“Ninguna de nosotras será libre mientras Palestina no sea libre.” “No hay paz sin Palestina libre.” Son frases que muchas de nosotras hemos oído innumerables veces. Las hemos visto en pancartas, en las redes sociales, en las paredes de las universidades y en carteles durante las protestas. Muchas de nosotras las repetimos en multitudes, a veces con pasión, a veces casi de forma automática, porque simplemente forman parte de nuestro lenguaje de protesta.
Pero los eslóganes pueden convertirse fácilmente en frases corrientes. Las palabras que se repiten una y otra vez pueden perder fuerza si no reflexionamos de verdad sobre lo que significan. Durante mucho tiempo, escuché esas frases de la misma manera que las escuchan muchas personas. Las comprendía intelectualmente. Coincidía con ellas. Pero no puedo decir con toda sinceridad que entendiera plenamente su significado. Entonces ocurrió algo que cambió mi forma de entender esas palabras.
La guerra llegó a mi propio país, Irán. De repente, las imágenes que solíamos ver en pantallas lejanas empezaron a aparecer a nuestro alrededor. El sonido de las explosiones dejó de ser algo que solo aparecía en las noticias. El miedo y la incertidumbre que antes asociábamos con otros lugares pasaron a formar parte de nuestra realidad cotidiana. En esos momentos, el significado de esos eslóganes se me hizo más claro que nunca.
Durante los ataques, muchos lugares que nunca deberían haber sido blanco se convirtieron precisamente en eso. Atacaron escuelas, incluida una en Minab. Bombardearon hospitales, como el Hospital Gandhi en Teherán. Atacaron oficinas de prensa en ciudades como Sanandaj y Bandar Abbas. Dañaron o destruyeron edificios residenciales, hogares donde familias comunes vivían su vida cotidiana.
No se trataba de objetivos militares. En esos lugares la gente estudiaba, recibía atención médica, trabajaba y vivía.
También están las consecuencias ambientales. Uno de los momentos más aterradores se produjo cuando bombardearon el depósito de petróleo de Shahran. El incendio fue tan intenso que el cielo nocturno brillaba como si fuera de día. Las llamas y el humo lo invadieron todo. Cuando el fuego finalmente amainó, la mañana siguiente parecía extrañamente oscura bajo el denso humo que cubría el cielo. La destrucción no se limitaba a los edificios ni a la infraestructura. Afectaba al aire que respiran las personas, al entorno del que dependen y al futuro que las comunidades esperan construir.
Hace unos días vi una fotografía que no puedo olvidar. Mostraba el pequeño pie de un bebé atrapado bajo los escombros: solo un piececito cubierto de polvo que sobresalía entre el hormigón destrozado. Esa imagen me recordó a muchas otras que ya había visto, tomadas en Gaza. Desde hace años, personas de todo el mundo ven imágenes similares procedentes de Gaza: niños bajo los escombros, familias buscando entre los restos, barrios reducidos a ruinas. Muchas personas manifestaron su solidaridad, muchas compartieron esas imágenes en las redes sociales. Pero para algunas, eso seguía siendo algo lejano, una tragedia que ocurría en otro lugar.
Algunos creían que Palestina era solo una cuestión regional. Había quien pensaba que se trataba simplemente de un conflicto entre dos bandos, limitado a un territorio concreto. Otros lo veían como un problema político complejo con el que no tenían nada que ver. Pero cuando uno empieza a ver las mismas escenas cerca de su propia casa, algo cambia en la forma de entenderlas.
Te das cuenta de que el sufrimiento de los civiles en un lugar no está aislado del resto del mundo.
La destrucción de casas, hospitales y escuelas no es una tragedia que solo afecta a un país. Se trata de un esquema más amplio de cómo se libran y se justifican las guerras. Lo que se hace en un lugar puede sentar un precedente para que se haga lo mismo en otros. La historia lo ha demostrado una y otra vez.
Todavía recordamos las excusas que se usaron antes de la guerra de Irak. Se hicieron afirmaciones sobre armas que nunca se encontraron. Se inventaron historias para convencer al mundo de que la guerra era necesaria. Las consecuencias de esa guerra siguen marcando la región hasta el día de hoy. Cuando se cometen actos de esa clase sin rendir cuentas, lo que nos están diciendo es que pueden volver a repetirse.
