Los contrapoderes tienen que armarse y crecer internacionalmente.

¿Cuál es el rol de los movimientos sociales, sindicales y feministas frente a la tecnología, y qué luchas populares te parecen buenos caminos?

Cuando hablo de soberanía digital, retomo la tradición de poder popular. Algunas podemos rechazar claramente: no queremos tecnología para control en el lugar de trabajo, no queremos inteligencia artificial generativa ni ningún tipo de herramienta automática para la defensa, la guerra, el control de migrantes, la represión policial. Pero, para organizar nuestro día a día, las cooperativas y los espacios de trabajo, hacen falta tecnologías digitales. Entonces las preguntas son: ¿quién va a estar en control? ¿Quién va a decidir qué tecnología digital se adopta o no? ¿Quién va a desarrollar esa tecnología? ¿Cómo se la va a usar? ¿Qué datos vamos a admitir que se recuperen y se analicen? ¿Quién los va a analizar y cómo? ¿Cuántos centros de datos va a haber en cada territorio? ¿Dónde se van a instalar? ¿Quién los va a manejar?

Hacernos estas preguntas y exigir que la respuesta y el debate se den en marcos democráticos es algo que no va a venir de arriba para abajo. Tiene que nacer desde los movimientos sociales. En la pelea por el poder popular, en imponer agenda y en democratizar los espacios de gobierno, los movimientos feministas tienen un montón de cancha, diríamos en Argentina. Hay que aprender colectivamente de esas experiencias para poder exigir que estas tecnologías sean gobernadas desde los sectores públicos.

El Estado tiene que ser parte, pero que tenemos que reimaginar lo público. Estas tecnologías no pueden ser decididas a caja cerrada, controladas por unas pocas empresas. Que la tecnología que adoptan las escuelas, los hospitales y el propio Estado esté controlada por empresas privadas es un problema enorme. Estas son decisiones políticas, que tienen que estar democratizadas y gobernadas desde lo público.

Por eso es fundamental construir soberanía digital popular, que no tiene que ser ni tecnosolucionista ni tecnonacionalista. El conocimiento, cuando se comparte, se potencia, y vamos a tener muchas más oportunidades de construir tecnología distinta si lo hacemos desde la solidaridad de los pueblos. Democracia no es que todos usemos una tecnología digital; democracia es que diseñemos las instituciones donde todos podamos tener una voz para decidir qué tecnología, para qué y para quién.

La tecnología por sí sola no nos va a traer un buen vivir, desarrollo o una sociedad más democrática. Estas son construcciones políticas. La mejor manera de pelear en contra de los monopolios intelectuales es haciendo lo contrario de lo que ellos hacen: socializando nuestros conocimientos, potenciando los distintos saberes y las distintas formas de pensar, y animándonos a pensar críticamente y a tener imaginación política.

Entrevista conduzida por Natália Lobo
Redação da introdução e edição por Helena Zelic

Artículos relacionados