Elecciones en Brasil: las mujeres en defensa de la soberanía

12/10/2026 |

Lourdes A. Simões

Lourdes Simões, de la Marcha Mundial de las Mujeres de Brasil, hace un análisis del gobierno de Lula y de lo que está en juego para las mujeres en la segunda vuelta

El 4 de octubre de 2026, las y los brasileños acudieron a las urnas para la primera vuelta de las elecciones generales en las que se eligen al presidente, a los gobernadores, a los senadores y a los diputados. La extrema derecha obtuvo un resultado significativo. Flávio Bolsonaro, senador e hijo del expresidente Jair Bolsonaro, quedó en primer lugar, con el 47 % de los votos válidos, frente al 45 % de Lula. El Partido Liberal (PL), partido de la familia Bolsonaro, eligió a 121 diputados federales —la mayor bancada de un solo partido desde la Constitución de 1988— y contará con 29 senadores a partir de 2027. En São Paulo, el gobernador Tarcísio de Freitas, aliado de Bolsonaro, fue reelegido en la primera vuelta. Lula y Flávio volverán a enfrentarse en la segunda vuelta, que se celebrará el 25 de octubre. Para entender lo que está en juego, publicamos este texto de Lourdes Simões, de la Marcha Mundial de las Mujeres en Brasil. Lourdes hace un recorrido histórico y analiza los acontecimientos que ha vivido el país desde 2016.

Pasamos por un proceso de desmantelamiento entre los años 2016 y 2022. Comenzó con Michel Temer, quien asumió la presidencia tras el golpe que destituyó a la presidenta Dilma Rousseff de su cargo en 2016, y de inmediato comenzó a implementar reformas estructurales, como la reforma de las pensiones y la reforma laboral. El 8 de marzo de 2017, nuestro lema en las calles era la defensa del sistema de seguridad social, en contra de la reforma de las pensiones. Su estrategia consistía en allanar el camino para que el Estado brasileño implementara los cambios que garantizarían el futuro.

La estrategia del gobierno de Bolsonaro no se limitó a generar retrocesos puntuales y momentáneos: fue concebida con miras al futuro. En Brasil, mediante las llamadas “emendas parlamentares”, los congresistas pueden asignar recursos presupuestarios extra para obras y servicios en sus respectivas circunscripciones electorales. Desde 2015, una parte cada vez mayor de estos recursos se ha hecho obligatoria: el Ejecutivo está obligado a concederlos.

En el gobierno de Bolsonaro, esto se agravó con el presupuesto secreto, un mecanismo que distribuía miles de millones de reales a parlamentarios aliados sin transparencia sobre quién asignaba los recursos ni a dónde se destinaban. El Supremo Tribunal Federal (STF) declaró inconstitucional el presupuesto secreto a finales de 2022, pero el poder del Congreso sobre el presupuesto se mantuvo. Fue un canto de sirena al que muchos de la izquierda también sucumbieron, y hoy Brasil vive una paradoja. Estos recursos extra ya representan cerca de una cuarta parte de los recursos que el gobierno puede utilizar libremente, y no existe ningún vínculo entre ellos y la planificación del Ejecutivo.

En el gobierno de Lula, se ha cuestionado y criticado este modelo. Hay intentos de crear algún protocolo que vincule los recursos extra (las emendas) con las prioridades del gobierno, pero siguen siendo muy independientes. Por eso, los retos de hoy son mucho mayores que en el pasado. No se trata solo de una disputa de ideas: hay un presupuesto institucionalizado en el Congreso que da viabilidad a los ideales defendidos por sus diputados. Mediante esos recursos los parlamentarios llevan fondos a sus bases y llegan a las elecciones con ventaja. No es casualidad que la extrema derecha haya avanzado en estas elecciones, logrando más escaños en el Senado y la Cámara de Diputados. La última trinchera, en este momento, es la segunda vuelta de las elecciones presidenciales.