Hace unos meses también se produjo un ataque contra Catar, que se justificó por la supuesta presencia de ciertos grupos. Estemos o no de acuerdo con esas acusaciones, la pregunta sigue siendo la misma: ¿quién puede garantizar que no se utilizarán argumentos similares en otras partes? Una vez que se amplían los límites de lo que se considera aceptable, rara vez se vuelve al estado anterior.
Así que la idea de que “ninguna de nosotras será libre mientras Palestina no sea libre” tiene un significado mucho más profundo de lo que parece a primera vista. No se trata solo de una afirmación sobre un territorio o un pueblo. También es una advertencia sobre un sistema de poder en el que ciertas vidas se consideran desechables y ciertos lugares se consideran espacios donde la destrucción es aceptable.
Si los bombardeos contra hospitales, escuelas y barrios residenciales se convierten en algo habitual en cualquier lugar, se establece un precedente peligroso para todos. Y cuando se ignora o se minimiza el sufrimiento de los civiles en una región, es más fácil que se produzcan sufrimientos similares en otros contextos.
Hoy, mucha gente en Irán experimenta los mismos miedos que la gente de Gaza y el Líbano conoce desde hace años: el miedo a las explosiones repentinas, la incertidumbre de si los edificios seguirán en pie mañana, la ansiedad de las familias cuando sus seres queridos están fuera de casa. Los papás y las mamás se preocupan por sus hijos cuando van a la escuela. Los trabajadores se preguntan si su lugar de trabajo seguirá existiendo. Las familias se preguntan si los hospitales podrán atender a los heridos. Estas no son cuestiones geopolíticas abstractas. Son realidades humanas.
La guerra no solo destruye edificios. Destruye la sensación de seguridad y cambia por completo la vida cotidiana de la gente común.
Otra contradicción que mucha gente nota está en el lenguaje que usan los gobiernos poderosos. Estados Unidos, por ejemplo, suele hablar con vehemencia sobre la defensa de los derechos humanos y los derechos de las mujeres. Sin embargo, en muchas de las guerras y ataques que están pasando en esta región, las víctimas son en su mayoría civiles: mujeres, niños y personas mayores que no tienen nada que ver con las decisiones políticas ni con las operaciones militares. Su sufrimiento nos obliga a hacernos preguntas difíciles sobre la coherencia, la rendición de cuentas y el verdadero significado de los valores que los gobiernos dicen defender.
Cuando observamos estos patrones en diferentes conflictos, queda claro que estas cuestiones están interrelacionadas. Las luchas de los pueblos de Palestina, Líbano, Irán, Irak y tantos otros lugares no se pueden entender de forma aislada. Forman parte de un sistema global de alianzas, dinámicas de poder, estrategias militares y narrativas políticas.
Entender esa interconexión fue lo que les dio un nuevo significado a esos eslóganes para mí. “Ninguna de nosotras será libre mientras Palestina no sea libre” no es solo una frase de solidaridad. Significa reconocer que las injusticias que se toleran en un lugar pueden, con el tiempo, afectar a muchas otras personas. Significa comprender que la seguridad y la dignidad de la población civil no deberían depender de la geografía, la nacionalidad o las alianzas políticas. Significa recordar que, detrás de cada titular, cada estadística y cada debate político, hay vidas humanas: vidas que desean lo mismo que cualquier persona en cualquier lugar: seguridad, dignidad y un futuro para sus hijos.
Quizás el verdadero reto para todas nosotras no sea simplemente repetir palabras poderosas, sino reflexionar cuidadosamente sobre lo que nos piden. Nos piden atención. Nos piden empatía. Nos piden que reconozcamos la humanidad de personas cuyas experiencias pueden parecer muy diferentes a las nuestras.
Cuando realmente entendemos esa conexión, esos eslóganes dejan de ser solo palabras. Se transforman en un recordatorio de que el mundo está más interconectado de lo que solemos reconocer, y de que el sufrimiento de cualquier comunidad debería preocuparnos a todas. Si la injusticia se vuelve aceptable en algún lugar, rara vez se queda ahí. Y si la paz debe significar algo real, no puede ser selectiva. Tiene que valer para todas las personas.

Elham Abedini es investigadora y escritora y vive en Irán. Este artículo es una versión editada de su intervención en el seminario web internacional “Voices from the War on Land Day” (Voces de la guerra en el Día de la Tierra), organizado por la Marcha Mundial de las Mujeres el 30 de marzo de 2026, Día de la Tierra Palestina.
