El precio oculto de la energía: cómo los combustibles fósiles dañan la vida de las mujeres en los Balcanes Occidentales

27/01/2026 |

Natasha Dokovska

Natasha Dokovska, de la MMM en la región de los Balcanes, analiza el impacto de las empresas energéticas en la vida de las mujeres

En la fría madrugada invernal de Bitola, una fina capa de polvo negro cubre los alféizares de las ventanas antes del amanecer. El polvo proviene de la cercana central térmica de carbón, la más grande de Macedonia del Norte y una de las principales fuentes de contaminación atmosférica de los Balcanes Occidentales. Para las mujeres que viven en esta zona, limpiar el polvo se ha convertido en una rutina tan habitual como hervir agua para el café. Sin embargo, los daños de la contaminación en su vida cotidiana —en su salud, su trabajo, su tiempo y su futuro— permanecen invisibles.

En toda la región de los Balcanes Occidentales, desde las minas de cobre de Serbia hasta los valles de lignito de Bosnia y las centrales térmicas de Macedonia del Norte, se repite la misma historia: una economía que mantiene una dependencia de los combustibles fósiles, donde las mujeres soportan en silencio la mayor carga de esta dependencia. Mientras los debates sobre la energía se centran en los kilovatios y las inversiones, pocos se preguntan quién paga el costo humano de este modelo.

Según la Agencia Europea de Medio Ambiente, seis de las diez centrales eléctricas más contaminantes de Europa se encuentran en los Balcanes Occidentales y emiten más dióxido de azufre que todas las centrales de carbón de la Unión Europea (UE) juntas. En Macedonia del Norte, alrededor del 45 % de la electricidad sigue procediendo del carbón, mientras que en Serbia este porcentaje supera el 65 %.

Una crisis con tintes de género

La contaminación atmosférica en los Balcanes es una de las peores de Europa. Según la Alianza para la Salud y el Medio Ambiente (HEAL), las centrales térmicas de carbón de la región provocan anualmente decenas de miles de muertes prematuras. Solo en Macedonia del Norte, la contaminación atmosférica mata, en proporción a la población, a más personas que en cualquier otro país de la UE. Tras esos números se esconden historias individuales de madres que cuidan a sus hijos enfermos, de mujeres sin recursos para calentar sus hogares y de abuelas que viven cerca de lagunas de cenizas tóxicas.

“Las mujeres de nuestra región son las más afectadas por la degradación ambiental”, afirma la periodista y activista medioambiental Aleksandra Nakova, que vive en Skopje. “Son ellas las que se ocupan de las tareas domésticas, cuidan de los niños y los ancianos y, al mismo tiempo, respiran el aire más contaminado de Europa”.

Heal estima que la contaminación provocada por las centrales térmicas de carbón de los Balcanes Occidentales causa anualmente 19 000 muertes prematuras y 8500 casos de bronquitis crónica en adultos en toda Europa. Solo en la ciudad de Bitola, los niveles medios de PM2,5 [partículas finas que componen la contaminación] durante el invierno superan los 70 µg/m³, índices casi siete veces superiores al límite seguro establecido por la Organización Mundial de la Salud (OMS).

Desde una perspectiva de género, la crisis de los combustibles fósiles no se limita a las emisiones: es una cuestión de desigualdad. Las mujeres tienen más probabilidades de vivir en la pobreza y en viviendas con baja eficiencia energética, y además suelen estar excluidas de los espacios de toma de decisiones donde se define la política energética. Están expuestas a la contaminación debido al trabajo de cuidados no remunerado que realizan y suelen estar marginadas de los empleos mejor remunerados del sector energético.

El enfoque de la transición energética con justicia de género, ahora adoptado por las Naciones Unidas (ONU) y por organizaciones feministas de todo el mundo, ayuda a analizar este desequilibrio en detalle. Hay tres preguntas fundamentales: ¿Quién paga el precio de nuestro sistema energético? ¿Quién tiene voz en la definición de sus políticas? ¿Y qué necesidades se tienen en cuenta? En los Balcanes Occidentales, las respuestas revelan una profunda injusticia estructural.

