Reforma agraria integral, popular y feminista: la lucha de las mujeres por el territorio y por la vida

18/03/2026 |

Sarah Luiza de Souza Moreira

Sarah Luiza Moreira, de la MMM Brasil, habla sobre el papel de las mujeres en la lucha por la reforma agraria

Vivimos un tiempo de múltiples crisis que se superponen y se alimentan entre sí. El imperialismo avanza, el conservadurismo se reorganiza, el racismo y el machismo se intensifican. En este contexto, son nuestros derechos, nuestros cuerpos y nuestros territorios los que están en la primera línea del ataque. Las transnacionales, en alianza con gobiernos neoliberales, actualizan una lógica extractivista que destruye nuestros bienes comunes, amenaza nuestros sistemas agroalimentarios y nos expulsa de los lugares donde vivimos, producimos y cuidamos la vida. Aun así, seguimos firmes, organizadas y en lucha.

Somos nosotras, las mujeres campesinas, indígenas, negras, quilombolas1  Los quilombolas son residentes de quilombos, comunidades de resistencia y refugio originalmente creadas por personas negras esclavizadas durante la época colonial en Brasil., pescadoras, pastoralistas y agricultoras familiares quienes estamos en la primera línea de la defensa de los territorios. Somos nosotras quienes alimentamos a los pueblos, preservamos la biodiversidad, cuidamos la vida humana y no humana y construimos la agroecología en el día a día. Representamos cerca del 40% de la fuerza de trabajo agrícola mundial, pero poseemos apenas el 15% de la propiedad de la tierra. En muchos países, ni siquiera tenemos el derecho de tener la tierra en nuestro nombre.

Esto es resultado de un sistema que combina capitalismo, patriarcado, racismo y colonialismo. Un sistema que nos mantiene en la base de todo, produciendo, cuidando y sosteniendo, sin que nuestra contribución sea reconocida, valorada o recompensada. Por eso, cuando hablamos de reforma agraria, hablamos de mucho más que de la lógica de redistribución de la tierra. Hablamos de un proyecto político de transformación de la sociedad.

La reforma agraria que exigimos

Nuestra visión se ha construido colectivamente como Marcha Mundial de las Mujeres, en alianza con La Vía Campesina, con Amigos de la Tierra y con los movimientos populares que luchan por un mundo socialista, feminista y agroecológico. Esta es una visión viva, construida en el diálogo entre mujeres diversas, de distintos biomas, regiones, prácticas y saberes. Decimos juntas: la reforma agraria que exigimos debe ser popular, integral y feminista.

Popular porque debe escuchar e incluir a todos los pueblos en su diversidad. Las pescadoras y las pastoralistas tienen tanto que decir como las campesinas. Las mujeres indígenas y las quilombolas, negras y afrodescendientes aportan saberes ancestrales y prácticas innovadoras que deben ser reconocidas, no borradas. La reforma agraria popular no es aquella que llega desde arriba hacia abajo con respuestas prefabricadas. Nace del diálogo real con quienes viven en los territorios.

Integral porque la tierra por sí sola no basta. Necesitamos soberanía alimentaria, agroecología y justicia social, ambiental y climática. La reforma agraria integral es un proceso de democratización del acceso a la tierra que está profundamente ligado a la forma en que producimos, cómo nos alimentamos y cómo nos relacionamos con la naturaleza. También incorpora el reconocimiento de nuestra ecodependencia, reconociendo que somos naturaleza. Este cambio de perspectiva es una parte fundamental de la transformación que queremos.

Feminista porque, sin feminismo, la reforma agraria está incompleta. La economía feminista nos ofrece una visión más amplia del trabajo: reconoce y valora los trabajos domésticos y de cuidados, cuestiona la división sexual y racial del trabajo y enfrenta la sobrecarga que recae sobre los cuerpos de las mujeres. También nos ayuda a comprender que los cuidados no pueden ser responsabilidad exclusiva de las mujeres. La cocina, espacio central para la soberanía alimentaria, debe ser de todas las personas.

Lo que queremos decir con feminismo popular

Cuando afirmamos que nuestra lucha es feminista, estamos hablando de un feminismo popular, anticapitalista, antirracista, anti-LGBTfóbico e internacionalista. Un feminismo que reconoce que no somos una sola mujer: somos diversas. Tenemos diferentes razas, colores, cuerpos, orientaciones sexuales, edades y provenimos de múltiples regiones y territorios.

