El “viaje de ocio” del USS Lincoln a Tailandia: una muestra del neocolonialismo estadounidense y del feminicidio

04/11/2026 |

Din Deng

Un artículo denuncia el precio que pagan las mujeres de Tailandia por la alianza con Estados Unidos, desde la Guerra de Vietnam hasta la guerra contra Irán

La llegada del USS Abraham Lincoln (CVN-72) a Tailandia para un “viaje de ocio”, antes de volver a su campaña de destrucción contra los pueblos de Asia Occidental, exige un cuestionamiento crítico y una oposición inmediatos. Para nosotros, el pueblo tailandés, y para quienes viven en territorios saqueados por Estados Unidos en todo el mundo, se trata del tintineo de las cadenas coloniales de la Guerra Fría estadounidense sobre su perro faldero más fiel, mientras Estados Unidos libra una guerra de agresión contra Irán y el genocidio en curso en Palestina. Al permitir que el USS Lincoln atraque, las élites dominantes tailandesas están facilitando una vez más un sistema de violencia imperial que se extiende mucho más allá de las fronteras del sudeste asiático y que, en nuestro caso, se sustenta en la violencia sexual y el feminicidio.

Tailandia tiene una larga historia como vasallo colonial de Estados Unidos y, desde 2003, se la considera oficialmente un “Gran Aliado fuera de la OTAN”. Aunque en los últimos años Tailandia ha buscado equilibrar sus relaciones acercándose a China, Estados Unidos sigue invirtiendo fuertemente en mantener su influencia sobre la política y las instituciones militares tailandesas, ya que lo considera estratégicamente vital. La visita del USS Lincoln es, por lo tanto, una confirmación de que esta alianza se mantiene: un recordatorio vergonzoso de la postura servil de los gobernantes del Reino de Tailandia ante las ambiciones militares estadounidenses. Esta postura no la comparte el pueblo tailandés, en particular las mujeres del país, quienes han sido las que más han sufrido la violencia de Estados Unidos a lo largo de esta relación.

Se trata de la continuidad de una larga historia de violencia imperial, en la que los cuerpos de las mujeres han servido como moneda de cambio en las relaciones de Tailandia con Occidente. El USS Lincoln llegó al puerto de Pattaya, establecido como la principal base de apoyo estadounidense y lugar de Descanso y Recreación (R&R, por sus siglas en inglés) durante la Guerra de Vietnam, entre las décadas de 1960 y 1970. Hoy en día, Pattaya es posiblemente el mayor centro de turismo sexual y de violación imperial del mundo, debido exclusivamente a su historia de acogida a los soldados estadounidenses. La máquina de guerra se afianza en el legado estructural del neocolonialismo estadounidense, un legado que saqueó a Tailandia y la transformó en un espacio de explotación sexual, además de un legado de feminicidio, en el que el Estado y el capital actúan de forma conjunta para volver las vidas de las mujeres sistemáticamente desechables en nombre de las ganancias y la hegemonía geopolítica de Estados Unidos.

“Tailandia, el ‘estado número 51’ de Estados Unidos”

Tras la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos asumió el papel de protector imperial, al considerar a Tailandia un bastión esencial contra la “amenaza comunista” en el sudeste asiático. A partir de 1950, sucesivas dictaduras militares fascistas tailandesas pasaron a obedecer las órdenes políticas de Washington, comenzando con el golpe de Estado de Sarit Thanarat en 1957, orquestado con apoyo estadounidense. Estados Unidos invirtió más de 1.500 millones de dólares en ayuda económica y militar en el país, arraigando en el Ejército tailandés un sistema de dependencia respecto a los intereses estadounidenses. Al mismo tiempo, durante la guerra de agresión de Estados Unidos contra Vietnam, Tailandia albergó siete bases de la Fuerza Aérea estadounidense y a cientos de miles de soldados, sobre todo para Descanso y Recreación.

