Vivimos un momento histórico de inflexión. El mundo que conocemos está en transformación, y las placas tectónicas de la geopolítica global se mueven bajo nuestros pies. Para entender dónde estamos y hacia dónde podemos ir, necesitamos primero comprender las fuerzas que moldean el escenario internacional – con la claridad necesaria para actuar. Estados Unidos, potencia hegemónica de las últimas décadas, adopta hoy una visión más realista de los desafíos que enfrenta la unipolaridad que pretende mantener.
Antes de 2025, la estrategia estadounidense era de máxima expansión. Pretendían debilitar simultáneamente a Rusia a través del conflicto en Ucrania, intimidar a China con guerras arancelarias, preservar la hegemonía en Medio Oriente mediante el apoyo irrestricto a Israel y proteger sus intereses en América Latina a partir de gobiernos aliados. Una ambición desmedida que suponía recursos ilimitados y un mundo pasivo frente a sus ofensivas.
El año 2025 demostró la inviabilidad de ese proyecto. Rusia no fue debilitada como se esperaba. China enfrentó la guerra económica con una resiliencia impresionante. El apoyo incondicional a la masacre del pueblo palestino tuvo un costo que los estrategas de Washington no calcularon adecuadamente.
Ante esta realidad, la postura adoptada fue de repliegue táctico. No un repliegue por convicción, sino por necesidad. Una postura más enfocada en las necesidades centrales orientadas a preservar la hegemonía. Y eso implica reorganizar el mapa de prioridades.
En Asia, Estados Unidos reconoce que, en este momento, no es posible contrarrestar la hegemonía china en su propia región. Sí, continúan los acuerdos económicos con Japón y Corea del Sur. Sí, persisten las tarifas punitivas contra Vietnam y Malasia. Sí, se fortalecen las bases militares en Diego García, en Filipinas, y se amplía la presencia militar en Australia. Sin embargo, el acercamiento entre India y China, la consolidación de la unidad entre China, Corea del Norte y Rusia, así como la fuerza económica del bloque ASEAN, demuestran que China no será desplazada de su papel central en Asia por ahora. El imperio se vio obligado a aceptar esta realidad.
El continente africano se mantiene en disputa, pero no como prioridad fundamental. Estados Unidos sigue una ruta de desestabilización política en la región – estrategia que, convenientemente, permite la extracción irrestricta de recursos. Donde hay caos, hay oportunidad para el saqueo. Actualmente, el único proyecto en el continente africano que se opone frontalmente a esta estrategia es la Alianza de los Estados del Sahel, que cuenta con importante apoyo de Rusia y relaciones estratégicas con China y otras potencias. Un faro de resistencia en medio de la tormenta.
En Europa, el trumpismo ve aliados débiles que, desde la perspectiva de Washington, no merecen todos los beneficios del imperio para financiar su defensa. La Casa Blanca de Trump también entiende que China representa el adversario principal, y que para enfrentar su estrategia en relación con Rusia será necesario buscar otros medios para lograr lo que no se consiguió a través del conflicto en Ucrania, – medios que no necesariamente requieren el alineamiento total de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN). Se trata de un cambio significativo en la estrategia: priorizar al enemigo principal y buscar caminos alternativos para neutralizar a los adversarios secundarios.
En Medio Oriente, Estados Unidos ha preservado y conquistado espacios de influencia, pero de manera profundamente inestable, lo que no garantizó los objetivos buscados tanto por EE.UU. como por Israel. Se preservó la integridad de la ocupación israelí en Palestina. Se conquistó influencia en Siria y en el Líbano. Pero, ante la imposibilidad de derrocar al gobierno de Irán tras el lanzamiento de misiles en 2025 y la provocación a la insurrección a comienzos de 2026, se recurrió a una guerra frontal. El pueblo iraní y su gobierno respondieron con resistencia y unidad al asesinato del ayatolá Alí Jamenei, configurando un escenario desfavorable para la victoria de Estados Unidos e Israel. Así, Medio Oriente permanece como una herida abierta que no cicatriza, porque las injusticias no fueron resueltas, sino apenas reprimidas temporalmente.
