La Campaña de Alfabetización y Agroecología, llevada a cabo en Zambia por la Brigada Internacionalista Samora Machel en colaboración con el Partido Socialista de Zambia, nació de la convicción de que no basta con enseñar a la gente a leer y escribir letras; es necesario leer y escribir el mundo.
Zambia es un país de enorme diversidad lingüística, hogar de más de 70 lenguas y dialectos locales, la mayoría de los cuales pertenecen a la familia de lenguas bantúes. Entre ellas, siete son reconocidas como lenguas regionales oficiales: bemba, nyanja, tonga, lozi, lunda, luvale y kaonde, y se utilizan ampliamente en la vida cotidiana, en las emisoras de radio comunitarias y en las escuelas primarias de las zonas rurales del país. La población zambiana es en gran medida multilingüe y puede alternar entre la lengua de la comunidad, la lengua de la provincia y el inglés, una reliquia colonial.
A pesar de su riqueza en lenguas indígenas, el énfasis en la alfabetización en inglés se remonta al período colonial británico, cuando el idioma se impuso como instrumento de administración y control, convirtiéndose en un símbolo de prestigio social y acceso al poder. Tras la independencia, el inglés continuó siendo el idioma oficial del Estado y funcionó como medio de instrucción en la educación formal. Del mismo modo, se exigió el dominio del inglés para el empleo, la documentación oficial y los exámenes nacionales. Esto convierte el analfabetismo en inglés no solo en una limitación lingüística, sino también en una barrera política y social, privando a una gran parte de la población de sus derechos y oportunidades.
Una parte significativa de la población de Zambia —el 55,3%, o más de la mitad— no sabe leer ni escribir en inglés. Las mujeres, particularmente las de las zonas rurales, constituyen la mayoría de este porcentaje. Las desigualdades de género y generacionales pesan mucho en la realidad educativa de Zambia. Según la Encuesta Demográfica y de Salud de Zambia (ZDHS) de 2018, sólo el 48% de las mujeres de 15 a 49 años han completado la educación secundaria o superior, en comparación con el 58% de los hombres, una diferencia que refleja cómo el acceso de las mujeres a la educación formal sigue limitado por barreras históricas, culturales y económicas.
El país no cuenta con un sistema educativo totalmente público. Los estudiantes que se matriculan en la escuela completan los años de educación primaria financiados por el estado, hasta los grados 6 o 7, y luego se les exige pagar diferentes tasas y costos, lo que imposibilita que una gran parte de la población continúe estudiando. A estas barreras se suma el problema de la propia infraestructura. Muchas escuelas del país están situadas lejos de los hogares, lo que obliga a las y los estudiantes a recorrer largas distancias para ir a la escuela.
La realidad para las mujeres es considerablemente más difícil si contemplamos la división del trabajo por género. Cuestiones como el matrimonio y el parto a temprana edad, las responsabilidades domésticas y la falta de recursos económicos para terminar su educación son razones que dificultan el acceso a la educación para las mujeres. Según los registros, las mujeres zambianas tienen un promedio de 5 a 6 hijos e hijas. En esta circunstancia, muchas mujeres se ven obligadas a interrumpir su educación cuando se convierten en madres y deben cuidar del hogar y sus hijos e hijas.
En muchas comunidades rurales y remotas, las niñas abandonan la escuela para cuidar a sus hermanos menores, entre tareas domésticas como ir a buscar agua, o trabajar en las granjas familiares, vender verduras, lo que hace que rara vez puedan volver a su educación. Para las personas mayores, sin embargo, la falta de educación proviene de otra fuente: sus generaciones fueron educadas bajo un sistema colonial que excluía a las y los africanos de las escuelas o restringía su educación a la formación básica para el trabajo manual. Muchos crecieron creyendo que estudiar «no era para ellos», y todavía hoy cargan con el peso simbólico de esta exclusión.
La campaña de Alfabetización y Agroecología es una respuesta directa a esta realidad. Es una oportunidad para que las mujeres reclamen la voz que se les negó, y para que las personas mayores recuperen la dignidad de comprender el mundo escrito que siempre se les impuso. La centralidad del inglés reproduce desigualdades lingüísticas y territoriales. Es en este contexto que la Campaña de Alfabetización y Agroecología buscó reconocer las lenguas locales como punto de partida para el aprendizaje, afirmando que la verdadera alfabetización no es solo leer inglés, sino ser capaz de leer el mundo y transformarlo.