En realidad, Tailandia fue colonizada no mediante la ocupación directa de su territorio, sino a través de la dominación económica, la presencia militar y la subordinación política, mediante una compleja red de mecanismos financieros y geopolíticos. Como ya afirmó la Tricontinental en 1969: “Sin duda, Tailandia es uno de los países más fieles en el cumplimiento de las órdenes de Washington. Por lo tanto, no hay duda de que el mariscal Kittikachorn (Thanom) estaba siendo completamente sincero cuando afirmó que Estados Unidos podría considerar a Tailandia como su estado número 51”.

El complejo industrial de la prostitución del Ejército de los Estados Unidos

La guerra de agresión de Estados Unidos contra Vietnam convirtió a Tailandia en el principal centro de Descanso y Recreación (R&R) de las Fuerzas Armadas estadounidenses. Los soldados de permiso, después de asesinar a vietnamitas e inundar el país con el Agente Naranja, eran trasladados en avión a bases tailandesas, donde la violencia patriarcal y el feminicidio se institucionalizaron a la vez como recompensa y como necesidad. El Estado militar de Sarit, por ejemplo, organizó activamente este sistema como una política nacional. En 1959, incluso antes del gran aumento del contingente militar estadounidense, un grupo de 500 soldados fue trasladado desde su base en Nakhon Ratchasima a lo que era, en ese entonces, el pequeño pueblo pesquero de Pattaya, en Chonburi. Las autoridades locales facilitaron el viaje y, en la práctica, convirtieron el pueblo en un lugar destinado al descanso y la recreación (R&R) de los soldados. Este sistema se formalizó en 1964, cuando los gobiernos tailandés y estadounidense firmaron un acuerdo oficial para proporcionar a los soldados instalaciones de R&R, un pacto que transformó a Pattaya y otras regiones en enormes complejos de ‘entretenimiento’. Entre 1964 y 1976, aproximadamente 700.000 soldados extranjeros llegaban cada año para estancias de una semana durante la intervención estadounidense en Indochina.

Los cuerpos de las mujeres tailandesas se han convertido en recursos nacionales, explotados para atraer divisas e impulsar el desarrollo económico. Como escribe Cynthia Enloe en Bananas, Beaches and Bases [Plátanos, playas y bases] (1990), esa es la lógica del imperialismo, del capitalismo y del patriarcado: se convierte el cuerpo femenino en un instrumento de acumulación de capital, y el Estado facilita esa extracción. La industria del sexo en Tailandia constituye un sistema público e institucionalizado de explotación, legitimado por el Estado y alimentado por la demanda internacional —sobre todo estadounidense— de una oferta constante de trabajo de las mujeres. Esto incluye tanto el trabajo no remunerado y reproductivo —como limpiar, cocinar y cuidar el hogar— como el trabajo sexual hiperexplotado.

Hoy en día, la ciudad de Pattaya se ha convertido en una zona permanente de comercio sexual, orientada al turismo sexual internacional de hombres más allá del ámbito militar. Desde el punto de vista económico, los soldados estadounidenses crearon una demanda que impulsó a los «emprendedores» del sexo, proxenetas y traficantes a «profesionalizar» sus actividades. Después de que la base militar estadounidense en Chonburi fuera expulsada en 1975 gracias al valiente trabajo de militantes de izquierda, estudiantes, agricultores y miembros de la clase trabajadora de Tailandia, estos distritos conservaron la infraestructura y la reputación que atraían a los turistas sexuales, perpetuando así un círculo vicioso.

Aliados políticos, como el alcalde de Pattaya, Poramet Ngampichet, afirmaron que la ciudad está lista para recibir a los militares estadounidenses que buscan descansar y pasar un tiempo en el balneario después de una larga misión relacionada con operaciones militares de agresión.

En todo el sudeste asiático, las fluctuaciones en los niveles de violencia sexual estuvieron estrechamente vinculadas a la presencia militar estadounidense. Siempre se trató de una industria organizada, con cadenas de suministro sexual que satisfacían la demanda militar. Al final, son las mujeres quienes sufren las consecuencias más brutales de esta violencia imperial y patriarcal.

