En 2026 se cumplen 30 años de la masacre de Eldorado dos Carajás, en el estado de Pará, en el norte de Brasil. El 17 de abril de 1996, la Policía Militar de Pará asesinó a 19 trabajadores rurales sin tierra y dejó a otras decenas de personas gravemente heridas. Estas personas marchaban por la carretera BR 155 (entonces PA 150), en el municipio de Eldorado dos Carajás, en lucha por el derecho a la tierra. El Movimiento de Trabajadores Rurales Sin Tierra (MST) y los movimientos campesinos internacionales siguen denunciando la impunidad de la masacre hasta el día de hoy. En memoria de esos trabajadores asesinados, La Vía Campesina declaró el 17 de abril como el Día Internacional de la Lucha Campesina.
Fue también en 1996 que La Vía Campesina presentó al mundo la soberanía alimentaria como propuesta política para hacer frente a las crisis sistémicas globales. Treinta años después, el principio de la soberanía alimentaria se ha fortalecido en las luchas territoriales y sigue marcando el horizonte de una transformación radical de la sociedad. Al mismo tiempo, el capital avanza sobre la naturaleza –la tierra, las aguas, los bosques, los minerales– y sobre quienes viven en ella y la cuidan. El estado de Pará sigue encabezando los rankings nacionales de conflictos de tierras, ambientales y de trabajo en condiciones de esclavitud.
En esta entrevista, la militante paraense Ayala Ferreira habla sobre memoria y lucha. Ayala se unió al Movimiento de Trabajadores Rurales Sin Tierra (MST) en 1999, durante su juventud. Trabajó en los sectores de formación y derechos humanos y hoy forma parte de la dirección nacional de la organización. Nos cuenta cómo la violencia en el campo sigue presente, con prácticas tanto antiguas como nuevas.
Ayala analiza la expansión de los agronegocios, la minería y los proyectos hidroeléctricos en los territorios campesinos y comunitarios tradicionales, pero también las resistencias de las mujeres sin tierra, que desempeñan un papel central en la construcción de la agroecología y la soberanía alimentaria.

En 2026 se cumplen 30 años de la masacre de Eldorado dos Carajás. ¿Cómo repercute hoy ese recuerdo en el MST?
Esta masacre marcó el asesinato de 19 trabajadores rurales sin tierra en una acción coordinada y ejecutada por el gobierno del estado de Pará, que ordenó a la Policía Militar que utilizara todos los medios a su alcance para desbloquear la carretera PA 150, hoy BR 155. Además de las personas asesinadas aquella tarde del 17 de abril de 1996, otras decenas resultaron gravemente heridas y hasta hoy sufren las secuelas debido a las esquirlas de balas en sus cuerpos.
Al recordar esa fecha, nos invaden los más diversos sentimientos: el dolor por quienes perdieron la vida en la lucha, la indignación por quienes quedaron abandonados por el Estado y por seguir sin una política de reforma agraria en Brasil y, claro, la esperanza de hacer avanzar la lucha cuando vemos que cada vez más trabajadores y trabajadoras siguen construyendo la resistencia.
Ese sentimiento de esperanza y justicia es lo que impulsa nuestra organización y nuestra movilización. El 17 de abril se celebra el Día Nacional de la Reforma Agraria y el Día Internacional de la Lucha Campesina. La mejor forma de conmemorar estos eventos es seguir organizando a los trabajadores y trabajadoras rurales sin tierra, con ocupaciones, vigilias, marchas, siembra de plántulas en homenaje a los y las mártires de la lucha por la tierra, y con actos políticos y ecuménicos en las ciudades. Todo esto sirve para promover el debate sobre la importancia de la reforma agraria y para denunciar la impunidad y la omisión del Estado brasileño, que hasta el día de hoy sigue ejerciendo otras formas de violencia contra quienes se organizan y luchan por sus derechos.
¿Cómo describiría la situación actual de los conflictos por la tierra en Pará? ¿Qué ha cambiado y qué sigue igual en los últimos 30 años?
