La concentración de la propiedad de la tierra y el patriarcado son producto del mismo sistema histórico. El colonialismo y el capitalismo organizaron la explotación de la tierra y de los cuerpos como mecanismos de acumulación, y esa lógica sigue vigente en las zonas rurales de todo el mundo. Hoy en día, las mujeres representan alrededor del 40 % de la fuerza laboral agrícola mundial, pero solo poseen el 15 % de la tierra. Producen alimentos, sostienen las comunidades y cuidan la vida, pero son sistemáticamente excluidas de la propiedad de la tierra, la participación política y el reconocimiento económico. Por lo tanto, la lucha por la reforma agraria popular integral es una lucha feminista.
La II Conferencia Internacional sobre Reforma Agraria y Desarrollo Rural (ICARRD+20), celebrada en Cartagena, Colombia, en febrero de 2026, reunió a movimientos campesinos, pesqueros, indígenas y feministas procedentes de diferentes partes del mundo para debatir sobre la tierra, la soberanía alimentaria y los derechos colectivos. Veinte años después de la primera edición, la Conferencia se llevó a cabo en un contexto de intensificación del agronegocio, del desplazamiento rural y de la violencia en los territorios.
Durante la ICARRD+20, Perla Álvarez, militante de la Organización de Mujeres Campesinas e Indígenas (Conamuri), que forma parte de la CLOC-Vía Campesina en Paraguay, y Raya Radwan, de la Marcha Mundial de las Mujeres (MMM) en Palestina, dialogaron con Pinar Yüksek, del Secretariado Internacional de la MMM. Hablaron sobre la relación entre la lucha por la reforma agraria y la agroecología y la lucha contra el patriarcado, sobre la participación política y el trabajo de las mujeres en el campo, y el papel de instrumentos como la Declaración sobre los Derechos de los Campesinos (UNDROP, por sus siglas en inglés).
La concentración de la propiedad de la tierra y el patriarcado están estrechamente relacionados en la historia de las zonas rurales de todo el mundo. ¿Por qué la lucha por la reforma agraria debe ser también una lucha feminista? ¿Qué cambia cuando las mujeres asumen un papel central en este proceso?
Perla: Cuando nosotras hablamos que queremos una reforma agraria feminista, estamos diciendo que queremos a las mujeres como protagonistas, con poder, con voz, con propuesta e iniciativa. La mirada feminista no es una cuestión sólo para las mujeres, sino una propuesta de sociedad y de relaciones nuevas para toda la humanidad. Hay gente que quiere oponer el machismo al feminismo, y no es lo mismo: el machismo es la hegemonía del poder del hombre sobre la mujer y la humanidad, y el feminismo plantea una relación igualitaria para toda la humanidad.
Si hacemos una reforma agraria desde una perspectiva feminista, garantizamos relaciones de igualdad entre mujeres y hombres, entre las diversidades que somos como seres humanos, pero también garantizamos relaciones de complementariedad con la naturaleza. La concepción capitalista de la tierra es explotarla. Una reforma agraria feminista busca recuperar la relación equilibrada y equitativa entre los seres humanos y la naturaleza. Eso significaría también recuperar la salud del planeta para recuperar también nuestra propia salud biológica y mental.
Raya: La concentración de la propiedad de la tierra y el patriarcado son producto del mismo sistema histórico: el colonialismo, el capitalismo y el control de la tierra y de los cuerpos con fines lucrativos. Las mismas estructuras que despojan a la población campesina también despojan a las mujeres. Durante siglos, las mujeres produjeron alimentos, sostuvieron la vida rural y cuidaron de las comunidades mientras se les negaba la propiedad de la tierra, el poder político y el reconocimiento. Esta exclusión es estructural, no accidental. Teniendo todo esto en cuenta, una reforma agraria que no sea feminista inevitablemente reproducirá las desigualdades.
Cuando las mujeres asumen el protagonismo, la reforma agraria deja de ser solo una redistribución de la propiedad y se convierte en una redistribución del poder. Las prioridades dejan de ser el lucro y la agricultura orientada a la exportación, y pasan a ser la vida, la soberanía alimentaria y el bienestar colectivo. El liderazgo de las mujeres fortalece la organización comunitaria y hace frente a la violencia, la militarización y la explotación en los territorios rurales.
La situación palestina demuestra claramente cómo la tierra, el colonialismo y el patriarcado están interrelacionados. Las mujeres rurales palestinas cultivan la tierra bajo una ocupación militar, enfrentan la confiscación de tierras, el control del agua y la violencia cotidiana, y aun así siguen produciendo alimentos y sosteniendo sus comunidades. No son solo agricultoras: son defensoras del territorio y de la vida. Una reforma agraria feminista no es un complemento de la reforma agraria. Es lo que hace posible una transformación real.