Este feminismo entiende que luchar contra el patriarcado no es tarea únicamente de las mujeres. Es una lucha de todas las personas y de todos los pueblos. Por eso exigimos que todos nuestros espacios -sean de producción, de abastecimiento, de comercialización o de decisión política- sean espacios de respeto, de inclusión efectiva, sin violencia ni acoso, con un verdadero compartir de las responsabilidades.

La reforma agraria feminista significa que las mujeres deben estar presentes y con poder real en todos los sectores. La contribución de las mujeres no se limita a las acciones consideradas “sociales” o de cuidado, sino también a la producción, la comercialización y los espacios de decisión. Esto implica la defensa de la titularidad conjunta de la tierra y la priorización del acceso para las mujeres, incluyendo el reconocimiento de las parejas del mismo sexo. También implica asistencia técnica agroecológica específica, crédito y apoyo productivo para mujeres asentadas, agricultoras familiares, campesinas, indígenas y quilombolas.

Lo que hemos aprendido de la lucha

La historia nos enseña que los derechos se conquistan en la lucha colectiva. En Brasil, algunos ejemplos son el Abril Rojo, del Movimiento de los Trabajadores Rurales Sin Tierra (MST), el Grito de la Tierra y la Marcha de las Margaridas, de la Confederación Nacional de los Trabajadores en la Agricultura (Contag). La acción histórica de las mujeres del Movimiento de Mujeres Campesinas (MMC) y de La Vía Campesina contra el desierto verde y la empresa Aracruz Celulose, que cumplió veinte años, también es notable. Estos momentos de lucha nos muestran que, a partir de la organización popular y de las acciones de masas, conquistamos la creación de políticas públicas.

También hemos aprendido que los espacios de participación y control social son fundamentales. Queremos ayudar a construir las políticas públicas para el campo, las aguas y los bosques. Por eso necesitamos fortalecer instancias como el Consejo Nacional de Desarrollo Rural Sostenible y Solidario (Condraf), el Consejo Nacional de Seguridad Alimentaria y Nutricional (Consea) y la Comisión Nacional de Agroecología y Producción Orgánica (Cnapo). Debemos exigir que las estadísticas nacionales presenten datos desagregados por género, raza, generación y diversidad. Sin esto, ni siquiera podemos ver las desigualdades, y mucho menos enfrentarlas.

La reforma agraria es territorial e internacionalista

No podemos hablar de reforma agraria sin hablar de territorio. Para los pueblos pescadores no existe separación entre tierra y agua. Para los pueblos indígenas y pastoralistas, los territorios incluyen bosques, ríos, manglares y rutas de pastoreo. Estos son espacios de vida, de gobernanza colectiva y de derechos. La reforma agraria, por lo tanto, es una reforma territorial.

Esta lucha es internacionalista. Porque la concentración de la tierra y la violencia en los territorios son fenómenos globales. Porque las mujeres rurales son quienes menos documentos de titularidad poseen en todo el mundo. Porque el agronegocio y las transnacionales no respetan fronteras. Por eso nuestra solidaridad también debe trascenderlas.

La Conferencia Internacional sobre Reforma Agraria y Desarrollo Rural (CIRADR+20), realizada en Cartagena en febrero de 2026, fue un momento importante de encuentro entre los movimientos. Salimos de allí con la reafirmación de nuestra unidad y con la claridad de que no aceptamos retrocesos en los derechos ya conquistados. No aceptamos la dilución de los derechos de los pueblos indígenas bajo el concepto vago de “comunidades locales”, ni ninguna declaración que no coloque la soberanía alimentaria, la agroecología y los derechos de las mujeres en el centro de la reforma agraria.

Seguiremos en marcha

Compañeras, el feminismo anticapitalista e internacionalista que construimos nos dice que otro mundo no es solo posible: las mujeres rurales ya lo están construyendo. En los huertos productivos, en las semillas preservadas, en las ferias agroecológicas, en las ocupaciones, en las marchas, en los consejos y en las asambleas. No estamos esperando que la tierra llegue. Estamos luchando por ella colectivamente, políticamente, en articulación con todos los movimientos y luchas de los pueblos del campo, del bosque y de las aguas.

Por eso seguimos diciendo, juntas: el territorio no es mercancía. La tierra no es para la especulación. Las mujeres no son mano de obra descartable. Marchamos contra la explotación capitalista y la violencia patriarcal. Marchamos por derechos colectivos a la tierra, soberanía alimentaria y una economía feminista centrada en la vida. ¡Reforma agraria integral, popular y feminista, ya!


Sarah Luiza de Souza Moreira es militante de la Marcha Mundial de las Mujeres en Brasil e integra la Articulación Nacional de Agroecología (ANA).

Traducido por Aline Lopes Murillo

Artículos relacionados