El feminismo antirracista en la economía

05/08/2026 |

SOF Sempreviva Organização Feminista

Las mujeres negras e indígenas enfrentan el colonialismo, la violencia y la explotación laboral

El antirracismo es un eje permanente de la lucha del movimiento feminista para cambiar el mundo. Para entender cómo y por qué el racismo forma parte de la estructura económica, hay que volver al origen del capitalismo tal como lo conocemos. El modo de producción plantation es una organización económica y social colonialista que combinó tres elementos desde la época colonial: el robo de los territorios de los pueblos indígenas, el monocultivo a gran escala (la caña de azúcar, por ejemplo) y el trabajo forzado de personas secuestradas en el continente africano y de pueblos indígenas. 

La palabra en inglés “plantation” significa “plantación” y era como los colonizadores ingleses llamaban a esos territorios agrícolas de América del Norte y de las Antillas, un archipiélago de América Central. Una de las personas que escribió sobre este tema es Angela Davis, en su libro Mujeres, raza y clase, publicado originalmente en 1981.

Este sistema, basado en la esclavitud y la explotación de la naturaleza, no fue solo un período histórico que ya pasó. Fue la base de la acumulación primitiva que impulsó el capitalismo industrial en los países del Norte, y que sigue vigente hasta hoy. El capital acumulado en el rentable y nefasto tráfico de personas está vinculado a bancos y entidades financieras que aún existen en la actualidad.

En el modo plantation, además de hacer las mismas actividades que los hombres, a las mujeres se les explotaba la capacidad reproductiva para generar más mano de obra para los amos. La violación de las mujeres esclavizadas era tanto una táctica de terror como otra forma más de explotación económica. La vida sexual y reproductiva de las mujeres negras e indígenas era clave para la acumulación de capital.

También estaba el régimen de servidumbre: a las personas se las trataba como si no tuvieran deseos ni vida propia, y quedaban completamente al servicio de otros. Se las consideraba mercancías capaces de producir y reproducir trabajo. Esto permite que una clase de personas no se haga responsable de casi ningún aspecto de su propia reproducción, tanto en el día a día como a lo largo de las generaciones. Para la élite a la que servían, la dominación era total: las personas a su servicio se encargaban de todo, desde amamantar hasta preparar la comida, desde cuidar a los niños hasta recoger la basura. La esclavitud legal y la trata de personas se perpetuaban para que el trabajo se mantuviera mediante la sustitución de las personas trabajadoras y no mediante el sostenimiento de sus propias vidas.

Estos patrones de trabajo agotador, de desechabilidad y de servidumbre siguen vigentes hasta hoy, en relaciones laborales del sector de servicios como el trabajo doméstico remunerado, en puestos como guardias de seguridad, choferes y cocineras. La forma en que se manifiesta la división sexual, racial e internacional del trabajo va de la mano con cómo se organizan el trabajo y la acumulación capitalista en cada lugar y momento histórico. Esta historia cambia y varía a partir del conflicto entre el capital y la vida. Pero, aunque cambien los trabajos que se realizan, esta división del trabajo sigue presente porque es propia del modo de producción capitalista. 

Para mantener este sistema, también fue necesario construir una estructura de subjetividades, o sea, formas de percibir, clasificar y encasillar a las personas. La socióloga feminista negra Patricia Hill Collins llama a estos estereotipos «imágenes de control»: ideas que limitan, discriminan y cosifican a las mujeres negras, con el fin de justificar y naturalizar la posición que se les impone. Hay imágenes que presentan a la mujer negra como la responsable de cuidar a toda la sociedad, incluso a las personas blancas. También está la imagen de la hipersexualización: la idea de que las mujeres negras deben estar siempre disponibles para satisfacer los deseos del otro. Además, está la imagen de la agresividad y el peligro, construida a partir de la experiencia blanca.

Esas imágenes dan forma a las subjetividades, definen quién puede ocupar qué espacios y en qué puestos. Esto contribuye a naturalizar y mantener a las mujeres negras en una posición de servidumbre. Además, las invisibiliza como sujetos políticos, al igual que su trabajo a lo largo de la historia y en la economía.

