Contra el agronegocio digital, luchamos por la soberanía digital popular

27/09/2026 |

Natália Lobo

La conferencia de la FAO en Roma mostró cómo el discurso de la agricultura digital avanza sobre los territorios y borra a los pueblos como sujetos políticos

Entre el 1 y el 3 de julio de 2026, la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) abrió las puertas de su sede en Roma para la primera Conferencia Global de Agricultura Inteligente. El lema fue «Impulsar sistemas agroalimentarios sostenibles con datos y tecnología». Sin embargo, durante los tres días de la conferencia, se habló muy poco sobre la construcción de la soberanía alimentaria y las tecnologías desarrolladas por los pueblos para promover la agroecología. Representantes de gobiernos, instituciones de investigación, bancos y empresas desfilaron por el evento. La voz de las y los campesinos, las mujeres agricultoras y los pueblos y comunidades tradicionales prácticamente no se escuchó.

En este artículo, analizaremos cómo el avance de la digitalización de la agricultura va de la mano con el avance de las gigantes tecnológicas sobre los territorios y cómo las empresas utilizan el lavado lila (purplewashing) para promocionar estas tecnologías, como si fueran la solución milagrosa a la sobrecarga de trabajo de las mujeres. Y presentaremos algunos elementos de una agenda de lucha y propuestas para hacer frente a esto.

 ¿Por qué el capital necesita la digitalización del campo?

La digitalización de la agricultura, al igual que la de muchos otros sectores de la economía, es una necesidad del capitalismo en este momento específico de su historia. Para seguir aumentando su poder, las gigantes tecnológicas necesitan ampliar su dominio. Necesitan nuevos datos, más allá de los que ya han recopilado para construir sus modelos actuales, y necesitan avanzar hacia nuevos territorios y mercados, como los rurales.

La agricultura es la frontera perfecta para explorar. Es muy extensa e intensiva en información y datos aún no recopilados sobre los suelos, las semillas, el clima, el agua y el trabajo; además, todavía no existe una regulación que frene este proceso, lo cual las empresas ven como una oportunidad.

La agricultura 4.0 se basa en nuevas tecnologías, como satélites, sensores y drones que mapean nuestros suelos, aplicaciones de asistencia técnica que registran diversos datos sobre la producción y secuenciación genética digital que aumenta el control sobre las semillas.

Los movimientos denuncian que estas tecnologías representan un avance de la biopiratería y que los agricultores y agricultoras se están convirtiendo en «medieros digitales», que trabajan la tierra, pero están controlados por plataformas que les dicen cómo deben hacerlo. Las personas generan los datos, pero no tienen soberanía sobre ellos. Además, se ven obligadas a pagar por el conocimiento que ayudaron a construir, mediante la suscripción a las plataformas de agricultura digital.

La FAO otorga legitimidad a la digitalización de la agricultura
 
Lo que ocurrió en la Conferencia Global sobre Agricultura Inteligente de la FAO fue el inicio de la construcción de un discurso que legitima este avance en los espacios del multilateralismo. Esto ocurre en un contexto de crisis de ese mismo multilateralismo. El presidente ejecutivo de Palantir —empresa que provee software al Programa Mundial de Alimentos (PMA) desde 2019 y es pieza clave del complejo militar-industrial estadounidense— declara públicamente que las instituciones multilaterales han fracasado y que la esperanza está en lograr que Estados Unidos «domine» el escenario. La misma empresa opera dentro del sistema humanitario de la ONU, con contratos cuyos términos nunca se han dado a conocer. Cuando los movimientos sociales plantearon este caso en los foros de la FAO, la respuesta fue el silencio.

Parte de la crisis del multilateralismo que conocemos tiene que ver con una crisis de financiamiento. El dinero hoy está en manos del sector privado y de las grandes organizaciones filantrópicas. Así, los recursos y la capacidad institucional que deberían sustentar la función normativa de la FAO —orientar a los Estados, garantizar los derechos— se desvían hacia eventos de exhibición y de promoción de soluciones empresariales. La conferencia fue un espectáculo de «soluciones rápidas» y milagrosas, elogios a las startups y al tecnosolucionismo, sin espacio para la participación ni para el debate.
 