¿Cómo la reforma agraria contribuye a la construcción de relaciones más justas entre las personas, con la naturaleza y entre los propios pueblos?
Perla: La reforma agraria feminista que planteamos necesariamente también es de carácter socialista y transformador, es superadora de las relaciones capitalistas. Nuestro horizonte es socialista, feminista y antipatriarcal.
La distribución equitativa de la tierra ya va a empezar a generar mejores condiciones de vida. Tendríamos niños y niñas sanas, felices, adolescentes que crecen sin miedo, mujeres libres tomando decisiones a la par que los compañeros. Una reforma agraria feminista también contribuiría a mejorar las condiciones de la ciudad, ante el desplazamiento del campesinado hacia lo urbano. Con una reforma agraria en la que la gente que fue expulsada pueda regresar al campo, o también que la gente de la ciudad pueda volver para cuidar y producir, las condiciones en la ciudad también van a mejorar. Por eso, la reforma agraria integral no es un proyecto solo del campo: es un proyecto de sociedad que también involucra a la ciudad.
No es la misma reforma agraria del siglo XIX o XX. Una reforma agraria nueva, con un modelo de producción agroecológica, que reconozca el consumo según la estación del año, significa que tenemos que desaprender, en toda la cadena, modos de producción, de comercialización y de consumo.
No es fácil la tarea porque el agronegocio penetró en nuestro cerebro. Nos hizo mirar la tierra como un cuadradito donde vivir y donde producir. Nos parceló la mente. Debemos recuperar la mirada del territorio y ahí la mirada indígena y de los pueblos pesqueros es demasiado importante. El campesinado es integral y produce según el territorio y el tiempo: un tiempo va a la pesca, otro produce maíz, otro va a cosechar mandioca, va a recoger frutos, semillas. La naturaleza le va guiando la tarea, no se rige por el reloj capitalista.
Raya: Las economías feministas del cuidado y la soberanía alimentaria proponen una alternativa radical al modelo dominante de desarrollo basado en la extracción, los monocultivos y el control corporativo de los sistemas alimentarios. Al romper con la lógica de la tierra como mercancía, la reforma agraria ayuda a reconstruir las relaciones entre las personas y la naturaleza. La tierra pasa a ser territorio, vida y responsabilidad colectiva. A través de la agroecología, el control comunitario de las semillas y el agua, y los sistemas alimentarios locales, la reforma agraria construye relaciones basadas en la cooperación, y no en la explotación.
De este modo, también fortalece la solidaridad entre los pueblos del Sur global que se enfrentan a situaciones similares de acaparamiento de tierras, destrucción ambiental y desplazamiento rural. En Palestina, la soberanía alimentaria es una forma de resistencia. Cuando las mujeres siguen cultivando, conservando las semillas y sosteniendo la producción local bajo la ocupación, están defendiendo el derecho de todo un pueblo a permanecer en su tierra. Esto no es solo un proyecto agrícola, es un proyecto de sociedad centrado en el cuidado, la dignidad y la sobrevivencia colectiva.
Históricamente, el acceso a la tierra y la propiedad de la tierra han estado mayoritariamente en manos de los hombres. ¿Cuáles son los principales desafíos para garantizar una igualdad real en los derechos sobre la tierra, respetando las formas colectivas y comunitarias de organización territorial?
Perla: Solamente cuando las mujeres nos juntamos podemos recuperar el poder que se nos fue quitando. A las mujeres nos han quitado la posibilidad de tomar decisiones sobre lo que nos afecta. Otros toman decisiones por nuestros cuerpos, por nuestras vidas, por nuestros territorios, por nuestras familias, por nuestra producción. Recuperar el poder de decidir solo lo puede garantizar la organización.
Lo más importante no es necesariamente el título de propiedad, sino asegurar la tenencia de la tierra: que una vez que estés en la tierra, no te la quiten por ninguna razón, ni financiera, ni de diferencia de pareja, ni por conflictos. Es la seguridad de permanecer en la tierra para trabajar, para vivir y para cuidarla.
Raya: El principal desafío es que la desigualdad es estructural. Incluso en los lugares donde las leyes reconocen los derechos de las mujeres, el patriarcado sigue actuando a través de las instituciones, los mercados y las normas sociales. Las mujeres siguen enfrentando obstáculos para acceder al crédito, a la capacitación, a la participación política y a la protección contra la violencia. Los derechos a la tierra no pueden separarse de la justicia económica, la justicia social y la libertad frente a la violencia.