Feminicidio: el resultado extremo de la violencia estructural de género

El feminicidio va más allá de los actos individuales de asesinato y abarca todas las condiciones estructurales que convierten las vidas de las mujeres en desechables, reducen sus posibilidades de vida y las someten a la violencia sistémica. Un sistema en el que las mujeres son empujadas sistemáticamente al trabajo sexual debido a la infraestructura existente y a la pobreza; en el que el Estado facilita nuestra explotación y se beneficia de ella; en el que la presencia militar estadounidense ha creado la demanda; y en el que el turismo occidental perpetúa la oferta: eso es feminicidio. Es el sacrificio sistemático de la integridad física y psicológica de las mujeres, de su autonomía y de nuestras propias vidas en nombre de objetivos imperialistas.

Las mujeres de Tailandia son explotadas no solo para generar ganancias para el turismo sexual, sino también para sostener la alianza geopolítica que convierte a Tailandia en una base de apoyo para las guerras imperiales. La estabilidad política que Estados Unidos busca mantener en el país depende, en parte, de las condiciones económicas que siguen atrapando a las mujeres en la explotación sexual. Estos mecanismos de mantenimiento político incluyen escuadrones de la muerte anticomunistas, la preservación de vínculos militares dependientes, el bloqueo de la soberanía económica y la garantía de un liderazgo firmemente anticomunista. Mientras las economías dependientes del turismo exijan un flujo continuo de consumidores extranjeros patriarcales, y mientras el Estado priorice la acumulación de capital en detrimento del derecho de las mujeres a la vida, las mujeres tailandesas seguirán pagando el costo humano de la alianza entre Tailandia y Estados Unidos.

La persistencia de la cultura de la hipersexualización

En las redes sociales, la llegada de 5.000 soldados estadounidenses a Tailandia está siendo objeto de burlas por parte de los estadounidenses. Esto revela hasta qué punto la hipersexualización de las mujeres tailandesas y la explotación sistémica de nuestros cuerpos se han normalizado en el imaginario masculino.

Entre los comentarios se encuentran: “Gran día de pago para estas chicas, tal vez encuentren un esposo”; “Galones y más galones de semen en camino”; y “Directo a Bangkok; todos los soldados están ‘sexcitados’ con los ‘sexercicios’”. Estos comentarios son herederos directos de la cultura estadounidense que retrata a las mujeres asiáticas como hipersexualizadas y sumisas desde la época de las agresiones militares de Estados Unidos en la región.

La explotación de las mujeres tailandesas se trata como entretenimiento, como una consecuencia trivial de una escala militar en un puerto. La existencia y la perpetuación de esta cultura revelan el sistema neocolonial que ha transformado sistemáticamente a las mujeres en mercancía para el placer y la ganancia del imperio.

El USS Lincoln representa una continuidad

La llegada del USS Lincoln a Tailandia no es más que la manifestación más reciente de una relación forjada por la dominación imperial y sostenida por la explotación sistemática de las mujeres tailandesas. Cuando el barco atraca, disfruta de los frutos de la victoria estadounidense en la Guerra Fría y marca la continuidad del feminicidio estructural permanente que permiten las relaciones entre Tailandia y Estados Unidos.

Tenemos que ver a las mujeres de Pattaya, Nakhon Ratchasima, Nakhon Phanom, Takhli, Ubon Ratchathani, Udon Thani y de toda Tailandia como personas atrapadas en una red opresiva tejida por el capitalismo global, el legado imperial y la forma más brutal de violencia patriarcal. La solución no son las intervenciones contra la trata lideradas por Occidente que le quitan aún más poder a las mujeres tailandesas, sino una transformación revolucionaria de los acuerdos económicos y políticos que, desde el principio, han hecho lucrativa nuestra explotación.

La visita del USS Lincoln debe ser recibida con la más contundente oposición, tanto por la historia que representa como por el futuro que presagia. Mientras no se desmantelen las condiciones estructurales que producen la explotación sexual, cada escala en un puerto será un acto de violencia contra nuestras tierras y nuestros cuerpos.

Esta es una versión resumida del artículo publicado originalmente por la revista Din Deng.

Traducido del portugués por Luiza Mançano
Idioma original: inglés

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