Esta galería virtual reúne fotos y un testimonio de Teeba Saad, militante de la Marcha Mundial de las Mujeres en Irak. Teeba es una fotógrafa y militante feminista iraquí. Participó en la creación de la Coordinación Nacional de la Marcha Mundial de las Mujeres en su país, contribuyendo a fortalecer la organización feminista en esa región. Su trabajo conecta las luchas feministas con las luchas por la soberanía alimentaria, la defensa de la naturaleza y el derecho a la tierra, reconociendo que estos elementos son inseparables de la lucha por la justicia social.
En palabras de Teeba, “el arte no es un lujo cultural, sino una herramienta de lucha”. La militante defiende la fotografía como un medio que revela la fuerza y la memoria de los pueblos. En el caso de las mujeres, las imágenes desafían los estereotipos que las presentan como víctimas, poniéndolas en el centro de la historia y conectando territorios. A continuación, puedes leer el testimonio de Teeba y ver la galería de fotos.

Un testimonio desde Irak
En Irak, suele reducirse a las mujeres a números y estadísticas: el número de mujeres desplazadas, los niveles de pobreza y las víctimas de la guerra y la violencia. Pero los números no pueden contar la historia de una mujer que se aferra a la vida contra viento y marea, de una agricultora que defiende su tierra, de una trabajadora que lucha por ganarse el sustento o de una joven que alza la voz en las calles para exigir libertad y justicia. Por eso llevo una cámara.
Llevo una cámara porque temo que las historias que no aparecen en los informes oficiales se pierdan. Creo que cada mujer tiene una historia que merece ser contada, que cada rostro guarda una memoria y que cada foto puede ser un acto de resistencia.
Creo que la solidaridad feminista no solo surge de los discursos, sino también de la organización, la acción colectiva y el trabajo paciente para construir relaciones de confianza entre mujeres de diferentes territorios.
La Marcha Mundial de las Mujeres me enseñó que el feminismo no consiste solo en reclamar los derechos de las mujeres de manera aislada de la sociedad. Se trata de un proyecto político de liberación que hace frente al patriarcado, al capitalismo, al colonialismo, a la ocupación, a la militarización y a todos los sistemas de explotación que generan pobreza y desigualdad, y que obligan a las mujeres a soportar las consecuencias más duras de las crisis.










En Irak, las mujeres viven en medio de todas estas crisis. Las guerras, los desalojos, la corrupción, el deterioro de los servicios públicos, las dificultades económicas y el cambio climático han aumentado aún más la carga que tienen que soportar. Mientras se saquean los recursos y las comunidades se ven cada vez más empujadas hacia la pobreza, se espera que las mujeres aseguren la comida, cuiden a sus familias y se encarguen del trabajo no remunerado, mientras se siguen atacando sus derechos y libertades. Aun así, desde mi punto de vista, no veo a las mujeres solo como víctimas. Las veo como una fuerza colectiva que crea y sostiene la vida todos los días.
Veo a mujeres organizando protestas, liderando iniciativas comunitarias, trabajando en el campo, en las fábricas, en las escuelas y en los hospitales, defendiendo sus tierras, exigiendo justicia y creando nuevas formas de solidaridad frente a la violencia y la marginalización.
Las mujeres iraquíes me enseñaron que la resistencia no siempre se manifiesta en momentos extraordinarios de confrontación. La mayoría de las veces, se manifiesta en la determinación cotidiana de proteger la vida, de negarse a rendirse y de creer que un futuro más justo es posible.
Mi experiencia en la construcción del movimiento feminista también me ha enseñado que la solidaridad no es solo un eslogan; es una práctica diaria. La construimos cuando nos organizamos, compartimos conocimientos y fortalecemos alianzas entre mujeres y movimientos populares. Los cambios reales nunca son fruto de la acción de heroínas individuales. Se producen cuando las mujeres caminan juntas.
Por eso no solo fotografío el sufrimiento; documento la resistencia. Cuando fotografío a una trabajadora, una agricultora, una estudiante, una manifestante o una mujer que está reconstruyendo su vida después de la guerra, no solo estoy registrando una historia individual. Estoy preservando la memoria colectiva de las mujeres que se niegan a rendirse y que siguen defendiendo la vida a pesar de todas las formas de opresión.
Creo que el arte no es un lujo cultural, sino una herramienta de lucha. La fotografía puede revelar lo que el poder busca ocultar, preservar la memoria de los pueblos y desafiar los estereotipos que reducen a las mujeres a víctimas pasivas. Devuelve sus nombres a sus rostros y a las historias el lugar que les corresponde en la memoria colectiva, tendiendo puentes de solidaridad entre mujeres de todo el mundo. Por eso no puedo separar la cámara de la militancia.
Cada foto que tomo es, a la vez, una postura política y ética. Una declaración de solidaridad con las mujeres que siguen defendiendo la vida frente a la muerte: las trabajadoras, agricultoras, mujeres desplazadas, estudiantes, madres y activistas que demuestran todos los días que la historia no la escriben solo quienes están en el poder, sino también las mujeres que se niegan a callar.
Creo que la fotografía, al igual que la militancia, no puede cambiar el mundo por sí sola. Pero sí puede ayudarnos a verlo con más claridad. Preserva la memoria y les restituye a las mujeres el derecho a ser vistas mediante sus propias voces, rostros e historias.
Por eso seguiré llevando mi cámara. No solo para retratar a las mujeres iraquíes, sino para afirmar que su resistencia es inseparable de las luchas de las mujeres en Palestina, Sudán, la República Democrática del Congo, América Latina y en todos los lugares donde las mujeres hacen frente a la guerra, el colonialismo, la ocupación, el capitalismo, el racismo y el patriarcado.







La libertad no se puede dividir, y la justicia no puede limitarse a las fronteras nacionales. Para mí, la lucha feminista es un proyecto para liberar la vida misma de todas las formas de explotación y violencia, y para construir un mundo en el que la dignidad sea un derecho de todas las personas.
Quizás algunas personas piensen que yo fotografío a las mujeres. La verdad es que son las mujeres las que dan forma a mi manera de ver el mundo. Fue gracias a ellas que aprendí que la resistencia no es algo excepcional, sino una práctica diaria, y que la solidaridad no es solo una palabra: es acción.
Por eso seguiré llevando mi cámara. Porque creo que cada fotografía honesta es un acto de resistencia y que cada mujer que se niega a callar escribe la historia.
Estas imágenes son más que registros de un solo momento; son el testimonio de que las mujeres iraquíes no son víctimas a la espera de que las salven. Son sujetos políticos, creadoras de vida y participantes esenciales en la lucha global por la libertad, la justicia y la igualdad.