La división sexual y racial del trabajo hoy

Hay que quitarle el carácter privado al trabajo doméstico y de cuidado —o sea, sacarlo de esa relación de mercado que se da dentro de los hogares de quienes pueden pagarlo y convertirlo en una responsabilidad colectiva y pública. Esta es, por lo tanto, una lucha antirracista. Las soluciones individuales, que pasan por el mercado, llevan consigo las relaciones de género, raza y clase que estructuran ese mercado. Al presentar la vulnerabilidad como una condición humana, la economía feminista deja claro que todas las personas necesitan cuidados para seguir vivas. Esta idea también ayuda a desenmascarar el racismo que da por sentado que las personas negras están siempre dispuestas a servir, y que las mujeres negras deben aguantarlo todo y ser acogedoras con todas las personas.

La separación estricta entre la esfera pública (la de la producción, la política, la definición y el acceso a los derechos) y la esfera privada (la del cuidado, la reproducción y el ámbito doméstico) está grabada en la propia organización del espacio urbano. La trabajadora doméstica negra que vive a 20 o 30 kilómetros de su trabajo no vive la ciudad de la misma manera que los jefes blancos que la contrataron. Pasa horas en el transporte para llegar a su trabajo remunerado, puede tardar meses en conseguir una cita médica, vive en constante estrés por la precariedad del transporte o por el racionamiento de agua en ciertas épocas. La ciudad organiza esos desplazamientos y esas precariedades de una forma estructurada racialmente. La presencia militarizada del Estado también se siente de manera diferente por la violencia policial y los genocidios contra los jóvenes negros como instrumento de control de los territorios urbanos.

El racismo ambiental forma parte de esta estructura: las zonas más arboladas de las ciudades están en los barrios de clase alta, mientras que las consecuencias de la degradación ambiental recaen de manera desproporcionada sobre las comunidades negras e indígenas. Las inundaciones destruyen más los hogares de quienes viven en zonas de asentamientos informales y propensas a los deslizamientos. La persecución contra las comunidades y su expulsión de los territorios también es racista.

Además, el racismo institucional se manifiesta en los servicios públicos. La discriminación se basa en la idea de que las personas negras necesitan menos cuidados y aguantan más dolor. Por eso, las mujeres negras son la mayoría entre las víctimas de violencia obstétrica. En esto reside la dimensión de la necropolítica, o sea, una política de muerte. Esta política define qué vidas importan y cuáles son desechables.

La división internacional del trabajo también existe desde los inicios del capitalismo, con la usurpación de territorios y la explotación de los pueblos colonizados. En toda América Latina, los pueblos indígenas llevan cinco siglos resistiendo, desde la invasión europea, y hoy en día libran importantes luchas en defensa de sus pueblos, culturas, memorias, territorios y formas de vida. Al recuperar sus tierras ancestrales, se enfrentan a pistoleros y policías, y siguen siendo atacados violentamente hasta hoy. Además de la recuperación de sus tierras, hay un resurgimiento de pueblos que se habían separado tras la expulsión. Esta es una lucha que se opone a esa división, al mismo tiempo que propone otra forma de organizar el trabajo, el tiempo y los modos de vida.

Las mujeres negras e indígenas son sujetos políticos de la resistencia y la transformación

Asumir que el conflicto capital-vida ha impulsado la historia significa contar cómo se da la explotación, pero también cuáles son las resistencias y alternativas que sostienen la vida a lo largo de ese camino. Desde la época de la esclavitud, las poblaciones negras han combinado estrategias de resistencia: la fuga, el sabotaje, la manumisión y la organización en comunidades autónomas.

En toda América Latina y el Caribe existen experiencias históricas de territorios de resistencia: los palenques en Colombia, los cumbes en Venezuela, los garífunas en la costa atlántica y los quilombos en Brasil. Estas comunidades autónomas se constituyeron como sistemas sociales alternativos, con formas propias de organizar el trabajo, la tierra, la política y la espiritualidad.