Desde 2023 hasta ahora, hemos vivido un proceso de reconstrucción bastante complicado. No fue sino hasta febrero de 2023 que el presidente Lula logró promulgar el decreto que reorganizó los ministerios. Todo había sido desmantelado. Bolsonaro no necesitaba una estructura organizada, porque contaba con un poder paralelo junto al Congreso, sobre todo con el llamado “Centrão”, un bloque de partidos que suele apoyar al gobierno de turno a cambio de cargos y recursos: con el presupuesto extra de las emendas, podía hacer lo que quisiera.

Bolsonaro desorganizó los ministerios y puso a militares al frente de los que quedaron. Fue una toma de control sin precedentes en la historia, una destrucción de todo lo que teníamos. Hablamos mucho de políticas públicas, pero estas son ejecutadas por las instituciones, y fueron precisamente las instituciones las que él desmanteló.

Lo que logramos hacer avanzar en este último período del gobierno de Lula fue la reconstrucción. Pero fue una reconstrucción muy lenta. Reanudamos las políticas, pero no partimos de donde estábamos en 2014 y 2015. Cuando la comisión de transición hizo un balance de lo que había sucedido, sentimos desesperación. Nos dimos cuenta de que no bastaba con retomar una política: para ejecutar cualquier política, se necesitan condiciones objetivas. Y eso es mucho más difícil, porque exigió recomponer toda la estructura.

Se restableció el Ministerio de las Mujeres, antigua Secretaría de Políticas Públicas para las Mujeres (SPM), y se crearon los ministerios de Igualdad Racial y de los Pueblos Indígenas, porque así es el pueblo brasileño. El gobierno necesita reflejar la imagen del pueblo brasileño, y esto no era así. Hemos reconstruido ministerios y políticas importantes en salud, educación, asistencia social, medio ambiente y en todos los ámbitos, sobre todo para las mujeres. Esta perspectiva no le interesa a la ultraderecha, que defiende los intereses del capital, del mercado y de las grandes corporaciones.

Las conquistas y las luchas de las mujeres en el gobierno de Lula

Las elecciones de 2022 se caracterizaron por una polarización muy marcada en torno a las mujeres. La idea de que las mujeres pueden ganar menos que los hombres y de que los hombres son los jefes del hogar, la violencia, la violación, la forma en que Bolsonaro trató a las mujeres: todo eso tuvo un gran impacto en esas elecciones e hizo que el 53 % de los votos de Lula fueran de mujeres.

Las políticas implementadas fueron acertadas: la igualdad salarial, la Política Nacional de Cuidados y el trabajo conjunto con el sector de la salud para hacer frente a la violencia y las enfermedades que afectan a las mujeres. La reconstitución de la participación social y de la presencia de la sociedad civil en el gobierno también fue muy intensa. Se reestructuraron los consejos, se creó el consejo de participación social y se abrió un diálogo con la sociedad civil organizada e incluso con grupos que no están organizados.

En este punto cabe una crítica muy real. Con la victoria de Lula en 2022, la capacidad de articulación del movimiento social en su conjunto —incluido, en cierta medida, el movimiento de mujeres— se fortaleció. Las centrales sindicales crearon su propio foro y comenzaron a dialogar entre sí, al igual que los frentes. Pero faltó un elemento fuerte de coordinación, ya que se generalizó la sensación de que, tras la victoria, el gobierno lo resolvería todo. Eso no es cierto. La presión popular es fundamental.

Las mujeres tenemos una particularidad: nos mantenemos más articuladas entre nosotras porque contamos con un calendario de lucha activo que nos mantiene movilizadas más allá de las agendas que van surgiendo. De 2023 a 2026, cada vez que fue necesario salir a las calles, las mujeres lo hicieron. Un ejemplo fue la campaña «Niñas, no madres», un momento de intenso activismo. Otro es la lucha actual contra el feminicidio.