. En este escenario de reajuste estratégico, las grandes necesidades del imperio son tres: ampliar su campo de influencia donde aún sea posible; contener el crecimiento del campo multipolar antes de que se consolide; y acumular fuerza para un cerco militar y aislamiento económico de China.
El papel de América Latina en el reordenamiento geopolítico
En este contexto de reconfiguración global, América Latina reaparece como una prioridad geopolítica para Estados Unidos. Esto no es simplemente Trump siendo errático o impredecible. Detrás de la retórica agresiva hay un cálculo estratégico del nuevo consenso que se está construyendo en las cúpulas del poder.
Es cierto que la dominación de América Latina tiene una historia que busca reproducirse en el presente, aunque bajo nuevas formas. La Doctrina Monroe —aquella vieja máxima de “América para los americanos”, donde por americanos se entiende exclusivamente a los estadounidenses— nunca fue enterrada. Hiberna en períodos de menor atención imperial y resurge con fuerza cuando el imperio necesita consolidar su patio trasero.
También es cierto que, en el imaginario ideológico estadounidense, América Latina y el Caribe son posesión del imperio. Una posesión natural, incuestionable, que forma parte del orden de las cosas. Esa mentalidad colonial nunca desapareció, solo se modernizó en su vocabulario.
Sin embargo, lo que más favorece la reactivación de la Doctrina Monroe en el continente es un hecho práctico: Estados Unidos ya dispone de instrumentos de influencia, aliados políticos consolidados y palancas listas para ser activadas. No necesita construir desde cero. El terreno fue preparado durante décadas.
Primero, se establecieron tratados comerciales, como el existente con México, que vuelven nuestras economías dependientes y vulnerables a la presión de Washington. En segundo lugar, se garantizó el control a través del Fondo Monetario Internacional (FMI), el Banco Mundial y la deuda externa, instrumentos que disciplinan a nuestros gobiernos y limitan nuestra soberanía económica.
En tercer lugar, está el dominio del sistema financiero internacional basado en el dólar, que permite a Estados Unidos imponer sanciones y estrangular economías enteras. Venezuela y Cuba conocen bien el peso de esas sanciones.
En cuarto lugar, espacios institucionales como la Organización de Estados Americanos (OEA) – esta vieja herramienta de intervención – y el Grupo de Lima, que ya operaron abiertamente al servicio de la estrategia estadounidense, funcionan como foros que, bajo apariencia multilateral, legitiman políticas unilaterales.
En quinto lugar, el control y dirección directa de los medios de comunicación y de las instituciones de producción de conocimiento es fundamental para la batalla de las ideas. El imperio no domina solo con armas y sanciones, sino también con narrativas, con la capacidad de definir qué es verdad y qué es mentira, qué es democracia y qué es dictadura.
En sexto lugar, las bases y alianzas militares distribuidas por el continente están listas para ser activadas cuando la persuasión no sea suficiente. Para operar estos instrumentos, Estados Unidos ha nutrido históricamente la existencia de una derecha subordinada y de una burguesía que prioriza sus intereses de clase por encima de cualquier proyecto nacional. Tanto demócratas como republicanos mantienen vínculos estrechos con partidos de derecha en la región, aunque el Partido Republicano ha estimulado de forma más directa a la derecha en Argentina, Chile, Brasil, México, Colombia, Cuba y Venezuela. Se trata de una red continental de aliados ideológicos.
Las diásporas de clase media de Cuba y Venezuela, en particular, se han convertido en aliadas instrumentalizadas del imperialismo desde territorio estadounidense. De Miami a Houston, estas comunidades aportan legitimidad interna a políticas de agresión contra sus países de origen.
Aunque no siempre sean aliadas directas del imperio, las fuerzas socialdemócratas en el continente también colaboran, muchas veces, con la estrategia imperial al aislar a la izquierda y proponer una línea moderada que, en la práctica, no desafía las estructuras de dominación. es delicada, pero necesaria.