Inspirada en el método cubano Yo sí puedo, la pedagogía de la educación popular de Paulo Freire y las prácticas de alfabetización del Movimiento de los Trabajadores Rurales Sin Tierra (MST) en Brasil, la campaña crea su propio camino, llamado «hablar, leer, escribir las palabras y el mundo» [“totalktoreadtowritethewords and theworld”]. Este método se forja durante las interacciones entre las y los educadores y educandos, en la realidad concreta de las comunidades rurales, urbanas y periféricas de Zambia.
En las zonas rurales, la mayoría de los estudiantes son también agricultores, hombres y mujeres cuyas manos llevan las marcas del trabajo en el campo. Por lo tanto, la formación en alfabetización y agroecología tiene un doble valor: aprender a leer y escribir significa, al mismo tiempo, comprender el mundo en el que viven y mejorar las condiciones de producción y de vida. En las zonas urbanas, algunos estudiantes viven en los márgenes, sin empleo formal, mientras que otros trabajan como comerciantes o viven en viviendas improvisadas. Su realidad es muy diversa y compleja. Además de su deseo de aprender a leer y escribir, traen consigo la necesidad de encontrar respuestas a sus condiciones de vida. Así, junto a las palabras y los cuadernos, entran en el aula las demandas de comida, salud, agua, vivienda y dignidad.
El objetivo va más allá de enseñar a la gente a leer y escribir: es hacer de Zambia un territorio libre de analfabetismo. Es formar personas críticas, conscientes y organizadas, capaces de descifrar el mundo para que, juntas, puedan transformarlo. La campaña es gratuita. Este es un principio central del proyecto, que considera la educación como un derecho, no un privilegio. En un país donde muchas familias viven con menos de dos dólares al día, el acceso gratuito garantiza que nadie quede excluido por no poder pagar las tasas escolares, los materiales didácticos o el transporte. En varias comunidades, incluso se distribuyeron bicicletas para facilitar el desplazamiento de las y los educadores a sus aulas.
La campaña fue diseñada para llegar a todo el país de Zambia, priorizando las regiones con las tasas más altas de analfabetismo tanto en zonas rurales como urbanas. Desde 2021 hasta la actualidad, la campaña ha enseñado a leer y escribir a más de 5.000 estudiantes, rompiendo así el ciclo del analfabetismo. En la primera fase, 2.130 estudiantes participaron en zonas rurales de la Provincia Oriental y la Provincia Occidental, y en la segunda fase, el alcance se amplió a las zonas urbanas de Lusaka, Copperbelt y la Provincia Central.
Los educadores y coordinadores locales de la campaña son voluntarios y voluntarias. Tienen la tarea de movilizar e identificar a las y los alumnos dentro de sus comunidades, colaborando con líderes tradicionales, iglesias y miembros del partido para establecer los lugares para las clases. Antes de comenzar su trabajo en las comunidades, estos educadores y educadoras reciben una formación política y pedagógica integral que explora a fondo la metodología «Hablar, leer, escribir las palabras y el mundo» y el legado de Paulo Freire, examinando la educación popular desde puntos de vista tanto teóricos como prácticos.
Las y los educadores son capacitados para adaptar su enseñanza a las circunstancias distintas de cada lugar: poblaciones rurales, urbanas o periféricas. La técnica aboga por una enseñanza activa y dialógica, en la que el proceso de alfabetización se origina a partir de palabras y temas producidos por los estudiantes, palabras que articulan sus experiencias, trabajo, aspiraciones y los problemas comunales que enfrentan sus comunidades. Cómo enseñó Paulo Freire, es a partir del vocabulario del pueblo que se despiertan la conciencia crítica y el deseo de transformación.
Los materiales utilizados en la campaña incluyen cuadernos de alfabetización, manuales para las y los educadores, así como guías prácticas de Agroecología. Cada clase combina lectura, escritura y discusión sobre temas relacionados con la vida cotidiana: salud, nutrición, vivienda, medio ambiente y organización comunitaria. La alfabetización, por lo tanto, no se reduce a un acto técnico de decodificar letras, sino que se convierte en una práctica de liberación y reorganización de la vida colectiva.
Las condiciones estructurales plantean un desafío: llegar a las zonas más remotas, asegurar materiales, transporte y apoyo financiero para mantener el proceso en marcha. A pesar de esto, el equipo sigue comprometido con la creencia de que la alfabetización es un acto liberador.