La salud al margen

La contaminación provocada por la quema de combustibles fósiles no afecta por igual a hombres y mujeres. Diversos estudios asocian la exposición prolongada a partículas en suspensión con tasas más elevadas de abortos espontáneos, infertilidad y cáncer de mama. En ciudades mineras como Bor, en Serbia, y Tuzla, en Bosnia, se registra un número creciente de enfermedades respiratorias y casos de cáncer entre la población. Sin embargo, la ausencia de un análisis específicopor género de esos datos sobre salud invisibiliza estadísticamente el sufrimiento de las mujeres.

Asimismo, en Bitola, los pediatras llevan mucho tiempo alertando sobre el repunte del asma entre los niños. “Cada invierno, el hospital queda abarrotado”, dice una enfermera de la región que pidió no ser identificada. “El aire huele a carbón quemado y las madres llegan con niños que tienen dificultades para respirar. Siempre son las madres: se quedan en casa, faltan al trabajo, se sientan junto a la cama del hospital. La contaminación les roba tiempo y fuerzas”.

En los sistemas de salud de la región casi nunca se establece la relación entre la contaminación ambiental y la salud reproductiva o el bienestar mental de las mujeres. La mayoría de los informes gubernamentales abordan la contaminación del aire como una cuestión técnica, no social. Así, el vínculo invisible entre los combustibles fósiles y la desigualdad de género sigue siendo, en gran medida, inexplorado.

Pobreza energética y supervivencia diaria

Mientras los políticos debaten la transición energética, millones de familias de los Balcanes viven en lo que los expertos denominan pobreza energética: la imposibilidad de pagar los servicios básicos de calefacción, refrigeración o electricidad adecuados. Según la Secretaría de la Comunidad de la Energía europea, casi una de cada tres familias de la región se enfrenta a dificultades para pagar las facturas de energía. Las mujeres, especialmente las madres solas, las jubiladas y quienes viven en zonas rurales, son las más perjudicadas.

En muchos pueblos, para la calefacción todavía se utiliza leña o carbón. Recoger, transportar y gestionar ese combustible es una tarea que recae sobre las mujeres. En los complejos de edificios residenciales antiguos, suelen ser ellas quienes hacen cola para pagar las facturas o negociar con la compañía eléctrica. Cuando sube el precio de la energía, son las mujeres las que recortan gastos, reduciendo la calefacción de tres habitaciones a una, cocinando menos o posponiendo visitas al médico para ahorrar.

En invierno, la mala calidad del aire y la precariedad de la calefacción se combinan en un círculo vicioso: las mujeres inhalan más humo en el interior de sus hogares, mientras los hombres trabajan expuestos al aire libre en minas o fábricas. Sin embargo, las soluciones —como mejor aislamiento, estufas limpias o paneles solares— siguen estando fuera del alcance de las familias de bajos ingresos.

Un sistema energético masculino

Las industrias energéticas de los Balcanes Occidentales —la minería del carbón, la refinación de petróleo y la generación de energía— están dominadas casi por completo por hombres. Las mujeres representan menos del 12 % de la mano de obra del sector energético en la región y apenas un 5 % ocupa puestos técnicos o de gestión. Por el contrario, ellas realizan más del 70 % del trabajo doméstico no remunerado relacionado con la energía en el hogar: calefacción, cocina y cuidados.

En el actual proyecto de Macedonia del Norte para sustituir el carbón por energía solar en Oslomej, aclamado públicamente como un modelo de “transición justa”, las consultas iniciales han contado con la participación de solo un reducido grupo de mujeres. Asimismo, los programas de capacitación para nuevos empleos verdes relacionados con la construcción y el funcionamiento de las centrales solares se dirigen principalmente a hombres. Sin medidas específicas que aborden la cuestión de género, en palabras de Aleksandra Nakova, “corremos el riesgo de construir el mismo patriarcado con paneles solares”.

La transición del carbón a la energía limpia, que suele presentarse como una necesidad económica, es también una cuestión cultural. Durante décadas, la identidad masculina en las ciudades industriales de los Balcanes ha estado vinculada a la mina, la central eléctrica y la fábrica. A medida que esos empleos desaparecen, aumentan las tensiones sociales y las mujeres cargan con el impacto, sosteniendo a las comunidades mediante cuidados no remunerados, pequeñas prácticas agrícolas y trabajo informal.