Boric fue, concretamente, un aliado de Estados Unidos. Participó activamente en campañas contra Maduro en el continente, ocupando un lugar polémico, ya que era considerado una figura progresista. Precisamente por eso, su postura fue tan perjudicial. La confusión generada por las posiciones ambiguas de la socialdemocracia termina sirviendo de base al imperialismo.
Cuando figuras supuestamente progresistas legitiman la narrativa imperial, el efecto es devastador. Si incluso los “progresistas” coinciden en que Venezuela es una dictadura, entonces debe ser verdad, ¿no? Esa es la lógica perversa que se instala.
El imperialismo no funciona solo mediante conspiraciones elaboradas, como si se montara un teatro para servir a sus intereses. No debemos caer en teorías simplistas que ven la mano de Washington detrás de cada acontecimiento. El imperialismo opera de manera más sofisticada: busca oportunidades del mismo modo en que la izquierda busca contradicciones que abran caminos para nuestra lucha. El imperio busca fragilidades y brechas que permitan la intervención.
Durante los golpes impulsados por el lawfare [guerra jurídica] —como en Brasil, Argentina y Ecuador—, Estados Unidos aprovechó la captura del poder judicial por sectores de la élite, instrumentalizándola para sus fines. Más recientemente, el imperio ha explotado las debilidades del proyecto progresista y de integración que venimos construyendo en la región. Necesitamos mirar nuestras propias fallas si queremos superarlas. Un ejemplo es la falta de compromiso real con la integración regional: hablamos mucho, pero avanzamos poco en proyectos concretos de infraestructura y complementariedad productiva.
Otro ejemplo es la falta de proyectos económicos que reindustrialicen nuestros países. A partir de nuestros proyectos desarrollistas, quisimos ser economías emergentes, pero lo que necesitamos es ser economías independientes. Emerger dentro de un sistema de dependencia no es lo mismo que conquistar una autonomía real.
Y quizá lo más importante: los proyectos progresistas se canalizaron de forma casi exclusiva hacia el poder institucional, abandonando la construcción de organización popular en favor de crear maquinarias electorales. Ganamos elecciones, ocupamos palacios, pero no construimos poder popular arraigado. Así, faltan cuadros de relieve de segunda generación para el progresismo inaugurado en la primera década del siglo XXI.
Necesitamos enfrentar con honestidad las derrotas electorales que la izquierda sufrió en 2025 en Bolivia, en Argentina, en Honduras y en Chile, donde recientemente se inaugura un presidente que defiende la dictadura de Pinochet. El desgaste de liderazgos que no supieron renovarse, la incapacidad de responder a las demandas concretas de la población, la falta de formación política de las bases: todo eso creó las condiciones para que la derecha avanzara. El imperio aprovechó brechas que nosotros mismos abrimos.
Si derribar un proyecto depende únicamente del ataque contra su principal referente, la tarea del imperialismo se vuelve más fácil. Eso fue lo que evidenciamos con la derrota del MAS en Bolivia, que dependió fundamentalmente del desgaste de Evo.
Y así vemos cómo Venezuela y Cuba continúan resistiendo: porque construyeron organización más allá de sus referentes y partidos. La revolución venezolana no fue derrocada ni siquiera con el secuestro de su presidente. Cuba sobrevive desde hace más de seis décadas porque está arraigada en el pueblo, incluso frente a la peor crisis de su historia causada por el reciente bloqueo de combustible.
Multipolaridad y el papel de China
Como bien sabemos —incluso por las propias declaraciones de Trump—, para Estados Unidos, las relaciones económicas entre América Latina y China deben ser eliminadas o, como mínimo, severamente debilitadas. El comercio con China, las inversiones chinas en infraestructura, los acuerdos de cooperación: todo ello es visto como una amenaza existencial a la dominación estadounidense en su área de influencia tradicional.
A pesar de sus límites, el BRICS también es analizado por Estados Unidos como una amenaza futura que debe ser contenida hoy, antes de que se consolide. La expansión del bloque, el debate sobre monedas alternativas al dólar, los mecanismos de cooperación Sur-Sur: todo ello enciende alarmas en Washington.