Las mujeres siempre estuvimos en primera línea y seguimos estándolo. Seguimos luchando con mucha fuerza, aunque de manera fragmentada. Los movimientos no han dejado de luchar, pero la fuerza de la lucha depende de que nos unamos, de que nos unifiquemos. Solo será posible avanzar con mucha más organización, coordinación y fuerza que en el pasado, porque la crisis en Brasil se ha agudizado.

¿Qué está en juego para la vida de las mujeres?

Lo que está en juego en estas elecciones es si volveremos a ver el mismo proceso de retroceso, pero con mucha más intensidad. De 2016 a 2022 hubo un desmantelamiento, y creo que se repetirá, de manera aún más intensa, si Lula no gana la segunda vuelta.

Las elecciones brasileñas no solo conciernen a Brasil, sino al resto del mundo, porque la soberanía es el tema central. Quienes defendemos un Brasil soberano somos nosotros. El otro bando, la extrema derecha, no defiende la soberanía, sino todo lo contrario. La recolonización de América está en la agenda, y eso es lo que busca Trump.

El petróleo, además de otros minerales críticos, vuelve a ser el ojo del huracán en la disputa geopolítica internacional: quién tiene el poder sobre esos recursos. Las grandes disputas giran en torno a eso, y es por eso, entre otros argumentos, que decimos que Estados Unidos tiene los ojos puestos en Brasil. Lo que está en juego en el debate sobre la soberanía es qué país queremos ser en el futuro.

Para las mujeres, esto tiene aún más peso, porque sabemos que, ante cada retroceso, de cualquier naturaleza, somos las primeras en pagar el precio. Y, entre nosotras, las mujeres negras son las primeras, como se vio durante la pandemia.

A pesar de la victoria en la segunda vuelta, la situación sigue siendo compleja, debido a la falta de apoyo a Lula en el Congreso y a la necesidad de restablecer los vínculos entre nosotros y el diálogo con las mujeres. Estas elecciones han demostrado que estamos teniendo dificultades para escuchar las demandas de las mujeres, y, para dialogar, primero hay que escuchar.

La Política Nacional de Cuidados tiene ese potencial, porque se centra precisamente en lo que más importa a las mujeres: la sustentabilidad de la vida. Somos quienes hacemos ese trabajo, que es el más pesado. La división sexual del trabajo es la base de la explotación capitalista.

El reto es avanzar, y avanzar aún más. En el ámbito del cuidado, por ejemplo, una política que debe ser universal es la de los centros de educación infantil y la educación básica, porque eso es lo que puede dar autonomía a las mujeres y aliviar la carga que soportan. Con el fin de la jornada laboral de 6×1, sin reducción salarial y con una reducción de las horas de trabajo, esto les daría a las mujeres más tiempo para sí mismas: para reflexionar sobre el cotidiano, soñar con otras posibilidades, estudiar, organizar su vida y estar con sus seres queridos. Los centros de educación infantil son un derecho de las infancias, pero también dan más autonomía a las mujeres. Las mujeres pueden romper los ciclos de violencia cuando cuentan con las condiciones para hacerlo.

Cómo se organizan las mujeres de cara a la segunda vuelta

Hablo aquí desde la experiencia del territorio. En São Paulo, la articulación de las mujeres en este estado ganó un gran impulso con la Conferencia Nacional de Mujeres, el año pasado. Además del 8 de marzo, una fecha en la que nos organizamos y nos reunimos, contamos con otras jornadas nacionales, como el 25 de noviembre, el 28 de septiembre y el “Julio de las Negras”. Esta agenda nos ayuda a mantener la articulación.

La conferencia del año pasado fue muy intensa. Se dialogó con más de 250.000 mujeres en todo Brasil y se reunieron más de 5.000 en el encuentro nacional. Esto fortaleció la articulación en los estados y en los municipios, porque fue un proceso de construcción desde abajo hacia arriba.