Voces ausentes en la mesa

La injusticia procedimental —la falta de participación de las mujeres en la toma de decisiones— es uno de los mayores puntos ciegos de la política energética de los Balcanes. En la mayoría de los países, los ministerios de energía, las empresas nacionales de distribución de energía y las agencias reguladoras están dirigidos por hombres. Las consultas a las comunidades afectadas, cuando se producen, son breves y técnicas. Rara vez se invita o se escucha a las mujeres de los territorios, que son precisamente quienes mejor comprenden las consecuencias cotidianas de la contaminación, el aumento de los precios y los apagones.

Organizaciones de la sociedad civil se esfuerzan por llenar este vacío. Así, La Red WASH de los Balcanes [Balkan WASH Network], por ejemplo, reúne a mujeres de zonas rurales para defender su acceso al agua potable y al saneamiento. Grupos como Mujeres Comprometidas con un Futuro Común [Women Engage for a Common Future – WECF] y Periodistas por los Derechos Humanos [Journalists for Human Rights] documentan los testimonios de mujeres que viven cerca de minas y zonas industriales. Pero a menudo sus recomendaciones acaban relegadas a las notas a pie de página de los informes oficiales.

Las posibilidades de la transición

Una transición con justicia de género va más allá de sustituir el carbón por paneles solares. Exige invertir en las personas, especialmente en las mujeres. Ello implica garantizar el acceso a guarderías y al transporte público para facilitar su participación en nuevos programas de capacitación; ofrecer incentivos financieros a las cooperativas energéticas dirigidas por mujeres; y promover proyectos locales de energía renovable que beneficien directamente a las comunidades, no a los inversores privados.

Ya existen iniciativas piloto en curso. En la zona rural de Serbia, una pequeña cooperativa de mujeres agricultoras ha instalado deshidratadores de frutas y hierbas que funcionan con energía solar, lo que reduce los costes y genera ingresos adicionales. En Bosnia, las asociaciones locales de mujeres realizan campañas por el derecho a participar en el seguimiento de los datos sobre contaminación. En Macedonia del Norte, hay cada vez más mujeres ingenieras que se incorporan al sector de la auditoría y la eficiencia energética. Estos ejemplos demuestran que, cuando las mujeres lideran, la sostenibilidad no solo es más limpia, sino también más justa.

Pero este avance aún es frágil. Sin apoyo político a largo plazo, muchos proyectos locales sobreviven solo como experiencias que existen gracias al apoyo de donantes. Para convertirlos en cambios sistémicos, los gobiernos deben recopilar datos por género, establecer cuotas para la participación de las mujeres y vincular las políticas sociales —como el trabajo de cuidados y el empleo— a las metas climáticas y energéticas.

Más allá de las cifras: un cambio cultural

La transición energética no es solo una cuestión técnica: es profundamente social. Exige replantearse lo que valoramos como “trabajo” y quién puede dar forma al futuro. Durante generaciones, las mujeres de los Balcanes han sido tratadas como víctimas de la pobreza y la contaminación, y rara vez se las ha considerado sujetos activos en materia de energía. Sin embargo, son ellas las que gestionan la energía, decidiendo cuándo encender la calefacción, cómo ahorrar combustible y cómo mantener a una familia viva durante una crisis.

Es fundamental reconocer esos conocimientos de la vida cotidiana. A medida que la región avanza hacia la adhesión a la UE y hacia una energía más limpia, la igualdad de género debe incorporarse a todas las políticas. El coste de no tenerlo en cuenta es alto: las transiciones que excluyen a la mitad de la población no son justas ni sostenibles.

Durante mucho tiempo, las mujeres han pagado el precio oculto de la energía. Solo habrá un futuro energético verdaderamente justo cuando ellas ya no tengan que limpiar el polvo de un sistema construido sobre su silencio.

Natasha Dokovska forma parte de la Marcha Mundial de las Mujeres en Macedonia del Norte.

Traducido del portugués por Luiza Mançano
Idioma original: inglés

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