Lamentablemente, seguimos hablando de un país con una de las mayores concentraciones de tierras del mundo. Hay demasiada tierra para muy poca gente y demasiada gente sin tierra. Las familias sin tierra ven en la organización y en la lucha por el derecho al acceso a la tierra la única forma de romper con esta realidad de concentración extrema. Y las respuestas que da el Estado brasileño, el principal aliado de los latifundios, son el uso de la violencia en todas sus formas: amenazas, criminalización, tortura y asesinatos.
Lamentablemente, Pará encabeza el ranking de violencia en el campo: en primer lugar, por los conflictos por la tierra, seguidos de los conflictos ambientales y la falta de condiciones laborales dignas, en las que los trabajadores se enfrentan a trabajos análogos a la esclavitud. Podemos afirmar que la violencia no ha desaparecido, sino que sigue operando mediante viejas y nuevas prácticas de dominación por parte de los latifundios y el agronegocio.
¿Cuáles son las principales fuerzas que ejercen presión sobre los territorios en el estado de Pará y cómo esto afecta la vida de las familias y las comunidades?
El capital avanza en el campo mediante lo que denominamos “agro-minero-hidro-negocios”. El capital necesita cada vez más apropiarse y privatizar los bienes de la naturaleza: la tierra, el agua, los bosques, los minerales e incluso el aire, en lo que respecta al mercado del carbono. Estos bienes de la naturaleza se encuentran en los territorios campesinos, de las comunidades tradicionales y en áreas protegidas que pertenecen a todo el pueblo brasileño y están bajo la responsabilidad del Estado.
Nuestra interpretación es que la lucha por el control de los bienes de la naturaleza se ha intensificado porque el sistema está en crisis. Las élites han encontrado la forma de seguir acumulando riqueza mediante la mercantilización de la naturaleza. Para ello, se ha puesto en marcha todo un mecanismo destinado a fragilizar los territorios y facilitar los procesos de privatización. Empresas, fundaciones y agentes estatales recurren a diversos mecanismos, como la cooptación, las divisiones entre los miembros de las comunidades, el discurso de que los proyectos traerán progreso y desarrollo para todos, la criminalización mediante acciones judiciales, las amenazas y la desaparición forzada de líderes comunitarios, entre otros. Todo esto demuestra que derechos como la libre consulta, los derechos de la naturaleza y los derechos de las personas que tienen otra relación con la naturaleza no tienen valor para los operadores del capital.
¿Cómo actúan las mujeres del MST en la defensa de sus territorios y en la construcción de alternativas, especialmente en lo que respecta a la agroecología y la soberanía alimentaria?
Las mujeres del MST siempre han buscado construir acciones que les permitan reconocerse a sí mismas y ser reconocidas por la colectividad como sujetos. Su praxis ha sido decisiva para fortalecer las comunidades de los campamentos y asentamientos y, en consecuencia, para contribuir a la propia organización del MST, que se construye desde los territorios.
¿Qué quiero decir con esto? Que las mujeres somos referentes en la producción agrícola diversa y saludable. Me atrevo a decir que, en muchos territorios, fuimos pioneras en el debate y la práctica de la agroecología, pero también en frentes como la educación, la salud y la cultura. Luchamos en igualdad de condiciones para avanzar en la constitución de los órganos directivos de asociaciones y cooperativas y así tener control sobre las relaciones de procesamiento y comercialización de los productos agrícolas. Las mujeres somos mayoría en la dirección del MST, y esto lo logramos nosotras. Aun así, seguimos enfrentándonos al desafío de romper otras cadenas que pesan sobre nuestro entorno y sobre la sociedad como un todo: las cadenas del machismo y del patriarcado, que a veces nos permiten estar presentes en los espacios públicos, pero solo como una representación, y no tal y como realmente deseamos actuar.
Por todo ello, las jornadas de las mujeres sin tierra han cobrado gran relevancia en nuestro entorno. Es nuestra forma de decir que no basta con luchar contra los latifundios y el agronegocio, ni con conseguir asentamientos de reforma agraria. Hay que ir más allá y construir una nueva sociedad, basada en relaciones sin violencia, sanas y verdaderamente emancipadas.