La historiadora brasileña Beatriz Nascimento ayudó a entender los quilombos más allá de la resistencia militar. Ella creó el concepto de “paz quilombola” para hablar de sistemas comunitarios que funcionan como imaginarios de libertad. Con sus propios métodos y decisiones políticas, no eran solo refugios: eran alternativas económicas y políticas que rechazaban la lógica del capital y afirmaban otras formas de vida.

La lucha por el territorio sigue siendo crucial, incluso hoy en día, para construir esa alternativa. La disputa por la tierra, los conflictos con los terratenientes y las grandes empresas, y los asesinatos de líderes y lideresas quilombolas demuestran que la lucha por la tierra es una lucha antirracista. Miriam Miranda, coordinadora general de la Organización Fraterna Negra Hondureña (Ofraneh), habla en una entrevista concedida en 2022 sobre la violencia sistemática que sufre el pueblo garífuna: “existe un proceso y una política de genocidio contra los pueblos que defendemos la naturaleza, que defendemos los recursos naturales y la vida”. Asimismo, habla sobre el proceso de autonomía alimentaria del pueblo garífuna en Vallecito, Honduras: “Estamos sembrando cocos en sustitución y contraposición a lo que es la plantación de la palma africana, no solamente para recuperar la dieta alimenticia del pueblo garífuna, sino también para ayudar con el tema de salud”. La soberanía alimentaria, la salud, la memoria y el territorio son aspectos inseparables. La lucha por la tierra, que hoy se organiza en torno a la reforma agraria popular y la demarcación de los territorios quilombolas e indígenas, es una lucha anticapitalista, antipatriarcal y antirracista.

Son muchas las alternativas económicas construidas por las mujeres negras. Cooperativas de cuidados, comedores comunitarios, iniciativas de economía solidaria que tejen redes de apoyo mutuo. En las periferias, vemos muchas iniciativas de autoorganización de las mujeres para enfrentar la violencia, grupos de artesanas que se organizan desde la economía solidaria, colectivos que combinan generación de ingresos con resistencia cultural, entre otras cosas. Estas experiencias dan forma a la idea de que la economía se puede organizar de otra manera: no mediante el mercado capitalista —que a veces se presenta como ‘emprendimiento’, que genera fragmentación y aislamiento—, sino mediante la cooperación y la comunidad. Apostamos por la viabilidad de una agenda de lucha antisistémica, que acumula fuerzas para una transformación más profunda.

Las mujeres quilombolas de Brasil proponen un paradigma para entender los cambios climáticos y la resiliencia de las comunidades, lo que nos ayuda a pensar en una economía feminista antirracista. En el centro está el territorio, que ellas ven como la base de las relaciones que sostienen la vida. Además, según la cosmovisión quilombola, lo económico no se separa de lo político ni de lo cultural. Según esta visión, somos cuerpo-territorio-memoria, inseparables de la naturaleza. El “aquilombamiento” como estrategia política es una invitación que lanzó Beatriz Nascimento y que la escritora Conceição Evaristo retomó: “es hora deaquilombarnos”. No se trata solo de construir sistemas paralelos de resistencia, sino de construir sistemas que den fuerza para desmantelar todas las opresiones. Esta lucha cobra fuerza cuando los movimientos sociales, las comunidades y los pueblos organizados de todo el mundo la articulan a nivel local, nacional e internacional.

Las luchas por reparación y transformación cruzan fronteras

Las luchas por reparar este proceso devastador deben ser colectivas. Las experiencias de poblaciones negras de Sudáfrica y de los movimientos de personas afectadas por represas en Brasil nos enseñan que la reparación que solo llega en forma de compensación económica individual puede generar endeudamiento y desarticular formas de vida. La reparación que fortalece los lazos y la memoria reconstruye la colectividad y restablece las prácticas comunitarias. Aquí nos conectamos con lo que nos enseña la economía feminista, que amplía el concepto de lo económico y no nos deja contentarnos con compensaciones monetarias e individuales, sino que nos recuerda que la riqueza se construye colectivamente y se sostiene mediante las relaciones sociales.