Esta articulación se mantuvo, impulsada por las agendas del año y por la de la conferencia, en agosto. En ese proceso, identificamos y hicimos frente a las políticas locales que niegan los derechos de las mujeres y fuimos creando alternativas. Eso fue lo que pasó en São Paulo: la idea de denunciar a Tarcísio como enemigo de las mujeres surgió cuando tuvimos que luchar para garantizar que se llevara a cabo la conferencia estatal.

En Río Grande del Sur, las mujeres también tuvieron que presionar al gobierno para que se celebrara la conferencia. En otros estados hubo enfrentamientos similares, sobre todo por parte de las mujeres de la sociedad civil, para garantizar las conferencias y la infraestructura necesaria para participar en la Conferencia Nacional.


 Este proceso tiene un carácter metodológico: enseña cómo enfrentar a un Estado que quiere negar los derechos. Y eso potencia la lucha. Está la lucha directa, pero también están las luchas en el marco de la institucionalidad, cuando las hacemos bien.

Ahora, en la segunda vuelta, el Frente Mujeres con Lula, que ya cuenta con una red de coordinación a nivel nacional, debe intensificar la movilización y organizar acciones que lleguen a las mujeres a las que aún no hemos llegado. Esta coordinación se ha fortalecido gracias al encuentro nacional del PT, a las alianzas con otros partidos de izquierda y a los propios movimientos sociales.

El Brasil que queremos

Queremos un Brasil que avance en la reducción de la desigualdad, porque no hay forma de ampliar los derechos de las mujeres sin reducir la desigualdad. No hay forma.
 No hay forma de distribuir los ingresos sin gravar a los que están más arriba, sin gravar a los superricos, sin cambiar el Banco Central. Necesitamos avanzar para que las personas tengan más derechos, pero hay que hacerles entender, en un proceso de diálogo democrático, qué es lo que estamos haciendo.

Hemos creado miles de políticas de inclusión en este país: en materia de presupuesto, salud, educación, vivienda y muchas otras áreas. Aun así, tenemos tareas económicas pendientes, y una de ellas es la reforma agraria.

Esas políticas han llegado a un cierto número de personas, pero ellas no se dan cuenta de que se les ha beneficiado porque hubo un cambio de gobierno. Es necesario avanzar más en las políticas de inclusión y de derechos para las mujeres, los pueblos originarios, las comunidades tradicionales, las personas negras y la comunidad LGBT. Pero con otra perspectiva: no se trata de darles algo a estas personas. Esa idea de darles algo es un desastre. Se trata de incluirlas, y ellas tienen un papel importante para mantener esa inclusión.

La política debe ser sinónimo de conquista para quienes han participado en ella, a fin de generar un sentimiento de pertenencia y la disposición a defenderla. Hoy en día, no tenemos ese sentimiento de pertenencia respecto a las políticas, ni las defendemos como una conquista propia.

Por eso, uno de los desafíos para el Brasil que queremos es la forma en que nos comunicamos con la gente. La comunicación cuadrada y estereotipada ya no funciona. Hoy en día existen otros canales, y hay que llegar a la gente de otra manera. La ultraderecha gana precisamente en la comunicación, porque su discurso es más sencillo: es el discurso del no, de la contradicción, de la acusación. No hizo esto, no hizo aquello. Defender lo que se ha hecho es más difícil.

Tenemos que repensar nuestra comunicación para avanzar hacia el Brasil que queremos: con más derechos, más calidad de vida, menos desigualdad, más soberanía y más democracia. Todo esto fortalece la democracia, siempre y cuando las personas se sientan parte del proceso, y no meros actores secundarios. La defensa de los derechos tiene mucho que ver con el proceso que se construye para garantizarlos. Nada se nos da, todo se conquista.

Lourdes A. Simões (Lourdinha) es militante de la Marcha Mundial de las Mujeres (MMM) en Campinas, en el estado de São Paulo, Brasil.

Traducido del portugués por Luiza Mançano

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