Esto demuestra algo importante: la multipolaridad está emergiendo como una fuerza potencialmente contrahegemónica. El propio imperio reconoce la amenaza y actúa para neutralizarla. Cuando nuestro enemigo se preocupa por algo, es porque ese algo tiene sustancia.
Sin embargo, existe entre nosotros una frustración respecto de la supuesta falta de solidaridad de las grandes fuerzas contrahegemónicas durante los ataques imperialistas. La izquierda se ha preguntado —y ha criticado— por qué China y Rusia no intervienen para defender a Palestina, a Irán, a Venezuela.
No creo que esa falta de intervención revele simplemente la inmadurez del proceso multipolar. Revela que este proceso aún se manifiesta como una posibilidad a ser potenciada, no como una realidad dada y consolidada. La multipolaridad está en construcción, pero bajo ataque frontal tras las agresiones del imperio.
Lo más importante es que la multipolaridad no es un mecanismo de salvación de nuestros proyectos de transformación incompletos. No caerá del cielo una solución mágica que resuelva nuestras contradicciones internas.
contenido político de la multipolaridad emergente depende del éxito y del avance de las revoluciones en todos los continentes del Sur Global. La multipolaridad será tan progresista como lo sean los procesos que la componen. Si se trata solo de una disputa entre élites de distintos países por espacios de acumulación, no nos servirá. Si es alimentada por revoluciones y proyectos de transformación social, puede convertirse en un instrumento de liberación.
Dicho de otro modo: el proyecto de transformación social y revolución latinoamericana, así como el proyecto de integración regional, no es tarea de China ni de los BRICS. Es tarea nuestra.
No podemos tercerizar nuestra liberación. La historia muestra que los pueblos que conquistaron su independencia real lo hicieron por sus propios esfuerzos, por su propia organización, por su propia lucha. Los aliados externos ayudan, abren espacios, pueden proporcionar recursos, pero la lucha fundamental siempre se libra en casa. Tampoco debe ser desatendida la claridad sobre las oportunidades que China y los BRICS otorgan para alimentar y fortalecer nuestros proyectos.
China ofrece alternativas de financiamiento que no vienen con las condicionalidades del FMI. Los BRICS ofrecen espacios de articulación política que no están controlados por Washington. El comercio Sur-Sur abre posibilidades de diversificación que reducen nuestra vulnerabilidad. Estos son instrumentos que pueden ser utilizados estratégicamente para fortalecer nuestros proyectos, siempre que tengamos proyectos propios que fortalecer.
Urgencia y esperanza
El escenario no es simple. El imperio se está reajustando para evitar el colapso. América Latina está en la mira por cálculo estratégico. La multipolaridad ofrece oportunidades, no garantías.
¿Y qué hacemos frente a esto? Primero, abandonamos cualquier ilusión. No habrá solución fácil, no habrá atajo, no habrá salvador externo. La liberación de nuestros pueblos será obra de nuestros pueblos o no será.
Segundo, aprendemos de nuestros errores. Cada brecha que dejamos abierta será explotada por el imperio. Cada cuadro que no formamos, cada comunidad que no organizamos, cada alianza regional que no consolidamos representa una vulnerabilidad.
Tercero, construimos con lo que tenemos, donde estamos, ahora. Cada organización de base fortalecida, cada proceso de formación política, cada lazo de solidaridad concreta entre nuestros pueblos es una piedra en el edificio que queremos levantar.
El momento es de urgencia porque el imperio no espera. Mientras debatimos, Washington actúa. Mientras dudamos, nuestros adversarios avanzan. No tenemos el lujo del tiempo infinito.
Pero el momento también es de esperanza. Porque el imperio, a pesar de su fuerza, no es invencible. Porque Venezuela resiste, porque Cuba resiste y porque el MST sigue ocupando tierras y llevando adelante la reforma agraria. Porque Palestina sigue luchando y los gringos no pueden contra China por ahora.
El camino es largo. La lucha es dura. Pero, como dijeron quienes nos precedieron: el deber de todo revolucionario es hacer la revolución.
Stephanie Weatherbee es coordinadora de la Secretaría de la Asamblea Internacional de los Pueblos (AIP).