La pedagogía de la agroecología
Junto con la alfabetización en palabras viene la alfabetización en la tierra. Por eso la agroecología no se piensa como una actividad auxiliar, sino como parte estructural del proceso, uniendo el aprendizaje de las letras con el cultivo de alimentos, la preservación de semillas, la memoria de las comunidades y el derecho a una vida digna. Un informe de 2019 sobre «Gobernanza de la Tierra en Zambia» señala que, en términos de clasificación, el 15-20% de la tierra se mantiene bajo tenencia estatutaria, mientras que el 80% todavía se regula bajo tenencia consuetudinaria. Más de la mitad de la población reside en regiones rurales y se ve significativamente afectada por los problemas sociales sistémicos creados por el capitalismo. En esta discusión se incluye el cambio climático, ya que sus fluctuaciones de temperatura y alteraciones en los patrones de lluvia pueden impactar significativamente los medios de vida de esta población.
La pedagogía de la agroecología se expresa en las actividades diarias del aula y en la planificación de la formación. Algunas preguntas guían el proceso: ¿Cómo se pueden incorporar las prácticas agroecológicas en la planificación de las y los educadores? ¿Cómo participa el equipo de agroecología en la formación de educadores y educadoras? ¿Cómo se puede integrar el calendario de la campaña en las dinámicas del campo, considerando las temporadas de cosecha y sequía?
Entre las diversas prácticas agroecológicas llevadas a cabo en las comunidades, se incluyen, entre otras: rescate y catalogación de plantas medicinales; creación de murales comunitarios con información sobre biodiversidad y salud; construcción de huertos y viveros comunitarios, utilizados como espacios de aprendizaje para la lectura, la escritura y el conteo; proyección de videos y grupos de discusión sobre alimentación saludable y soberanía alimentaria.
En las comunidades, las palabras y las prácticas se unen; escribir adquiere el mismo significado que plantar, regar y cosechar. Por ejemplo, al aprender a leer y escribir sobre el suelo, los estudiantes también descubren cómo preparar fertilizantes naturales, como el té de estiércol, un biofertilizante hecho de estiércol animal y materiales orgánicos disponibles localmente, que mejora la productividad y reduce la dependencia de los químicos.
Del mismo modo, en el área de la salud pública, aprender a leer y escribir se cruza con el conocimiento sobre «superalimentos» —como maní, sorgo, moringa y maíz local— que combaten la desnutrición y fortalecen el cuerpo con nutrientes naturales. Las clases se convierten en un espacio donde se encuentran el conocimiento científico y el conocimiento tradicional: aprender a leer el nombre de una planta es también reconocer su poder curativo; escribir una receta es registrar una memoria colectiva.
En esta pedagogía, la alfabetización y la agroecología van de la mano, cultivando no sólo el conocimiento de las palabras sino también una profunda comprensión de cómo vivir en armonía con la tierra y la comunidad. Aprender, aquí, es un acto de resistencia y esperanza, porque quienes aprenden a leer el mundo también son capaces de transformarlo.
La campaña como semilla viva de la liberación africana
La alfabetización aquí es un acto de liberación, un proceso de diálogo entre el saber popular y el saber político, entre las palabras y la vida. La campaña se convierte en un gran lugar de encuentro, donde se tejen conversaciones, surgen preguntas y se recrea el sueño colectivo de un pueblo que está aprendiendo a escribir su propia historia con sus propias manos. Más que un proyecto educativo, es una práctica de organización y esperanza. Cada círculo de lectura, cada clase al aire libre, cada palabra aprendida es también una semilla de poder popular. La campaña fortalece la capacidad de las comunidades para reflexionar, planificar y decidir su propio destino, y es en este viaje donde se forja la conciencia de que el futuro de Zambia puede construirse desde abajo, desde el suelo que pisan las masas.
Así como Amílcar Cabral escribió a Paulo Freire, afirmando que la educación debe nacer de las entrañas del pueblo y devolver al campesino la dignidad robada por la colonización, aquí también la campaña se convierte en una semilla. En aldeas y barrios, la alfabetización se convierte en un acto de resistencia, reafirmando que el futuro de Zambia sólo puede construirse con raíces firmes en su propia historia, cultura y capacidad de reinventarse.
El método se llama «Hablar, leer, escribir las palabras y el mundo», porque aquí se trata de hablar para soñar, escribir para cultivar y leer para liberar. Un camino que es, al mismo tiempo, un homenaje y una continuación de las luchas de Cabral, Freire y tantos pueblos africanos que siempre han sabido que las palabras, como las semillas, solo florecen cuando encuentran tierra fértil.


Adaptación del artículo publicado originalmente en el portal Raíces.