Todo esto va en dirección opuesta a las recomendaciones elaboradas con participación social en el Comité de Seguridad Alimentaria Mundial, uno de los pocos espacios donde los movimientos tienen voz. En lugar de considerar las recomendaciones de los movimientos para la construcción de la soberanía alimentaria, estos espacios solo se apropian de nuestro lenguaje e intentan vender sus soluciones supuestamente en nombre de la mejora de la vida de las mujeres, la juventud y los pequeños y pequeñas agricultores.

La falsa promesa respecto al tiempo y al trabajo de las mujeres

En todos estos espacios, se dice que una de las ventajas de la agricultura digital es reducir el tiempo de trabajo de las mujeres en el campo y aumentar su tiempo libre. Para darse cuenta de que se trata de una promesa falsa, basta con analizar la historia. En general, cuando una tecnología vinculada a las empresas transnacionales llega a un territorio, genera desempleo y desplazamiento forzado. El trabajo de reproducción de la vida no disminuye, sino que se elimina el trabajo asalariado, lo que empuja a más y más personas a la pobreza. En los lugares donde la agricultura pasó a requerir capital y maquinaria, las mujeres fueron desplazadas.

Este es un nudo que la economía feminista nos ayuda a entender. Aunque la tecnología nos ayude a ahorrar tiempo, ese tiempo no se convierte necesariamente en tiempo libre. En una sociedad neoliberal y organizada por la división sexual del trabajo, el tiempo que supuestamente libera la máquina no se convierte en descanso, organización política o placer. Siempre hay una enorme demanda de trabajo de cuidado por realizar, más aún en un contexto de precarización de los servicios públicos. En este contexto, el trabajo de las mujeres se utiliza cada vez más para compensar la falta de políticas públicas en materia de educación, salud y asistencia social. Las tecnologías, por sí solas, no son capaces de redistribuir y valorizar el trabajo de las mujeres.

Además, la mayoría de estas herramientas que supuestamente están dirigidas a las mujeres exigen algo que la mayoría de las mujeres del campo no tienen: poseer tierras propias, acceso a crédito, un celular propio, conexión a Internet y tiempo para desarrollar habilidades digitales. Cuando estas herramientas llegan al campo, lo hacen de la mano de quienes ya están en condiciones de incorporarlas, por lo general hombres más vinculados a la agricultura comercial. En este caso, donde existe trabajo asalariado, la digitalización de la agricultura se pone al servicio de vigilar a los trabajadores, acelerar el ritmo, precarizar el trabajo e introducir el paquete tecnológico del agronegocio en el campo.

Nuestras apuestas

Este análisis no debe traducirse, por nuestra parte, en un rechazo a la tecnología, sino poner de relieve la urgencia de construir la soberanía digital, que debe pasar a formar parte de nuestra agenda de lucha al igual que la soberanía alimentaria, energética y popular.

El discurso tecnosolucionista se presenta como la solución a las penurias del trabajo agrícola y a la sobrecarga laboral de las mujeres, que son problemas concretos. No es casualidad que, en el discurso de las empresas, las mujeres aparezcan sobre todo como emprendedoras a las que hay que capacitar en «habilidades digitales”. Nunca se las considera como un sujeto político colectivo con un proyecto propio. La solución a estos problemas pasa por transformar la sociedad en su conjunto, reorganizando la división social y sexual del trabajo. Para ello, esta transformación se apoya en nuestras propias alternativas, es decir, en las múltiples tecnologías creadas por campesinas y campesinos que amplían la autonomía. Ejemplos de ello son los bancos de semillas, las máquinas y aperos adaptados a cada realidad, las redes de comercialización basadas en la economía solidaria y los bioinsumos, entre otros.

En este momento, es urgente afirmar que estas y otras alternativas constituyen el paradigma tecnológico que queremos. Esto implica fortalecer lo que ya tenemos y también crear nuevas alianzas y espacios de cooperación.

Natalia Lobo es agroecóloga, integrante de la SOF  Sempreviva Organización Feminista y militante de la Marcha Mundial de las Mujeres de Brasil.

Revisión por Helena Zelic
Traducido del portugués por Luiza Mançano

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