Al mismo tiempo, los movimientos feministas defienden las formas colectivas y comunitarias de propiedad de la tierra frente a la privatización y el acaparamiento corporativo. La igualdad no significa privatizar la tierra. Significa garantizar la plena participación de las mujeres en la toma de decisiones colectivas y en la gobernanza de los territorios. En contextos coloniales como el nuestro, estos desafíos son aún más profundos. Las mujeres resisten simultáneamente las barreras patriarcales y el despojo colonial. Para las mujeres palestinas, la lucha por la tierra es una lucha por la existencia y por el poder, y los movimientos feministas están transformando esa lucha en todo el mundo.
La Declaración sobre los Derechos de los Campesinos (UNDROP) reconoce derechos específicos relacionados con la tierra, el territorio, la participación y la no discriminación. Además, la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) declaró 2026 como el Año Internacional de las Mujeres Agricultoras. ¿Cómo estas herramientas pueden fortalecer concretamente la lucha de las mujeres rurales y presionar a los Estados para que promuevan reformas agrarias más inclusivas?
Perla: La Declaración de Derechos Campesinos es una herramienta poderosa, pero también es el resultado del pensamiento colectivo del movimiento campesino. Por eso, si bien parte de la realidad de exigir derechos, necesita retornar con un proceso de formación en las comunidades. Necesitamos trabajar de manera intensa ese proceso de apropiación de la herramienta, pues una vez que uno se apropia de ella, puede exigir al Estado políticas públicas diferenciadas, específicas para las mujeres, tal como lo garantiza esta declaración.
No se trata sólo de derechos de propiedad de la tierra. La UNDROP tiene una perspectiva de género: reconoce que hay una desigualdad muy grande entre hombres y mujeres en la distribución de responsabilidades de cuidado, pero también en el aporte a la economía familiar, comunitaria y estatal. El trabajo de las mujeres no cuenta en ninguna de esas economías. Reconociendo esa desigualdad estructural, esta herramienta viene a contribuir para buscar equilibrio, equidad y justicia para las mujeres.
La reforma agraria que garantiza la declaración es integral: no se trata solo de distribución o redistribución de tierra, sino de generar las condiciones para permanecer en el campo. La producción campesina es agroecológica, pero la transición agroecológica necesita financiamiento. Hay que recuperar la salud del suelo, y eso lleva un mínimo de tres años. Ese apoyo debe ser sostenido, digno y en términos de política pública, no de asistencialismo. Lo que pasa es que se diseñan políticas asistencialistas que generan dependencia y no autonomía. Y la UNDROP habla, en algunos de sus artículos, del derecho a la autonomía de las mujeres a decidir sobre sus propios cuerpos, sobre su producción, sobre su entorno.
Cuando hay conflictos de intereses, como el agronegocio, monocultivos y la minería, los proyectos que afectan al territorio necesariamente tienen que pasar por procesos de consulta, que deben establecer diferencias para verificar el impacto específico en las mujeres. No es el mismo impacto en las mujeres que en los hombres: primero afecta el cuerpo, y después aumenta el trabajo de cuidado, con enfermedades que tienen que ver con el hecho de ser mujer y con el rol que el patriarcado le ha otorgado históricamente.
La participación de las mujeres debe estar presente en la formulación, en la ejecución, en la evaluación y en el monitoreo de las políticas. También se necesita una asistencia técnica agroecológica con perspectiva de género y capacitación a los técnicos del gobierno.
Hay que reconocerse que la participación de las mujeres campesinas e indígenas no es fácil, por la sobrecarga de trabajos de cuidado que tienen, no sólo con las familias sino también con la comunidad. Eso implica generar espacios de participación en el territorio, en los horarios en que suelen hacerse las conversaciones. Eso puede ayudar a garantizar una política pública efectiva en el marco de la declaración.
El feminismo campesino y popular tiene una profunda matriz transformadora de la realidad. Reconoce que las desigualdades no son sólo de género, pero que hay un sistema económico que adopta el patriarcado para seguir sosteniendo las desigualdades y acumulando capital. Cuando nosotras nos definimos feministas, buscamos romper eso.

Esta entrevista se realizó en febrero de 2026, en español e inglés, durante la II Conferencia Internacional sobre Reforma Agraria y Desarrollo Rural (ICARRD+20), celebrada en Cartagena, Colombia.