La reparación es un tema que conecta aspectos territoriales y geopolíticos. Los países africanos propusieron en las Naciones Unidas que se condenara la trata transatlántica como el peor crimen contra la humanidad. La propuesta se aprobó en marzo de 2026, con 123 votos a favor, votos en contra de Estados Unidos, Israel y Argentina, y 52 abstenciones, entre ellas las del Reino Unido y los países de la Unión Europea. En este sentido, se sigue trabajando para definir diferentes formas posibles de reparación que incluyan acciones, políticas y recursos.

Esta lucha está conectada a nivel internacional. El panafricanismo es el marco teórico y organizativo que une las luchas antirracistas de la diáspora con las luchas por la liberación y la independencia de los países africanos. El panafricanismo se propuso reconocer y volver a conectar a los pueblos divididos por el colonialismo. Marcus Garvey, Aimé Césaire y Frantz Fanon se convirtieron en referentes, con formulaciones sobre la liberación del continente africano, la autoestima, la responsabilidad mutua entre los pueblos afrodescendientes y las estructuras sociales del malestar psíquico de los hombres negros.

El feminismo negro, por su parte, lleva tiempo rescatando las historias y los aportes teóricos de las mujeres. Un ejemplo son las hermanas Nardal y sus reflexiones sobre la negritud, que se alinean con las de Aimé Césaire, recogidas en la obra de Léa Mormin-Chauvac Les sœursNardal : À l’avant-garde de la cause noire (2024) [Las hermanas Nardal: la vanguardia de la causa negra, sin traducción al español]. La feminista Patricia McFadden también habla de este proceso en una entrevista: “A medida que cada país africano se independizó, las mujeres negras ingresaron al espacio público como aspirantes a ciudadanas, presentando demandas a las nuevas élites negras y, en general, rechazando las limitaciones que el colonialismo nos había impuesto durante siglos”.

Otro ejemplo es el de Amy Ashwood Garvey, quien apoyó la creación, en Jamaica, de la Asociación Universal para el Progreso Negro [Universal Negro ImprovementAssociation and AfricanCommunities League – UNIA], una organización panafricanista impulsada por Marcus Garvey. Una de las fuentes sobre este tema es Rhoda Reddock, con el texto (en inglés) The firstMrs Garvey: Pan-Africanism and feminism in theearly 20th century (2014).

Lélia Gonzalez creó el concepto de amefricanidad, que nos puede ayudar en nuestras luchas. La amefricanidad consiste en reconocer que lo que hemos construido en la diáspora no es una simple yuxtaposición de culturas africanas, sino un conjunto de síntesis propias y creativas que afirman nuestra humanidad y nuestro poder. «Al reivindicar nuestra diferencia en tanto que mujeres negras, en tanto que amefricanas, sabemos muy bien cuánto llevamos en nuestro interior las huellas de la explotación económica y de la subordinación racial y sexual. Por eso mismo, también llevamos con nosotras la huella de la liberación de todas y todos», planteó. Lélia contribuye así al debate sobre la diáspora negra que conecta regiones, historias y luchas.

La economía feminista antirracista es una práctica política que se construye a partir de una crítica a la economía capitalista, así como de propuestas y prácticas alternativas. Al sumergirnos en la acción, afinamos nuestra lectura del contexto, y en la lucha nos damos cuenta de los límites que impone el orden hegemónico, así como de las posibilidades que se abren a través de las grietas de la resistencia. Este texto, por lo tanto, surge de un proceso de elaboración y organización colectiva, pero no es un punto final: se nutre de todas nuestras prácticas de construcción del feminismo anticapitalista y antirracista —y, al igual que nosotras, está en constante movimiento.

SOF Sempreviva Organização Feminista es una organización del movimiento feminista brasileño e internacional. Forma parte de la secretaría ejecutiva de la Marcha Mundial de las Mujeres en Brasil. Este texto es una adaptación del material producido para el curso en línea “Economía feminista: antirracismo y soberanía tecnológica”, que tuvo lugar en 2026.

Edición por Helena Zelic
Traducido del portugués por Luiza Mançano

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